sábado, 10 de octubre de 2009

El Contrato Capítulo 11



Bueno, como ya terminé de escribir la parte que me quedaba, he decidido subirlo todo en un mismo capítulo y borrar el anterior, para que no haya equivocaciones. Aquí teneís el capítulo completo, tanto la primera parte como lo que dejé por escribir.

Y nada más, ¡a leer!


Capítulo once: Siete días menos uno

Domingo. Felixlowe.

La casa era un completo caos. Había todo un arsenal de calcetines, vaqueros, camisetas e incluso calzoncillos esparcidos sobre el parqué, mientras que el sofá apareció ante sus ojos decorado con túnicas multicolores que habían visto mejores tiempos. Dio un par de pasos indecisos al interior desde el umbral, sólo para tropezarse con una caja en la que se podía leer perfectamente Pizza-Hut. No quería ni pensar si tendría desperdicios en el interior, y de ser así, a saber cuánto llevaba allí. Se volvió hacia el hombre, regalándole una mirada desdeñosa, antes de volver el rostro de nuevo hacia la imagen desoladora del salón. Apenas podías diferenciar los muebles entre tanta ropa, por no contar que la cocina, unida al salón por una barra americana, tenía una montaña de platos en el fregadero capaz de hacerle sombra al mismísimo Himalaya, fijo.

- Debiste advertirme, Weasley, que necesitaba vacunarme de la malaria antes de venir a tu casa.

- Nadie te dijo que fuera un palacio, Parkinson, ¡y entra de una buena vez! Tus maletas están acabando con mi espalda.

Pansy se echó a un lado, dejándole paso a Ron, que tropezó con la caja de pizza y fue a dar con los bártulos y el trasero al piso. Masculló varios improperios que a cualquier mujer le haría subir los colores mientras se levantaba, pero como Pansy Parkinson era de igual o peor forma malhablada, simplemente se encogió de hombros y cerró la puerta, sacudiéndose el polvo acumulado de las manos.

Después de la reunión en el Ministerio, ambos se habían marchado a casa de Pansy por red flú para recoger sus pertenencias, ya que acordaron –entre gruñidos y monosílabos, pues tenían bien presente la discusión y el bofetón como para dejar a un lado las rencillas- vivir esta semana de tortura en casa del pelirrojo, por si acaso a Lucius se le ocurría atacar el coqueto apartamento de trescientos metros cuadrados, propiedad de Alexandra Patricia Parkinson en las afueras de Hogsmeade.

Lo que más le fastidiaba a Pansy es que no había traído ni guantes ni mascarilla para sobrevivir en la selva que tenía Weasley montada en su zulo. Porque determinó que aquel loft, que no ocupaba ni la mitad que el suyo, no se podría llamar jamás hogar.

- ¿Cómo puedes vivir en un sitio con tanta mierda? – inquirió la bruja, pasando un dedo por el mueble-bar – Debes tener hasta Doxys acampando en los recovecos.

Mientras Pansy se paseaba por la sala, Ron se había acomodado en el sofá –por fin, advirtió ella, puedo ver su color: beige-, echando a un lado las túnicas. Cruzó los pies sobre la mesita de café, enlazando sus brazos en la nuca con desenfado. Lo malo de vivir en un barrio muggle, pensó Ron mientras boqueaba aire con rapidez para recuperar fuerzas, era que no podía usar magia para subir aquellas enormes maletas de piel de dragón. Además, Pansy había rehusado llegar a la casa a través de la red Flú –cuando Ron le mencionó entonces la aparición, puso el grito en el cielo y casi le lanza un Avada en toda regla- porque consideraba al auror lo suficientemente torpe como para perder una de las maletas por el camino.

“Y no estoy dispuesta a que mis Jimmy Choo caigan en las manos de cualquier golfa que no sepa apreciarlos”, recalcó mientras llamaba al autobús noctámbulo con la varita iluminada en la entrada del Caldero Chorreante.

Cuando Ronald Weasley se mudó de casa hace ya unos cuantos años, su madre insistió en que se acomodara cerca de Ottery Sant-Catchppole, en una granja aledaña a La Madriguera y al pueblo, pero él se negó en rotundo. Después de dos meses de búsqueda infructuosa, finalmente encontró un loft en Felixtowe, no muy lejos de Londres y de su trabajo, y allí plantó sus primeras raíces como adulto independiente. Si hubiese cedido a las exigencias de Molly Weasley, Ron jamás habría disfrutado de la libertad de la que tanto alardeaba ahora frente a Ginny –que todavía vivía con sus padres -, sobretodo a la hora de poner orden en sus cosas, o mejor dicho, desorden.

El descuido, para bien o para mal, era un hecho constatado en él.

- Disculpe, doña Remilgos, pero el Ministerio y la tienda de George no me dejan mucho tiempo para ocuparme del apartamento. Y de todos modos, ¿qué mas da? Dentro de seis días volverás a tu casa, para entonces seguro que habremos atrapado a Lucius – le dijo a la bruja, echando la cabeza hacia atrás a la vez que cerraba los ojos, disfrutando de la tranquilidad de su hogar.

Un minuto más tarde, alguien le agitó la pierna con premura.

- ¡Qué! – le espetó, manteniendo la postura.

- Ey, ni sueñes que vas a quedarte ahí tumbado toda la mañana – le avisó Pansy, colocándose un mechón de cabello negro detrás de su oreja – Necesitamos poner orden, si no dentro de poco vamos a encontrarnos un dragón rugiendo en la alacena.

- Tranquila, aquí no hay alacena.

- ¡Me da igual! ¡No quiero dormir rodeada de porquería! – al ver que Ron no se movía, Pansy adoptó medidas drásticas – Mira, Weasley, juro que si no meneas ese trasero pecoso que tienes vas a sufrir mi ira de nuevo, lo que deriva en bofetón, ¿capisci?

Ron abrió los ojos lentamente, encontrándose con aquella mirada felina. Oh, sí, recordaba el bofetón, sin duda, pero prefería repetir la experiencia antes que ceder a sus caprichos de mujer dictadora. Resolvió que Pansy Parkinson era una copia exacta de su madre, sobretodo cuando sus brazos se ponían en jarras esperando su reacción. Se detuvo a observar su cuerpo lleno de curvas peligrosas de la bruja con descaro, embutido en un vestido de estampados florales cortísimo y sumamente peligroso para alguien con problemas cardiacos. También se fijó en sus sandalias de cuña, y en una fina cadena plateada que envolvía su tobillo derecho, dónde pendían una V y una O entrelazadas como serpientes en tonos plata y verde: los colores de Slytherin.

- ¿Qué estás mirando? – le preguntó Pansy, y cuando siguió la mirada concentrada de Ron hasta su tobillo se sintió sumamente molesta, aunque no sabía la causa exactamente. Bueno, sí que la sabía: Ese adorno tenía un significado secreto para ella.

- ¿Por qué llevas unas iniciales que no son las tuyas? – era terreno pantanoso, pensó Alexandra Parkinson, escuchando latir su corazón rápidamente, demasiado resbaladizo y peligroso como para enfrentarse a él.

- No es asunto tuyo – le espetó ella, pero la voz le tembló cuando pronunció aquellas palabras, delatando que había algo oculto detrás de esas letras. Pero, ¿qué escondían las siglas? ¿Un amante? Era lo más probable, dedujo Ron, pues había escuchado mil y una veces a Ginny calificar a Pansy Parkinson como “una rompecorazones”.

Ron enarcó sus cejas, sosteniéndole la mirada envenenada mientras le decía:

- Te apuesto diez galeones a que es un regalo de uno de tus chicos. –ladeó la cabeza y sonrió, automáticamente las pecas de su rostro se multiplicaron, al igual que le sucede a Bill, determinó la bruja con nostalgia - Ya sabes, para que no le olvides.

Le había tomado por sorpresa la revelación del auror, pero sobretodo le hizo arder de rabia. Era cierto que su lista de amantes era extensa –por no decir interminable- pero de ahí a aceptar ese tipo de regalos, había un largo trecho. Nunca, jamás, se había aprovechado de un hombre. Alexandra Parkinson siempre dejaba claro lo que quería, el cómo y los límites hasta los que podían llegar. Dar falsas esperanzas le parecía una falta de respeto, más aún cuando las de ella –que era conseguir a Bill Weasley a toda costa- estaban totalmente destruidas. No quería que nadie sufriera lo que ella sufría. No se lo deseaba ni a su peor enemigo.

- Pues tal vez te equivoques, Weasley.

- Tal vez - se apartó el cabello pelirrojo del rostro, clavando su mirada azul en ella.

Silencioso, altanero y espontáneo, Ronald Weasley era, definitivamente, lo contrario a su hermano mayor. Pansy lo sabía, pero no podía evitar sentir una minúscula atracción cuando esa sonrisa traviesa le bailaba en la comisura de la boca, para luego acabar, como en ese momento, en un despunte de dientes blancos, parejos, bajo su nariz larga y afilada. Tuvo que esforzarse al cien por cien para no devolverle la sonrisa.

Respirando con dificultad –o mejor dicho, sin respirar- se agachó para recoger una camiseta gris tirada en el suelo, hizo un ovillo y se la tiró a Ron, dándole en plena cara sonriente.

- ¡Ey! ¿Por qué me atacas?

- Ayúdame a recoger éste desastre – le mandó, y vio para su asombro que le obedecía, mascullando por lo bajo algo de un “elfo doméstico”.

- No me gusta limpiar – declaró el pelirrojo, dirigiéndose a la figura de Pansy, que ahora se encontraba de espaldas a él doblando unos vaqueros desgastados por el uso con una rotura en la rodilla.

- Bueno, Weasley, si terminamos pronto puede que te invite a comer en un restaurante muggle que conozco. Hacen unas costillas con barbacoa y una tarta de chocolate espectaculares.

- ¿Y me contarás entonces el misterio de la cadena?

Pansy se giró bruscamente, para encontrarse de plano con un Ron Weasley en cuclillas, los músculos de la espalda vibrando en cada movimiento bajo la camiseta roja… y una mirada celeste, tan profunda y peligrosa como el mar, que casi hace que Pansy perdiese la compostura. Se la mantuvo unos instantes, para después regresar a lo que estaba haciendo. Por Morgana que el ADN Weasley le trastornaba la cabeza, y de paso, las hormonas.

- Tal vez – le ofreció ella, de espaldas de nuevo.

- Tal vez – repitió Ron, observando los andares de la bruja cuando se metió en el baño sin siquiera preguntarle su ubicación. Suspiró débilmente, preguntándose qué pasaría en una semana, sin saber con exactitud qué o dónde se estaba metiendo, y cómo de herido iba a salir de aquello.

Hubiese obtenido la respuesta de haber visto la sonrisa, esbozada a escondidas en el baño, de Alexandra Patricia Parkinson.

*******************************

Lunes. Devonshire.

Theodore Nott era un tipo duro, de esos que temes cuando vas por la calle paseando y te hacen agachar la cabeza, con el miedo carcomiéndote por dentro por si te descubre y decide estamparte en la pared como un póster. Theo sabía que inspiraba temor, y se vanagloriaba de aquella faceta intimidatoria siempre que la situación era la apropiada. También presumía de no quejarse demasiado, excluyendo alguna que otra ocasión en la cual se había visto obligado a pedir una ración extra de galletas con virutas de chocolate o pudding de limón en las cocinas de Hogwarts. Pero apartando esas nimiedades, Theodore Nott era tan duro como el acero.

Hasta que dio de bruces con la locura de Luna Lovegood.

- ¡Me muero!

- No seas quisquilloso, - le dijo Luna, extendiendo un poco más de cera sobre la pantorrilla de Nott – además, te lo mereces: La próxima vez, intenta apostar en un juego en el que no sea la maestra.

Acto seguido levantó la cera de un tirón, provocando con ello que un montoncito de vello corporal –Luna juraba que se haría una peluca con él- se desprendiera de una tirada, dejando la pierna de Theo suave, lisa… y roja.

- ¡Me estás matando!

- No, querido, simplemente te hago experimentar el sufrimiento femenino – alzó un poco más de cera, untándola de nuevo en la piel del Slytherin – Y, ¿por dónde iba? – volvió a tirar, ésta vez arrancando más vello del que esperaba, acompañado de una maldición malsonante regalo de Theodore Nott. Luna chasqueó la lengua, sonriendo – Ah, música para mis oídos.

Desde que Nott se había instalado en su casa, no había parado quieto ni un segundo. Leyó sus revistas –incluida el Cosmopolitan-, hurgó en su neceser, se hizo dueño y señor de la televisión y la obligó, bajo pena de muerte, a comprar dulces y comida basura. Incluso se tomó el privilegio de interrumpir su sesión matinal de Tai Chi, lo que acabó con sus nervios e hizo florecer el deseo de venganza.

Luna Lovegood era una mosquita muerta, pero la llegada de Theodore Nott había sobrepasado los límites de su paciencia hasta un nivel inexplorado hasta entonces.

Harta ya de sus continuas quejas, le ofreció enseñarle a jugar a un juego muggle: El Dominó. No es que fuera excesivamente divertido, pero Hermione y ella solían practicar una vez por semana cuando iban a pasear a Trafalgar Square y acababan merendando en un club de la tercera edad, dónde se podía beber el mejor chocolate de todo Londres. Fue así como Luna se hizo una jugadora experta de dominó, al igual que Hermione. Sin embargo, la oferta provocó un brillo curioso en los ojos oscuros de Nott, que tomó asiento a su lado e intentó seguir las explicaciones de Luna con verdadero interés –a pesar de que luego tuviera que repetírselas cuatro veces más para que se enterara-; después de una hora, comenzaron a jugar.

Las primeras partidas las ganó Luna, pero luego dejó que Nott le cogiera ventaja, dejándose vencer por temor a que el Slytherin regresara a sus continuas quejas –“¡quiero chocolate!”, “¿por que el baño es rosa?”, “Qué, está sobrealimentado”-. Pero éste hecho sólo provocó que Nott se envalentonara, retándola a una apuesta: Si él ganaba, Luna tendría que ir a comprar una enorme tarta de queso y frutas del bosque para cenar; si por el contrario perdía, atajaría los deseos de Luna Lovegood sin una mísera queja durante una hora.

Como veréis, las cosas no le fueron muy bien al pequeño Nott cuando perdió y tuvo que someterse a una sesión de belleza femenina. Había soportado estoicamente los pepinos en los ojos y la crema de algas en las mejillas –incluso luego pudo hincarle el diente a las rodajas-, sin embargo, la depilación al estilo muggle lo estaba haciendo caer al inframundo de la humillación masculina. Su ego estaba siendo, literalmente, masacrado, sobretodo porque sabía que Lunática Lovegood lo estaba disfrutando.

Y luego dicen que los Slytherins dan miedo. Joder, eso es porque nunca han visto a una Ravenclaw que han interrumpido en su sesión de Tai Chi.

- Ya hemos acabado – le anunció Luna por fin, dándose la vuelta para alcanzar un bote. Nott empezó a temblar sólo de imaginar qué demonios se le ocurriría. Se agazapó en el sofá antes de que se diera cuenta – ¡Ey! ¿Qué haces? ¡No voy a depilarte más! Ahora untaré una crema para refrescar la piel. Hala, túmbate y relaja el cuerpo.

- Ah, vale. –y obedeció, para su asombro, sin desconfianza alguna - Sabes, no entiendo cómo podéis aguantar éste sufrimiento – se lamentó el Slytherin, tumbándose en el sofá y dejando que Lunática le masajeara la zona dañada – Preferiría ser un hombre lobo a esto.

- La depilación mágica es indolora – sus ojos azules lo observaron burlones, divertidos – lo digo por si quieres repetir la experiencia.

- ¿Y por qué mierda entonces me hiciste pasar ésta calvario?

Luna Lovegood se encogió de hombros, sin dejar de aplicar crema a las piernas de Nott. No sabía cómo, pero el masaje estaba creando un sentimiento apaciguador en él, llegando incluso a cerrar los ojos y sentirse relajado, muy, muy relajado.

- Nunca he podido practicar fuera de los cursillos, así que pensé que tú podías ser mi conejillo de indias por una tarde.

- ¿Hay cursillos sobre depilación muggle? – le preguntó con voz soñolienta, aunque de veras intrigado.

- Claro que sí – le respondió Luna, bajando sus dedos de la rodilla con movimientos circulares a la pantorrilla de Theodore Nott – Y de cocina o tecnología muggle, también…

Luna continuó hablando, convirtiendo en un monólogo sus aventuras y desventuras en el mundo muggle, a pesar de que Nott ya no le respondía. Ya no recordaba apenas porqué estaba enfadado, y que aquella no era su casa. ¿Quién estaba amenazado? ¿A quién iban a matar? No podía ser él.

Luna Lovegood, por su parte, estaba satisfecha de haber puesto en práctica lo aprendido. Sus amigas nunca habían querido probar sus habilidades no mágicas, salvo una vez en la cocina, y había sido un desastre: El pescado estaba crudo, la ensalada con excesivo vinagre, y la pasta marinada se le pegó en la olla. Al ver el desbarajuste de Luna, Pansy optó por pedir una pizza a domicilio y Ginny juró no volver a juntar el verbo “cocinar” y el sustantivo “Luna” en la misma frase. Hermione fue más valiente al comerse sólo un trozo de pizza y medio plato de la pasta marinada, lo que produjo muestras de asco por parte de Pansy y que Ginny se santiguase de inmediato. Después de su atrevimiento, Hermione Granger estuvo dos días en cama aquejada de diarrea. Llevaba dos años sin probar la pasta bajo ningún concepto.

Para cuando acabó la historia, ella había parado de masajear, y observaba a Theodore Nott… roncando como un dragón.

- Ey, Nott, despierta – lo llamó. No hubo respuesta. Quiso zarandearle una vez más, sólo una, pero estaba tan sumido en su profundo sueño que no quiso insistir.

A su modo, era un tipo atractivo, pensó Luna, ladeando un poco su cabeza y haciendo tintinear sus argollas de cascabeles un par de veces. Era cierto que parecía un ogro, con esa gran altura y un cuerpo tan ancho, pero sus largas pestañas y esa sonrisa bobalicona que se le formaba a veces le restaba hostilidad a su aspecto. Nott se giró de lado, haciendo que mechones oscuros se cayeran sobre los ojos. Es curioso, prosiguió ella ensimismada en su arduo análisis, que este Theodore Nott sea el mismo que antaño temía medio Hogwarts.

¿Dónde estaba esa brutalidad de la que se mofaban los Slytherins, ese afán de venganza, de gobernar sobre los demás? ¿Se habían resignado a perder la supremacía mágica que tuvieron con Voldemort, o sólo esperaban su turno para volver al poder? Luna recorrió al mago de arriba abajo. Desde su cabello oscuro, pasando por sus hombros, la camiseta negra que le quedaba un tanto estrecha y los vaqueros, que por el contrario le venían demasiado holgados. ¿Sería Thedodore Nott cruel y vengativo como decían los magos de la Orden del Fénix? Le era imposible ubicar aquellos deseos en el rostro inocente de Nott, por mucho que lo intentara. Pero tampoco hubiese podido saber que éste grandullón de mal carácter iba a dejarse depilar, como había sucedido, ¡o que iba a invitarle a una no-cita! ¿Estaban todos equivocados respecto a los ex mortífagos? ¿O simplemente era él, que había cambiado con el paso de los años?

Por instinto, casi por inercia, Luna Lovegood extendió su mano –blanca, fina, huesuda, temblorosa, insegura- y apartó los mechones negros de los ojos de Nott. Él se removió unos segundos, suspiró, y continuó durmiendo, más ella no apartó la mano. La dejó allí, deslizándola lentamente hasta posarla en la mejilla de Theo, sintiendo un leve cosquilleo que avanzaba por sus dedos y se extendía por todo su brazo hasta llegar al corazón, que latía un poco, sólo un poco, más rápido de lo normal. Una parte de ella deseaba que despertase y la encontrase en una situación tan comprometida. La otra no lo quería ni por todo el oro de Gringotts. Una vocecilla interior se estaba muriendo de vergüenza por dentro (¡Apártate rápido!¡Es un Slytherin, por amor a los unicornios alados!), riñéndola ante lo ridículo de la situación. Luna Lovegood partida en dos, la loca y la demente. El pequeño incordio de su mente se fue apagando a la vez que una pregunta se formulaba perceptiblemente.

- ¿Quién eres, Theodore Nott?

Sólo el silencio le respondió.

Luna Lovegood permaneció allí un rato más, luego se incorporó y fue a su dormitorio, dónde sacó un pergamino, pluma y tinta, empezando a esbozar el retrato de un dormido Nott tatuado a fuego en su memoria. Dibuja, se decía a sí misma, y piensa en él como el mejor modelo de que se puede ser bipolar y normal a la vez. Que si una vez eres malo, puedes llegar a ser bueno. Ten esperanza, y piensa que la gente cambia, que él cambia, que quieres creerlo.

Cree, cree, cree, cree.

Y no caigas en el abismo de la atracción antes de conocerlo, Luna, porque entonces estarás perdidamente perdida. Perdida, perdida, y perdida. Por una no-cita, un no-amigo…

Por un no-novio.

Lo que ella no sabía es que sus gestos, - la caricia, los mechones, su latido desenfrenado, la pregunta nunca respondida- habían sido grabados en la memoria del Slytherin grandullón que descansaba, ahora desvelado y con los ojos muy abiertos, en su sofá de vinilo. Y es que la pregunta más simple hace que despierte el más terrible de tus miedos: Que alguien te encuentre –conozca, sepa, descubra- mucho antes que tú mismo.

Y Luna Lovegood, dedujo Theodore Nott, lo estaba consiguiendo.

*************

Martes. Mansión Malfoy.

PVO Draco.

Granger me provocaba jaqueca.

Después de la estúpida reunión de Potter y los súper amiguitos vamos-a-salvar- el mundo, Granger y yo mantuvimos una tensa discusión. La rata de biblioteca pretendía que nos mudáramos a su casa, y mira, puedo renunciar al compromiso con Astoria pero, ¿al lujo, la ostentación, el poder manejarme a mi modo? Perdona, eso no formaba parte de mí, eso era yo en mi propia esencia. Prefería morir a manos de Lucius que dejar atrás todo lo que me pertenecía para instalarme en casa de una mojigata como Granger, ¿qué iba a hacer allí, encerrado a cal y canto en un apartamento que tenía las dimensiones de mi dormitorio? ¿Leer? ¿Estudiar? ¿Alimentar el nido de pájaros de su cabeza? Además, esconderme de mi enemigo era demostrarle que era un cobarde que huía. Lo hice una vez hace años, no volveré a repetir la experiencia, y mucho menos revivir las consecuencias.

- Esto no tiene nada que ver con nuestras rencillas, Malfoy. Me han encomendado una misión, fastidiosa, pero misión de todos modos, y no pienso fallar. Si debo atarte de pies y manos para que te quedes quieto en mi casa, lo haré. Pero me obedecerás. Por las buenas, o por las malas, además de que el código de...

Bla, bla, bla. Granger se puede definir en una simple frase: Mucha teoría y poca práctica. Weasley apenas abrió la boca, todavía molesta por el encargo, así que vencerla fue fácil.

¿Resultado? Nos quedamos en mi casa.

Su intrusión en la mansión había sido relativamente fácil, mucho más de lo que calculé en un principio. No quería correr el riesgo de que mi madre tuviera un recuerdo vago de la Rata de Bilioteca o Weasley, así que acordamos que durante el resto de la semana Granger sería Jean Parkinson, prima lejana de Pansy, la cual había tenido que salir de vacaciones y yo, muy amablemente, me ofrecí a acogerla en mi casa por unos días, a la espera de que volviese Pansy. Pelo de Zanahoria, sin embargo, era harina de otro costal. Cuando le dije que no iba a entrar en mi casa, casi explota como una bengala de la rabia.

- Weasley, ¿sabes cuántas veces has salido en la portada de El Profeta en los últimos años? ¿Crees que Narcisa Malfoy no sería capaz de identificarte como la capitana de las Arpías? Hasta el más idiota conoce tu rostro pecoso. A Granger la podría hacer pasar por un familiar de alguno de mis conocidos – miré a la recién nombrada, luego suspiré – al menos podría intentarlo – me giré de nuevo a ella, añadiendo - ¿Pero tú? Se ve a la legua a qué familia perteneces. .

Acordamos entonces que Weasley vigilaría los alrededores al anochecer, mientras que Granger se encargaba de permanecer alerta durante el día, pisándole los talones a mi madre constantemente.

Hasta el último segundo tuve serias dudas de hasta qué punto madre caería en la mentira que había entretejido, así que antes de ir a mi casa, obligué a Granger a aplicarse tanta poción alisadora que le durara al menos toda la semana, con el fin de cambiar –que no mejorar- un poco su aspecto de mojigata, aunque para ello tuviese que vender su hígado en el mercado negro para costearse tantos litros de mejunje. Como siempre, a ella mi idea no le entusiasmó.

- Convendría decirle la verdad. Es imposible que alguien crea que soy prima de Pansy.

En eso estábamos de acuerdo: era como comparar un burro con un pura sangre, valga la redundancia.

- Si abres esa bocaza que tienes – la amenacé – te meto a dormir en la alacena con tus amiguitos los elfos.

- ¿Intentas intimidarme? No me importa dormir con ellos.

Entonces pasé a las medidas más drásticas.

- Si mi madre sufre por reconocerte te crucifico, y si yo te crucifico, eso te haría pupa. Porque si Narcisa lo pasa mal, el mal debe desaparecer. Y quieres llegar al sábado sin un rasguño y con todos tus miembros, ¿verdad?

¿Final? Doña Remilgos obedeció.

La intrusión discutiblemente femenina de Granger en mi casa –mi paraíso, mi privacidad, ¡mi vida!- me estaba conduciendo a una velocidad inusitada hacia la locura desde un principio. ¿Lo peor del asunto? Que Narcisa Malfoy parecía encantada con su estúpida presencia. Cuando bien entrado el domingo aparecí con Granger, mi madre había tragado mi mentira de cabo a rabo, incluso llegó a asegurar que Pelo de Rata se parecía un poco a Wendolyn Fitzpatrick, la tatarabuela de Pansy y, en teoría, ella misma. Llegados a ese punto, yo había tenido que salir como una Nimbus dos mil uno hacia al baño para no partirme de risa.

Lo más complicado, sin embargo, fue hacerle entender a Astoria que por el momento no podíamos seguir juntos.

- ¡Me estás mintiendo!

- No, no es así. Sabes que todo lo que te digo es cierto. Si te quedas aquí, Lucius te matará.

Había ido a su casa el domingo por la tarde para ponerla al corriente de los sucesos, y de las consecuencias en las que podría desembocar el que siguiéramos adelante con la boda. Sus padres estuvieron presentes en todo momento, ayudándome a derrumbar ese muro de obstinación que había creado en su cabeza.

- Bebé, tienes que sobreponerte – le murmuraba su madre, mientras le tendía un pañuelo de encaje para que se secara las lágrimas – Podrás casarte cuando todo termine.

- Iremos a visitar a mi hermana Claudette a Niza – sugirió el señor Greengrass. Si no estuviese tan gordo habría saltado de alegría ante la noticia – Pondremos tierra de por medio y regresaremos cuando todo se calme. Además, amapola mía, así conocerás a gente, y quién sabe si cuando eso suceda no desearás quedarte en Francia.

La familia al completo había partido hacia el país galo el lunes a primera hora de la mañana.

Yo creía que mi madre echaría de menos las visitas de Astoria, pero cuando preguntó por ella y yo le respondí que estaba de vacaciones con sus primos en Francia, a ella no pareció importarle. Tampoco preguntó por la ausencia de Lucius. Estaba tan absorta en agradar a nuestra invitada que pasó aquello por alto. Para mi completo asombro, asistí como espectador mudo a la estrecha relación que iba forjándose entre mi madre y Granger.

Fue como si rejuveneciera veinte años de una sentada. Mi madre salía a pasear por los alrededores de la mansión todas las mañanas en compañía de Doña Remilgada, que atendía con interés –no sé hasta qué punto cierto- sus explicaciones acerca del cuidado de sus plantas. Incluso los elfos domésticos se dieron cuenta del cambio. Luego se sentaban a desayunar, para más tarde acomodarse en la terraza a discutir sobre pociones e historias varias. El domingo por la noche, Granger había contado una anécdota de unas vacaciones en los Alpes dónde les cogió una nevada y estuvieron atrapados en la cabaña durante días, con sólo sopa enlatada para comer.

- Pero, Jean, ¿no se os ocurrió utilizar fuego mágico para derretir la nieve? – preguntó entonces mi madre. Casi me caigo de la silla. Sin embargo, Granger le sonrió tímidamente, y juro que incluso la vi enrojecer.

- Eso fue lo peor del asunto: ¡las olvidamos!

Fue la primera vez desde su salida de Azkaban que Narcisa Malfoy reía de verdad. No iba a admitirlo, pero estaba sumamente agradecido a Jean-Granger.

Nunca imaginé que dos mujeres tan dispares pudieran encontrar temas en común. Era como creer que el agua y el aceite podía remotamente unirse, una excepción que confirmaba la regla más alocada del universo. Narcisa Malfoy, sin saberlo, había roto los esquemas de su estricta educación. La pregunta que se formulaba en mi cabeza cada vez que las veía juntas era, ¿sería todo tan idílico si Narcisa supiera que Jean era Hermione Granger?

No, apostaba toda mi fortuna a que no.

*****

- ¡Draco!

- ¿Sí, madre?

- ¡Tenemos una fiesta!

Estábamos a martes, y habían pasado dos días de la llegada de Nido de Pájaros a la casa. Lucius no había dado señales de vida aún, cumpliendo extrañamente con lo prometido, y las vigilancias estaban siendo tan tranquilas que incluso Weasley había podido escaparse para entrenar con su equipo antes del partido.

Alcé mis ojos del Profeta, abierto por la página de sucesos, donde una foto con mi rostro – no era la mejor, desde luego, pero aún así salía estupendo- junto a otra de Blaise daban paso al titular “Rupturas sospechosas” en el que un kilométrico artículo especulaba –a su patético modo, por supuesto- con mil y una razones por las que nuestras respectivas relaciones habían terminado tan abruptamente. Como era de esperar, ninguna daba en el clavo.

Mi dolor de cabeza apareció nada más ver a Narcisa Malfoy, exultante de felicidad trotar hasta llegar a mi lado y abrazarme con efusividad. Reí, contagiado de su repentina alegría, dándole unas palmaditas en el brazo que tenía alrededor de mi cuello.

- ¿Qué fiesta? ¿Quién nos ha invitado? – pregunté mientras se apartaba de mi, todavía con una amplia sonrisa dibujada en sus labios perfectos.

- Nadie – exclamó ella, sentándose en la silla enfrente de mi escritorio - He pensado en hacer una recepción en honor a Jean. Pobre niña, ha estado tanto tiempo viviendo en Estados Unidos que apenas conoce a nadie. Por eso creo que sería maravilloso organizar una fiesta en su honor, ¿qué te parece?

Sentí cómo me subía la bilis por la garganta. ¿Una fiesta? Si hacíamos una cena de gala, todos nuestros allegados reconocerían a Granger, se destaparía toda la trama, y mi madre volvería a refugiarse en sus rosales. Por no añadir que sería mi declive social ahora que ella no estaba con Zabinni. ¿Qué qué me parecía? Una mierda, simple y llanamente.

- Madre, no creo que a Gran… digo, a Jean – me esforcé por pronunciar el nombre – Le guste la idea. Pansy me advirtió que es muy tímida, y que odia estar rodeada de gente. Al parecer, en Estados Unidos vivía en un pueblo sureño muy pequeño donde apenas había magos.

- ¡Eso es terrible! – se escandalizó mi madre, llevándose una mano al pecho con gesto dramático.

- Totalmente – convine.

– Ahora entiendo a qué se debe su gusto al vestir. Bien, ¿qué podría, pues, hacerla feliz? – meditó unos instantes, para luego proferir un gritó de euforia. Sus ojos azules estaban llenos de excitación - ¡La llevaré de compras! Podríamos ir a la boutique de Chloe Savingon, hace unas semanas me envió una lechuza para que fuera a ver su nueva colección.

- Me parece una magnífica idea – Oh, sí, apostaría que Granger no duraba ni dos minutos. ¿Tiendas de ropa? Por su aspecto se podía deducir la alergia que les tenía. A saber si el espejo aguantaría su reflejo antes de hacerse añicos.

- Encontraremos algo bonito – continuó ella – Un traje de noche, con una túnica a juego, ¿te importa si se lo regalo? – iba a abrir la boca, pero ella añadió – Luego, podrías llevarla a cenar a un sitio bonito y…

- ¿Qué?

- Oh – se detuvo, formando una perfecta “o” con sus labios que me sonó a fingida inocencia - ¿Pretendes que Jean pague sus compras? Me parece muy descortés por nuestra parte, Draco. Nada caballeroso.

- ¡No, eso no! – exclamé, haciendo un gesto de impaciencia con la mano - ¡Lo otro!

Narcisa bufó impaciente, haciendo un revuelo con su túnica celeste antes de tomar asiento frente a mí. Hoy estaba realmente guapa, con su blanca piel sin pizca de maquillaje y el cabello recogido en un moño.

- Hijo, ella tiene tu edad, ¡no querrás que salga con un carcamal como yo! Podrías presentarles a tus amigos, tu círculo más íntimo, salir todos a tomar una copa y luego a casa. Lleva desde que llegó sin salir de la mansión.

- Madre, Jean es muy tímida, apuesto mil galones a que se asusta sólo con la perspectiva. Seguro que ve con buenos ojos eso de quedarse aquí encerrada hasta el sábado. Además, ¿llevarla con mis amigos?¿has olvidado el aspecto de Theo? Jean saldrá corriendo en cuanto se de cuenta que puede hacer puré de bruja con ella.

Admito que no era la mejor de las excusas, pero por algún lado tenía que objetar sino quería verme pegado a Granger con pegamento, después de haberme llevado esquivándola dos días. Sólo la visión imaginaria de tener que entablar algo más íntimo me daba náuseas.

Mi madre puso las manos sobre el escritorio, con el ceño levemente fruncido y aspecto sombrío. Yo empecé a masajearme la sien, intentando calmar mi jaqueca.

- Draco, – su voz me sonó severa - ¿Es que no te has dado cuenta?

- ¿Darme cuenta de qué? – pregunté distraído.

- De su tristeza.

Levanté la barbilla rápidamente, entornando los ojos con suspicacia. Granger salía a caminar todas las mañanas, comía con nosotros, hablaba con los elfos, leía en su dormitorio, donde pasaba gran parte de la tarde, y luego cenaba temprano para irse a la cama. ¿Tristeza? Joder, si vivía como una reina.

- Creo, madre, que estás equivocada. Yo la veo muy… normal - en la medida de lo posible, pensé - No deberías exagerar y preocuparte. Jean está bien, es sólo que ella es así de solitaria –. Seguidamente me encogí de hombros y seguí leyendo El Profeta, esperando a que Narcisa se fuera.

¡PAM!

Lo que no esperaba, era que me golpeara en la nuca.

El ataque me cogió tan desprevenido que el periódico saltó de mis manos, y yo me deslicé de mi asiento para dar de culo contra el suelo, seriamente contrariado. Mi madre jamás de los jamases me había levantado la mano salvo para acariciarme o adularme, entonces, ¿qué le molestó para que actuara de esa forma? Definitivamente, Granger le había contagiado algo, seguro.

Me palpé primero la cabeza, apartándome el cabello de los ojos, y luego le dirigí una mirada huraña a mi progenitora, de pie frente a mí con los brazos cruzados, y un gesto tan adusto que si lo presenciara McGonagall desearía comprar la patente. Parecía una diosa feroz en las alturas. Claro que eso era porque yo aún permanecía sentado en la alfombra persa.

- ¿A qué ha venido eso? – la increpé, sintiendo la furia y vergüenza subir hasta mi rostro. Podía ser el mayor cabrón del universo, pero siempre me sentiría un niño frente a mi madre - ¿Qué hice?

- Draco, yo te quiero – y puso mucho énfasis en las dos últimas palabras – Pero, a veces, hijo mío, no tienes corazón.

Y sin decir nada más salió del despacho.

Cuando eres alguien como yo que pertenece a una familia rica, de sangre pura y con una jerarquía que más de uno envidia – aparte de apuesto, sexy y rodeado de chicas babeando por doquier-, siempre desconfías de lo que te dicen. Te enseñan, desde pequeño, que es mejor pisar al enemigo antes que dejarte vencer, aunque sea con juegos sucios. También que no todo lo que te dicen es verdad, y por eso debes aprender a no confiar de los que te rodean, salvo de tu familia. La familia se convierte así en tu rincón de salvación, la estrella guía en la tormenta, dónde te sientes seguro y resguardado de las miradas extrañas, dónde te van a hablar claramente, sin hipocresías o mentiras. Y ese era el gran problema ahora.

Porque si Narcisa Malfoy decía que a veces no tenía corazón, es que me estaba diciendo la verdad. Y que lo pensaran los Weasley, Longbottom o incluso Granger era algo que me resbalaba. Pero cuando tu madre lo dice, entonces estás en un serio problema. Si tu salvavidas empieza fallarte en la tempestad, ¿dónde vas a acabar? ¿Hasta dónde estás dispuesto a caer, antes de reconocer que estabas equivocado? Perder todo lo que tenía era una cosa. Que mi madre me diera la espalda, era otra muy distinta. Significaba que iba a desaparecer engullido por el olvido, más solo y abandonado que nunca.

Una cosa estaba clara: No quería estar solo.

***************************

Miércoles. Londres.

Blaise Zabinni vivía el día a día sin meditar sobre el ayer o en el mañana. Procuraba disfrutar de todo lo que se ponía por delante, obviando conjeturas o deteniéndose un minuto a pensar. Pensar equivalía a dudar, y si dudaba tal vez se arrepintiera, y él no quería dejarse nada en el tintero. La vida era una gran aventura para desperdiciarla. Por eso estar encerrado era una tortura para él, y Harry Potter, desde luego, no le hacía su estadía mucho más agradable.

Grimauld Place era una casa amplia, digna de cualquier sangre pura, pero de igual modo solitaria. La luz bañaba el salón nada más amanecer, lo que en invierno calentaba la casa desde los cimientos, pero en verano la convertía en un verdadero fuego del infierno. Blaise echaba de menos su casa tan fresquita y acogedora, con sus velas aromáticas de melocotón esparcidas por todas las estancias y sus discos de los Beatles. Frunció el ceño y le dirigió una agria mirada a Potter, que ojeaba pergaminos con los avances en la investigación sobre el paradero de Lucius Malfoy. Harry no le había permitido traerse sus velas o sus vinilos, sólo le dejó recoger una maleta con ropa antes de que vinieran a la oscura Grimauld Place, dónde llevaba confinado desde el domingo.

Tampoco le había dejado comunicarse con sus amigos. No sabía nada de Draco, Theo o Pansy, y sabía que Hermione estaría muy ocupada en la vigilancia de Narcisa como para dejarse caer por allí. Potter ya le había advertido que no podría utilizar el correo vía lechuza para nada por si los pergaminos eran interceptados por el enemigo, y no tenía sentido redactar una a lo muggle cuando ninguno de ellos tenía una dirección que se indicara en ningún registro. Por lo tanto, estaba solo.

Varias veces intentó entablar conversación con Potter, pero éste no estaba muy por la labor de participar, patente en cada “no”, “ajá”, o “cállate” que le prodigaba de vez en cuando. Convivir con el silencio se le estaba haciendo tan frustrante a Zabinni que había tomado la determinación de fastidiar a Harry y tener así un mínimo de diversión. Blaise debía admitir que Potter se tomó sus travesuras –atascar el váter, pintarle el pelo de azul, convertir en tanga sus calzoncillos, esconderle las gafas- con cierto estoicismo. La ruptura vino cuando decidió esconder a Homer, el huevo extirpado de Harry.

- ¡Homy! – se lamentó el mago, acariciando el bote con líquido viscoso en su interior - ¿Qué te hicieron, bebé?

- ¡Potter, es un huevo, por Salazar! Además, deberías haberlo tirado, si ese es su tamaño original, no quiero pensar cómo será tú…

- ¡Cállate, Zabinni!

- Vale, sólo quería dejar claro que ya entiendo porqué te dejó Weasley. –y bajó la voz, apenas en un susurro - ¿Es que no sabes que el tamaño importa? Pareces un novato, como si no supieras que hay pociones que alargan el…

- ¡CÁLLATE!

Eso fue el lunes. A partir de entonces, Potter había puesto más que ahínco en ignorarle y poner todas sus ganas en atrapar a Lucius. Pese a todo, Blaise había estado medianamente distraído todo el martes desde que había encontrado un objeto muggle llamado DVD. Potter, en una extraña tregua donde se mostraba amable, le había enseñado durante dos horas su funcionamiento con el fin de mantenerlo encerrado sin que hiciera el menor escándalo, mientras él se enfrascaba en una reunión con los aurores.

Zabinni estuvo encantado. Empezó viendo Moulin Rouge –con la que lloró: Nadie podía lucir mejor las plumas y lentejuelas que Nicole Kidman, determinó- luego pasó a El Sexto Sentido –en ésa se rió al comprobar lo traumatizado que estaba Haley Joel Osment por ver fantasmas, ¿cómo reaccionaría si conociese Hogwarts y su mundo? No sobreviviría- y así con unas cuantas más. Las películas dieron para todo el martes, cuando terminó de ver la escasa colección de Potter… hoy miércoles, volvía a su estado de soledad.

- ¡Me aburro!

- Lee.

- ¡Me aburro!

- Tírate por la ventana.

- ¡Me aburro!

- ¡Pues cuenta ovejitas!

- Eso es lo más aburrido que me han dicho en la vida, Potter.

Harry dejó de garabatear su informe, suspiró a la vez que soltaba la pluma y clavó una hosca mirada en Zabinni, tumbado como si nada en un sillón frente a la ventana del salón. Éste le sonrío.

- Para tu información, estás aquí porque has sido amenazado. No sé cómo puedes tomarte el confinamiento como unas vacaciones.

- Es cuestión de perspectiva – se encogió de hombros Blaise – De todos modos, ir de vacaciones contigo sería como reunirme con mi abuela a tejer bufandas: Infructuoso y una pérdida de tiempo.

- Sólo quiero tranquilidad, Zabinni – le informó Harry, reanudando su redacción – Me he llevado diecisiete años luchando contra Voldemort, no creas que estoy ansioso por repetir la experiencia.

- Pero te dio fama.

- Algo que nunca pedí.

- Y chicas…

Harry dejó de escribir, alzando un tanto la ceja.

- Y está conversación viene porque…

- No tengo nada qué hacer y me gusta sacarte de quicio – Blaise imitó su gesto - ¿Acaso no es suficiente?

- Eso ya lo consigues con tu sola presencia, así que intenta no gastar saliva en vano.

- ¡Hola!

Ambos magos volvieron el rostro hacia el recién llegado. Ginny Weasley estaba allí, enfundada en un uniforme embarrado de Las Arpía de Holyhead. Llevaba el cabello pelirrojo suelto y un poco enmarañado, pero mostraba un semblante tranquilo y agradable. Harry se levantó como un resorte de su asiento, sus ojos brillantes tras las lentes y una mueca bobalicona bailando en sus labios.

- Ho-hola – tartamudeó, pasándose una mano por la coronilla, consiguiendo sólo alborotarla más de lo que era normal en él. Blaise puso los ojos en blanco.

- ¿Qué haces aquí? – le preguntó el Slytherin, mientras Ginny avanzaba para tomar asiento en el otro sofá de la sala, un tanto alejada de Zabinni.

- Terminé el entrenamiento hace quince minutos y decidí pasarme para ver cómo os iba. No tengo vigilancia hasta la noche y todos están ocupados: Ojalá terminemos pronto, porque echo de menos mis reuniones con las chicas. ¿Y vosotros? ¿Qué estabais haciendo antes de mi intromisión?

Estiró las piernas, y luego echó su larga cortina de cabello pelirrojo hacia atrás. Ese simple gesto hizo que Harry soltara un gemido casi silencioso. Casi, porque Zabinni lo había escuchado. Harry Potter lo supo cuando vio por el rabillo del ojo que el chico sonreía con malicia. Eso no era nada bueno, se dijo, tragando el nudo de su garganta, era esa sonrisa que siempre dibujaba cuando estaba apunto de cometer una de sus fechorías.

- Oh, pues Potter me estaba enumerando las ventajas de ser El Niño Que Vivió – le respondió Zabinni.

Harry lo crucifico de un vistazo, pero a Ginny ya le había picado la curiosidad.

- Vaya – exclamó, parpadeando inocentemente - ¿Y cuales son, supuestamente, esas ventajas?

Blaise fue nombrándolas, levantando con cada una un dedo de su mano.

- Fama, riqueza, entradas gratis, chicas… - el semblante de Ginny ante esto último se tensó, pero se supo recomponer en segundos, advirtió el Slytherin – Bueno, tú lo debes saber, Weasley, has sido su novia, ¿cierto? Seguro que apartaste a más de una fanática.

- Zabinni, no me confundas contigo – le interrumpió Harry, su piel en un tono verdoso que no auguraba nada bueno.

- Potter, Potter, Potter, ¡la modestia no te va! – repuso Blaise, tomando asiento al lado de Ginny. Le dio un codazo a la muchacha, la cual no apartaba la mirada de Harry – Vamos, Weasley, seguro que tú eres más sincera. Saca los trapos sucios.

Ginny Weaslely permaneció callada unos segundos, luego estampó una cínica sonrisa en su rostro pecoso.

- Un día que fuimos a tomar el té al callejón Diagon, una chica apareció con unas tijeras e intentó rasgar la túnica de Harry para poder quitarle la ropa interior.

- Ginny – gruñó Harry, pero ella continuó.

- También se chupa el dedo cuando duerme.

- Interesante – convino Zabinni, mirándole especulativo - ¿Y qué más cosas te gusta chupar, Potter, aparte de tu dedo?

Le dirigió una hosca mirada, el ceño fruncido y las gafas resbalándole por el sudor.

- Nada que a ti te importe.

- Prueba – le retó el Slytherin, acomodando un brazo en el respaldar.

Ginny miró de uno a otro, interrogante.

- ¿Me he perdido algo?

- Nada del otro mundo – soltó Blaise, y volvió a lucir su sonrisa – Por cierto, tienes que añadir ese baile – al ver que Weasley estaba confusa añadió – Le encanta mirarse en el espejo mientras se desnuda. Imita el baile de esa película… ¿cómo se llama?

- ¡Ey! ¡Eso es privado! – se quejó Harry.

- Full Monty –aclaró la pelirroja, soltando una risita - ¿Y viste cuando mueve el trasero? Le he dicho miles de veces que es algo vergonzoso porque parece gelatina pálida, pero no me cree.

- Eso es porque no has visto como intenta crearse un huevo mediante duplicidad mágica – le informó Zabinni, uniéndose a la risa de ella.

- ¿Lo ves? Esas son las cosas que echo de menos – se sinceró Ginny, enjugándose las lágrimas – Y porque no estuviste el día que intentó imitar a William Wallace en Braveheart… ¡me hizo coserle un kilt completo!

- ¿Hola? – los llamo Potter, totalmente fuera de sí - ¡No habléis de mí como si no estuviera!

- Potter, desde ahora ya no eres El Niño que Sobrevivió, sino El Niño Que Intentó Seducir con un kilt y Acabó Unihuevo.

Ante eso Harry no supo qué replicar, así que con la poca dignidad que le quedaba se marchó directo a su dormitorio, con la esperanza de olvidar esa terrible conversación.

Al menos podía estar tranquilo: Blaise no había descubierto aún que tenía un tanga de leopardo que imitaba el rugido del animal escondido en el fondo del armario.

********

Jueves. Mansión Malfoy.

PVO Hermione.

No podía quitármelo de la cabeza. Estaba sentada en una silla blanca de hierro forjado en el merendero, amparada por la sombra de los árboles mientras leía un libro. Narcisa Malfoy trajinaba a dos metros escasos entre sus plantas, echándoles agua con una regadera mientras frotaba sus hojas y le susurraba palabras de aliento. Pese al pasado, la señora Malfoy me caía bien. Al principio de mi llegada a la mansión no había entendido muy bien su actitud, sobretodo me sentí confusa la noche que preparando mi baño me habló de Lucius Malfoy como si estuviera de viajes de negocios.

- Mi marido trabaja mucho, es un hombre ocupado. No pasa mucho tiempo en casa.

A solas, estuve pensando en ello. No me atrevía a preguntarle a Malfoy –capaz de echarme un maleficio- así que cuando uno de los numerosos elfos apareció, lo dejé caer como si nada. Fue entonces que me enteré de la amnesia parcial que sufría. Una parte de mí –la más racional- sentía lástima por ella. La otra, más apasionada, repetía en mi cabeza que se lo merecía, que era culpa suya por escoger el bando incorrecto. Me negué a escucharla. Mi padre, hombre sabio donde los haya, me dijo una vez que todo el mundo puede cambiar, a pesar de que el pasado no se pueda borrar. Y eso era bueno, porque crecías y madurabas como persona, y aprendías de tus errores. En el caso de Narcisa, sólo era aplicable hasta cierto punto. Lo único que saqué en claro, es que Malfoy no debía enterarse de mi descubrimiento.

Vivir con los Malfoy me provocaba una ansiedad mayor de la que alguna vez había experimentado, más incluso que cuando Ron perdió mis apuntes de Transformaciones dos meses antes del examen. No me encontraba cómoda en ningún lugar, salvo en el dormitorio, situado a unos metros del de Malfoy, y el baño, que nadie compartía. Allí dónde iba, las imágenes de lo sucedido años atrás se formaban nítidamente en mi cabeza. Las torturas, las muertes, los silencios que se escondían en aquel viejo pero lujoso caserón. Intentaba aparentar que todo estaba en orden, que iba a la perfección, pero la realidad era bien distinta. Yo misma fui torturada entre sus paredes, ¿cómo olvidar el sufrimiento, mi cuerpo convulsionando por el dolor, y nadie para ayudarme?

El entusiasmo que mostré en un principio por ser amiga de Narcisa Malfoy se fue disipando, dando paso a la tristeza y soledad. Porque admitámoslo, estaba completamente sola. Ginny aparecía por las noches, pero apenas intercambiábamos dos palabras cuando Malfoy venía para llevarme de vuelta a la mansión. Por supuesto, deseché el sincerarme con la señora Malfoy. Era una mujer culta e inteligente, con sus propias ideas sobre política, música e incluso historia mágica, pero jamás de los jamases le podía decir que me sentía miserable en su casa y la causa, cuando en teoría yo no era Hermione Granger y jamás había puesto un pie allí antes. Por no añadir que la verdad podría trastornarla y sumirla en un profundo pesar. No tenía tanta maldad como para ello.

Observé su túnica lavanda, el cabello rubio igualito que el de su hijo, cayendo libremente por la espalda. Llevaba un gracioso sombrero campestre, y guantes de piel de dragón enfundados en sus suaves manos. Me sentía ridícula vistiendo mis pantalones cortos caqui con una camiseta naranja. Todo en ella era perfecto, mientras que en mí era defectuoso por naturaleza. Lo mío era meter las narices en los libros, lo suyo oler los más exquisitos perfumes.

Desde mi llegada se había mostrado sumamente cortés, jamás me faltó el respeto ni habló mal de los hijos de muggles, así que me estaba cuestionando seriamente hasta qué punto ésta Narcisa tenía que ver con la mujer que conocí hace años, esa que se enfrentó a Azkaban e hizo lo imposible por salvar a su hijo del destino que Lucius le había ordenado con mano firme.

- Jean, querida – al oír la voz de Narcisa me sobresalté – Es mediodía, ¿deseas tomar un tentempié? Puedo ordenar zumo y algo de picar.

- Eso sería estupendo, señora Malfoy. Gracias.

Se sacudió la tierra, dejando una mancha pardusca en su túnica. Arrugó la nariz como una niña pequeña, no se podía negar que Narcisa Malfoy era verdaderamente hermosa, incluso de jardinera.

- Espérame unos minutos, subiré a ponerme algo más decente – y partió con paso firme rumbo a la mansión.

Cuando las puertas de la entrada se cerraron, volví de nuevo la atención a mi libro, releyendo las tres últimas páginas sin enterarme absolutamente de nada. No podía dejar de pensar en los diferentes que eran Malfoy y su madre. Mientras que ella hacía lo imposible para hacer mi estadía mucho más cómoda, él no se había dignado a dirigirme la palabra en estos cuatro días, sin contar las ocasiones en las que debíamos interactuar en la mesa o delante de Narcisa.

Sin embargo, no le era indiferente.

A pesar de que los primeros días me hizo parecer el fantasma de la casa, sin mencionarme o permanecer más de lo requerido en mi presencia, las cosas habían cambiado. La primera vez que me di cuenta fue tras mi salida de compras junto a Narcisa. Me había insistido en que le acompañara, y aunque me hubiese encantado negarme a ello, yo estaba allí para protegerla, así que me comuniqué con Ginny por el galeón del ED para que le echara un vistazo a la casa y también a Malfoy en mi ausencia.

Madame Savignon nos había recibido en su boutique, una pequeña tienda dónde te hacían los diseños a medida, muchos de ellos exclusivos, y pagabas una cantidad indecente por sus servicios. Pese a mis negaciones, Narcisa Malfoy acabó comprándome dos túnicas de gala, cinco de diario y varios conjuntos de estilo muggle de fiesta y sport. Gastó tres meses de mi sueldo en una sentada sin inmutarse. Admirable. A nuestro regreso, Malfoy estaba en el comedor leyendo El profeta. Aunque ambas le saludamos, él nos respondió con un gruñido hosco y continuó leyendo. Luego, cuando me marchaba a mi dormitorio con la excusa de probarme mis nuevas adquisiciones, noté un estremecimiento recorriendo mi columna vertebral. Me giré espontáneamente, y mis ojos se cruzaron con los de Malfoy, fijos en mí.

Esas miradas me habían seguido desde entonces de forma intermitente, en todos mis movimientos. Daba igual dónde me metiese, parecía que Malfoy siempre estaba allí cuando mi piel se volvía fría como el mármol y comenzaban a sudarme las manos. Me resultaba desconcertante e irritante a un mismo tiempo, pero él parecía totalmente satisfecho al comprobar lo que su escrutinio me provocaba. Mantenía, contra todo pronóstico, mutismo en mi presencia. Ni una sola vez dio muestras de querer hablar conmigo, simplemente intercambiábamos miradas, la mía reflejando incomodidad, la suya descarada y atrayente.

Había pasado tanto tiempo pensando en ello que me provocó pesadillas.

Bueno, no eran exactamente pesadillas, pero sí sueños un tanto subiditos de tono, dónde yo estaba desnudándome en mi dormitorio mientras unos ojos se reflejaban en el espejo de cuerpo entero que presidía la estancia. Nunca veía su rostro, ni sabía con certeza que era Malfoy. Sin embargo, los ojos siempre aparecían claramente nítidos: Eran grises como la plata. Lo peor era la sensación. Yo no estaba asustada, sino feliz de esa atención que me profesaba mi visitante. Era sumamente excitante. Cuando despertaba, lo hacía bañada en sudor y con la respiración entrecortada, mi corazón latiendo desenfrenado. También tenía miedo; miedo de que aquellos sueños, todos ellos parecidos, se convirtieran en realidad; o peor aún, que yo deseara hacerlos realidad.

- Granger.

Y ahí estaba mi pesadilla repetitiva, justo delante de mí, vistiendo unos sencillos pantalones de lino blanco a juego con su camisa como si llevara un Armani de alta costura. Maldito bastardo. Ojalá no le quedara tan bien, pensé, así al menos podría conservar un poco de dignidad y evitar a toda costa comérmelo con los ojos.

- ¿El señorito ha recapacitado y piensa que soy digna de sus palabras? – no se había esperado el recibimiento. Pude recomponer mi máscara de seriedad antes que de mi imaginación pasara a mayores.

- El señor –anunció, poniendo énfasis en el “señor” – sigue opinando que usted no da el corte para dirigirle la palabra. Sin embargo, por hoy haré una excepción.

- ¡Qué halago!

- Pues no te acostumbres – me sugirió, tomando asiento en la silla situada a mi izquierda.

- ¿Qué quieres, Malfoy?- Él ladeó la cabeza, removiéndose inquieto. Aquello no era típico de Mister Me Como el Mundo y Más - ¿Y bien?

- ¿Cómo te va con Narcisa?

La pregunta me hizo parpadear.

- ¿Narcisa?

- No me hagas repetirte cada una de mis palabras, Granger, no tengo paciencia con mis elfos, mucho menos contigo.

Ah, de nuevo volvía a ser el chico seguro que recordaba. Irritante como muchos, capullo integral como pocos. Único en su especie, y Merlín deseara que pronto extinguida.

- Tu madre es fantástica – le comenté, cerrando el libro para posar mi mirada en los rosales recién cortados, junto a las azaleas – ¿Cabe la posibilidad de que seas adoptado, Malfoy? Porque no veo similitud entre su carácter y el tuyo.

- ¿Tienes que siempre que ser tan cortante?

- ¿Y tú tan idiota? – frunció los labios, ensanchando las aletas de la nariz cuando inspiró airé. Luego, sonrió.

- Veo que tu cinismo se ha desarrollado.

- Aprendo rápido, Malfoy, sobretodo cuando vivo en casa del maestro.

Hizo un ruido seco, gutural, parecido al de un animal conteniendo todo su arsenal. Fijó sus ojos grises en los míos, calculadores, fríos y tremendamente hermosos. Porque lo eran, pese a su maldad contenida.

- No sabes nada de mí, Granger, y créeme cuando te digo que tampoco quieres saberlo.

Hubiera dicho que sí, pero ¿habría leído la mentira en mi cara? De repente me vino un flash del beso en la discoteca, ese beso que no me gustó, que sacudió mi mundo, no en ese momento, pero sí más tarde. ¿Un punto de inflexión? No, no, no. ¡Es malfoy, sólo Malfoy!

Intenté cambiar de tema.

- Lucius sigue sin aparecer. Las cosas se están tornando feas – la tensión desapareció de un bofetón. Malfoy se mostraba circunspecto.

- El sábado alguien morirá.

No lo quería decir en alto, pero todas las papeletas apuntaban hacia él.

- Tal vez no lo haga. A lo mejor cambia de idea y…

- ¿Decide atacar el Ministerio? – terminó por mí Malfoy, con un deje de impaciencia en su voz – No le des ideas, Granger. Intenta que tu mente siga entre libros. Lo tuyo no es la estrategia.

- ¿Querías hablarme de algo?

- Ah, cierto – concedió, y de nuevo me miró, solemne. Se mantuvo unos segundos en silencio, estudiándome – Madre quiere que te invite a cenar.

Si no fuera posible, creería que me iba a dar un paro cardíaco allí mismo. Mi temperatura corporal ascendió varios grados de repente, y sentí mis mejillas enrojecer, como una estúpida adolescente. Sin poder evitarlo me levanté del asiento, intentando poner distancia entre los dos.

- Deduzco entonces que te negaste – aventuré, de repente interesada en una rosa amarilla que aún no florecía pero que me ofrecía la oportunidad para estar de espaldas a él – ¿Y se puede saber porqué?

- Granger, creo que es evidente que tú y yo no somos compatibles. Tú eres fea, yo guapo, tú apestas a polvo de librero, yo a Jean Paul Gaultier. Es querer mezclar el poliéster con el terciopelo: Por mucho que lo intentes, el resultado es deplorable.

- ¡No me refería a eso! – bramé, girándome para enfrentarlo – Sino al hecho de que tu madre quiera que salgamos a cenar.

- Es culpa tuya – me informó, peinándose una ceja con parsimonia. Luego me clavó una mirada acerada – No hace falta saber legeremancia para leerte.

- ¿Disculpa?

- No, si yo te perdono – respondió, todo sarcasmo y lengua viperina – El caso aquí es que Narcisa no está muy por la labor de pasarlo por alto.

- ¡Por Griffyndor, Malfoy, habla de una vez en claro! Eres peor que un jeroglífico egipcio.

- Madre cree que estás triste. Piensa que salir a cenar te hará bien.

La confesión me golpeó fuerte, tanto que tuve que sujetarme a un árbol cercano para no darme de bruces y comer hierba recién cortada. Así que la señora Malfoy se había dado cuenta de mis pensamientos, de lo terriblemente incómoda que me sentía allí enclaustrada en la mansión, y había deducido que salir con su hijo iba a llenarme de aires nuevo, ver mi estadía de una forma totalmente diferente. La rabia dio paso a un cariño extremo por la mujer, haciéndome casi daño. Estaba realmente preocupada por mí, tanto que había buscado en su hijo, ese inepto que apenas me dirigía la palabra, la forma de aliviar mi sufrimiento.

- Yo… yo… - intenté decir algo, lo que fuese, pero estaba tan shockeada que por primera vez en mucho tiempo no tenía nada que objetar.

Quería salir a cenar con Malfoy tanto como raparme la cabeza, pero no podía tampoco cargar con el peso de tener a Narcisa preocupada por mí constantemente. Estaba en un dilema ético, ¿debía ser egoísta y mandar a la mierda a Malfoy, o por el contrario tragarme mi orgullo y salir con él? Lo último haría feliz a la señora Malfoy, tanto que quizá con un poco de entusiasmo fingido olvidara el tema. Si por el contrario me negaba, ella seguiría insistiendo hasta llegar al núcleo del conflicto, y eso le haría daño, mucho daño. Ni yo ni su hijo nos los perdonaríamos. Además, firmaría mi sentencia de muerte: Draco Malfoy me mataría antes que consentir que la verdad saliese a flote.

Yo había agachado la cabeza, pero vi por el rabillo del ojo cómo Malfoy se incorporaba de su asiento, las manos en los bolsillos con actitud arrogante, y se posicionó a mi lado, sin siquiera mirarme, sus ojos fijos en la lejanía. Su voz me sonó dura, distante y un tanto abrupta cuando habló:

- El Viernes, a las ocho y media, viste ropa muggle y, a ser posible, decente, Granger. No quiero que me dejes en evidencia.

- ¿Y a qué viene tanta seguridad? Aún no dije que sí.

- Pero lo harás – repuso, chasqueando la lengua – Eres una Griffyndor, amáis eso de ayudar a los demás, así que no perderás la oportunidad de satisfacer los deseos de Narcisa. Nos vemos el viernes, Granger.

Y dicho esto se marchó hacia la casa a grandes zancadas, sus zapatos pisando fuerte la hierba primorosamente cuidada. Yo alcé el rostro, observando su espalda ancha, enfundada en su camisa blanca.

- ¡Malfoy! – lo llamé. Y él me miró por encima del hombro, el ceño fruncido, los ojos llameantes - ¿Por qué lo haces?

Ladeó la cabeza, y los mechones rubios ocultaron parcialmente sus ojos, de un gris plata, bonito y letal a la vez. El bien y el mal en una sola mirada.

- Alguien dijo una vez que Draco Malfoy no tenía corazón – susurró, y tuve que esforzarme por escucharlo -. En parte, tiene razón. Yo dejé de existir en el momento que mi madre se entregó a la vulnerabilidad. Mi corazón le pertenece, Granger, y si salir a cenar contigo le hace feliz, lo haré, aunque tenga luego que vomitar la comida al llegar a casa y bañarme el desinfectante mágico. – ahora se giró completamente, mortalmente serio – No pienses en ningún momento que me preocupas, ni tú, ni tu absurda tristeza. En lo que a mí respecta, puedes hundirte en la miseria si te apetece.

- ¿Y porqué me espías a escondidas? – le interrogué, antes de que me diera cuenta de lo que decía – Creo que no eres tan frío como aparentas, Draco Malfoy, lo tuyo es pura fachada.

Él sonrió, y percibí, por primera vez, un atisbo de tristeza en su sonrisa.

- No intentes salvarme, Granger, porque ni puedes ni quiero que lo hagas. Quizá ese truco de mosquita muerta te sirva con tus tontos amiguitos, Comadreja y Potter, pero a mí no me va.- dio unos pasos hacia atrás, sin apartar sus ojos de los mío - Mi nombre es Draco Lucius Malfoy, un mago sangre pura y ex mortífago para más señas. En la historia, soy el chico malo.

Y antes de que pudiera responderle salió corriendo, sin saber exactamente de quién huía: Si de mí o de él mismo.

El viernes lo sabría.

********

¿Qué os pareció? En el siguiente capítulo sabremos qué ocurre entre estos dos.

Se acepta de todo menos virus, así que ya sabéis ^^.

Besitos.

¡Nos leemos!

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El Contrato Capítulo 10


El Juego: Capítulo diez

El domingo desperté con un mal presentimiento. Amanecía en Londres. Desde la ventana abierta situada a pocos metros, podía escuchar las bocinas y murmullos de los madrugadores yendo a trabajar y los trasnochadores volviendo a sus casas.

A través de las cortinas, moldeadas como gelatina por una suave brisa, pude distinguir la bruma densa y gris que auguraba un sol resplandeciente pasadas unas horas. Londres siempre amanecía así, con ese sucio gris para luego recorrer los diferentes colores del sol –escarlata, rojo fuego, naranja, amarillo- y filtrar rayos ultravioletas como cuchilladas por los ventanales. Sin embargo, hoy era diferente. Parecía que el sol tardaría más de lo acostumbrado en salir, y la brisa fría, casi helada que soplaba, era como una letanía augurando un futuro incierto aquel domingo de verano.

Me arrebujé un poco más entre las sábanas de verano, intentando conciliar el sueño, pero me había desvelado. Tras un par de intentos fallidos, opté finalmente por levantarme de la cama. Me desperecé como una gata y a tientas me trasladé hasta la cocina, dónde comencé a preparar café. Puse agua, los granos recién molidos y conecté la tostadora. Pansy siempre se quejaba de mis costumbres muggles, ella aseguraba de que algún día iba a conseguir atrofiar mis artes con la varita. Casi podía escucharla en mi oído farfullando: “Por favor, Granger, ¡eres una bruja cualificada! Actúa como tal”.

Pero era imposible. Es decir, me había criado como una muggle durante muchos años, y aquel ritual por la mañana me traía recuerdos de mi pasado, cuando mis padres aún vivían en Inglaterra. Además, me gusta vivir entre dos mundos. A mi parecer, es como si me dieran la extraña opción de escoger lo mejor de cada uno, y apartar lo oscuro y terrorífico a un lado. Siempre quedarme con lo mejor, desechar lo peor.

Las tostadas saltaron con un particular “plop” y la cafetera comenzó a humear, dejando un agradable olorcillo a café recién hecho. Unté mantequilla y mermelada amarga en el pan – quemaba como el demonio- y soplando sobre mi taza de griffyndor añadí dos azucarillos al líquido negro. Cuando estuve instalada en el sofá, encogí mis piernas y comencé a sorber el espeso café.

Fue entonces cuando ocurrió.

Una sombra plateada emergió de la chimenea directamente hacia mí, tomando forma nada más posarse en la moqueta. Reconocí el patronus de Harry –un ciervo plateado, en honor a su padre- prácticamente al instante. De un salto me puse en pie, tumbando a mi paso el café y las tostadas sobre el sofá.

- ¡Pero qué…!

- Reunión urgente de la Orden del Fénix. - La voz profunda y cavernosa de Harry me hizo temblar - Lucius Malfoy ha escapado de Azkaban.

Lucius ha escapado de Azkaban, aquella cuatro palabras hicieron regresar a mí un temor que no experimentaba desde hacía años. No pude respirar, mi corazón no latía, aquello no podía ser cierto. Lucius Malfoy ha escapado de Azkaban, lo que significaba que los mortífagos se estaban reuniendo de nuevo. Mis piernas flaquearon y, sin poder hacer nada por evitarlo caí de rodillas al piso.

Era el principio del fin.

*****

Pvo Draco

La cabeza me daba vueltas. Sí, puede que Blaise tuviese razón cuando alegó que después de una noche de chicos y whisky de fuego, ir a mi casa por la red flú sólo me haría vomitar en alguna de las chimeneas conectadas a la red, pero no tuve alternativa. Si mi madre despertara y no me viera en la cama despatarrado –aunque fuese con ropa puesta- mi sentencia de muerte sería declarada en dos minutos.

No penséis mal, mi madre no es un troll ni nada por el estilo, es simplemente una dama de la alta sociedad preocupada por el “qué dirán”. Narcisa Malfoy no es tonta, ni mucho menos, así que sabe de mis flirteos con Astoria a horas indecorosas, mis copas de más en casa de Nott, e incluso de las juergas con Blaise en discotecas varias –uhm, espero que Fangoria sea una excepción-. Pero no dormir en casa es diferente, ya que “implica a terceras personas, a la familia y tu bien lucrativo matrimonio. Las malas lenguas podrían argüí que estuviste con mujeres de mala vida”, como siempre me recordaba.

A mamá le encanta sentirse dueña y señora de su casa y mi vida, así como vivir anclada en los prejuicios sociales de nuestra amada Inglaterra Victoriana. Para ser honestos, me encanta la era Victoriana, sobretodo porque en aquel entonces la vida sexual era más discreta y, por ello, más interesante. Mi persona hubiese encajada perfectamente. Claro que ese detalle prefiero omitirlo en mis amenas conversaciones con Narcisa Malfoy.

El sol iba aclarando y la habitación permanecía tenuemente iluminada, a pesar de que los tupidos cortinajes estaban medio echados. Con un movimiento suave de varita bajé las persianas, conteniendo las ganas de echar los dos litros de alcohol que aún me recorrían las venas –ya le dije a Nott que ese Ron de Malta que nos bebimos tras acabar con el whisky era veneno puro- y me tumbé en la cama sin aspavientos.

Me desabroché el cinturón y los primeros botones de la camisa, pero mi mente aletargada todavía flotaba en una burbuja de embriaguez y secretos, así que dejaría la cruel acción de desnudarme para más tarde. De un golpe me quité los zapatos y me revolví entre mis delicadas sábanas hasta encontrar la posición perfecta, intentando conciliar el sueño.

Hogar dulce hogar.

No habían pasado ni quince minutos cuando un portazo retumbó en mis oídos como un gong oriental.

- ¡DRACO LUCIUS ABRAXAS MALFOY! ¡YA PUEDES DECIRME QUÉ HAS HECHO! – buff, ese era el grito de guerra de Narcisa Malfoy cuando se avecinaba la tormenta.

Abrí un ojo, luego, con esfuerzo, me incorporé a medias en la cama. Al ver el rostro crispado de mi madre –ataviada todavía en bata y el pelo recogido en un estirado moño en la nuca- pensé seriamente en convocar un hechizo protector. Por si las moscas.

- Madre – la saludé, frotándome la cara con desgana -. ¿Qué ocurre? Como verás he venido a casa a dormir.

- ¿Dónde has estado? – me preguntó, con el ceño fruncido y los brazos en jarras – Y no me digas que con Astoria, ¡llegó Sugar hace una hora con una nota de ella, exasperada porque no podía dar contigo!

Ah, Sugar era una lechuza parda que le regalé a mi prometida hace un par de años, cuando la encontré herida en el jardín. Sinceramente, en esos instantes pensé en lanzarle un Avada y restarle sufrimiento, pero una punzada de culpabilidad hizo que me responsabilizase de ella, así que la curé. Dos semanas más tarde estaba como nueva, y fue el regalo perfecto para Astoria cuando se me olvidó por completo comprarle un presente de cumpleaños. Así que Sugar se fue con ella – de mala gana, todo hay que decirlo- pero sin saber porqué la maldita ave nunca se ha considerado dueña de mi futura esposa, detestándola hasta los extremos, así que intenta contradecirla y fastidiarla en todo.

Seguramente, Astoria envió a Sugar a buscarme con una misiva y, como siempre, el ave volvió al cabo de un tiempo con la carta de vuelta. Estoy seguro de que Sugar me encontró, pero como le encanta ver el rostro colorado de Astoria cuando se enfada, lo más probable es que regresara con las manos vacías y sin noticias mías.

- Estuve en casa de Theodore Nott, madre, como cada Sábado.

- Sí, claro.

Se cruzó de brazos, adoptando una actitud regia, esa que me hacía verla cuando era pequeño como una princesa eslava. Sus mejillas estaban coloradas, y comprobé con agrado que no llevaba maquillaje. Mi madre, -y no es amor de hijo, lo juro- es una de esas pocas mujeres que gana belleza cuanto menos se maquilla, al igual que la Rata de Biblioteca Granger. Ey, ¿cómo se coló ese inicuo pensamiento en mi mente? ¡Granger era una bestia en todas las formas, con o sin maquillaje!

Oh, genial, el alcohol había aniquilado más neuronas de las debidas. Aquello me enfureció hasta los extremos.

- Madre, necesito descansar – le dije secamente – Así que si no tienes algo más que añadir será mejor que…

- Tienes visita, Draco – me cortó. Los sentidos se me agudizaron al instante, irguiéndome en la cama como pantera acechada.

- Si es Astoria, dile que la veré en el almuerzo.

Mi madre negó dulcemente, y la vi estremecerse y arrebujarse todavía más en su bata de seda color perla.

- Son magos, magos del Ministerio. Niny los ha hecho pasar a la biblioteca, mientras yo he subido a despertarte – tuvo que leer la confusión en mi rostro cuando añadió - ¿Qué has hecho ésta vez, Draco? –soltó un suspiro cansado, y vi cómo envejecía al menos diez años – Si tu padre estuviera aquí, ya te habría metido en cintura. Debería regresar ya de ese viaje, él…

- ¡Ya basta! – exploté. Supe que fue un error al instante cuando sus ojos fueron invadidos por la angustia y la ansiedad. Sé que mi madre no está dispuesta a volver a la realidad, pero de ahí, al hecho de interpretar el papel de que mi padre era un santo… me parecía demasiado lo que pedía, sobretodo después de ver con mis propios ojos todas las barbaridades de las que era capaz. - Quise decir que, bueno, ¿para qué molestarlo? Lucius estará ocupado con sus… negocios. Además, no he hecho nada malo, madre, no tengo que ocultarme, mucho menos del Ministerio – razoné, haciendo acopio de valor para no gritarle de una buena vez la verdad del asunto sobre Lucius Malfoy – Diles que bajaré enseguida, ¿vale?

- Pero antes date una buena ducha – me urgió mi madre, todavía con la voz temblándole – Tienes signos visibles de que has pasado la noche en vela.

La había herido, lo sabía y no fue mi intención, pero maldita la gracia que me hace vivir en su burbuja color de rosa. Sin embargo, era lo que me quedaba, al menos de momento. Estaba ya cerrando la puerta cuando mi voz actuó en nombre de mi conciencia.

- ¿Madre? – ella alzó el rostro, sus ojos azules brillando por contener las lágrimas.

- ¿Sí?

- Te quiero.

Y ahí estaba, dibujándose poco a poco, el mejor regalo que podía hacerle una madre a un hijo: Su sonrisa.

- Yo a ti, también, Draco.

Finalmente cerró la puerta. Escuché los amortiguados sollozos de Narcissa Malfoy a través de las paredes… y a mi conciencia –ahora tranquila y feliz- gritando de júbilo en mi interior.

En fin. Hasta el hombre más frío tiene una debilidad.

**

PVO Hermione

Después de la caída de Voldemort, los mortífagos fueron apresados más o menos en un goteo intermitente, así que la Orden del Fénix no había tenido que reunirse por serias cuestiones en años, cosa que nos vino de perlas para remolonear a la hora de buscar un nuevo enclave. La Orden del Fénix había tenido su cuartel general en Grimauld Place durante años, principalmente porque el grupo debía permanecer en la clandestinidad hasta que Voldemort fuera eliminado. Sin embargo, cuando Harry la remodeló e hizo de la casa su vivienda particular, supimos que tendríamos que buscar otro sitio, pero sobretodo espacio.

A raíz de la Gran Guerra –y también de la popularidad de la Orden del Fénix- mucho quisieron unirse al grupo, especialmente los jóvenes que antes habían pertenecido al ED, así que nuestro número se había triplicado en los últimos tiempos. Pese a todo, seguíamos sin tener un lugar fijo de reunión, por lo que cuando debíamos discutir algún asunto debíamos organizarnos en quedadas pequeñas repartidas aquí y allá; siempre se daba el mismo discurso para que todos tuviéramos las mismas opciones, así que estábamos informados medianamente bien. La forma de comunicarnos era vía lechuza, aunque los antiguos componentes del ED utilizábamos los galeones de antaño también, más que nada por nostalgia. Ese modo de reunión –quedadas ocasionales en pequeños grupos esparcidos alrededor de la geografía inglesa- no había funcionado perfectamente durante los últimos siete años.

Hasta ahora.

Todo cambia en ésta vida.

- Vaya, es la primera vez que estoy en el despacho del ministro de magia, ¿y tú? Me siento como una princesa.

Bueno, casi todo.

Ahí estaba Luna, metro sesenta de locura y sensatez comprimidas a partes iguales. Fifty-Fifty. Inimitable. Hasta en los momentos más delicados tiene palabras que te dejan la boca abierta.

- También es mi primera vez.

Observé detenidamente los paneles de madera que forraban las paredes, la enorme chimenea de piedra traídas de Rusia –ese dato me lo proporcionó un día Pansy y, sinceramente, prefería omitir sus fuentes- o la enorme alfombra persa que nos daba la bienvenida, en tonos rojos y negros. Sí, había que admitir que Kingsley Shackelbolt tenía un gusto exquisito y refinado. Luna soltó una carcajada cuando un unicornio saltó encabritado en uno de los cuadros.

- ¡Es precioso!

- No entiendo cómo diablos puedes estar riéndote como unos cascabeles – la reprendí, apuntándole con la varita al pecho – Es una situación de emergencia, ¡Lucius ha escapado!

- Lo sé – convino Luna con gesto sombrío – Es que tiendo a pensar en cosas divertidas cuando algo peligroso me ofusca la cabeza. Digamos que es mi particular escudo de protección. Mi padre contaba ovejitas, pero a mí nunca me dio resultado.

- ¿Y no pensasteis visitar un medimago especializado? – le apremié con tono bromista, pero Luna, para mi asombro, no lo captó.

- Oh, ¡sí que fuimos! – exclamó, con sus ojos azules muy abiertos, dibujando esa expresión de espanto que le valió el apodo de Lunática – Pero dejamos de ir cuando argumentó que éramos un caso perdido y traumático que añadir a su expediente.

- ¡Hermione! – al escuchar mi nombre me giré en redondo, casi me desmayo cuando lo vi allí con cara de dormido, el cabello revuelto y más pálido que nunca.

- ¿Blaise? – iba a preguntarle quién le había traído (en teoría, esa reunión era para la Orden del Fénix), o cómo fue que entró sin ser visto, pero Zabinni me envolvió en un abrazo fuerte que casi me deja sin respiración. Lo sentí temblar a través de la túnica oscura que llevaba. Olía a sándalo, con un leve toque de alcohol - ¿Qué haces aquí?

- Agentes del Ministerio vinieron a buscarme temprano en la mañana – me comunicó en un susurro, se apartó de mí y pude leer el terror en sus ojos - Lucius se ha escapado. También han traído a Nott, Pansy, Draco y Diandra.

Por encima del hombro busqué al grupo Slytherin. No tardé mucho en dar con ellos, pues estaban apartados del resto de magos, que se mantenían a una distancia prudencial sin reprimir sus miradas de odios, asegurando así que no habían olvidado las viejas rencillas (vi de refilón a Mundungus Fletcher, Andrómeda Tonks, El señor y la señora Weasley, George e incluso a Neville).

Pansy permanecía apoyada en el hombro de Nott, que la sujetaba por la cintura a la vez que le acariciaba el pelo con dulzura. Tenía mal aspecto, como si acabara de salir de una pesadilla para meterse en otra aún peor. Supongo que estaba reviviendo el asesinato de sus padres.

Malfoy, sin embargo, aparentaba tranquilidad. Mantenía sus brazos cruzados sobre el pecho y tenía el cabello húmedo. Admiré su sangre fría, lo juro, parecía que nada podía perturbarle: El gesto típicamente arrogante de sus ojos, la boca torcida con desprecio, su actitud elegante, apoyado en la pared, pretendiendo aparentar que aquella reunión no iba con él… Lo único que delataba la tensión interior era un tic en la sien latiendo con rapidez. Se me hizo un nudo en el estómago cuando recordé que apenas veinticuatro horas antes ése niñato engreído había estado en mi casa intentando que no llorase. Mejor no pensar demasiado en el episodio.

A su lado había una pareja que jamás había visto. Ambos eran altos, de aspecto severo. La mujer tenía el cabello castaño recogido en un moño; el mago era un armario empotrado, literalmente. Tenía el cabello moreno y los ojos oscuros, al igual que la bruja, y su cabello estaba rapado casi al cero, como un soldado duro. Vestían túnicas azul oscuro y observaban el despacho con gesto adusto, intercambiando de vez en cuando algún que otro comentario en cuchicheos. Supuse de inmediato que la mujer era Diandra, y él su esposo.

- Es la hermana de Theo – aclaró Zabinni – El otro es su marido, Rufus Kóstov. No les ha hecho mucha gracia recibir una visita del Ministerio.

- A nosotros tampoco, Zabinni – intervino Luna, palmeándome el hombro – Ey, te dejo en buenas manos, voy a hablar con Nott. Tiene cara de tener a un Strumbles volando alrededor, y esos seres causan sordera.

Iba a preguntarle a qué venía tanta confianza con semejante oso Slytherin –lo del Strumbles era una causa perdida, así que prefería desechar una respuesta lógica-, pero desapareció con paso rápido antes de que pusiera objeción alguna. Me centré entonces en Zabinni, pero me lo encontré esbozando una sonrisa, una que se dibujó al tiempo que Luna saludaba a Theodore Nott, el cual parecía reconocerla como una cara amiga en terreno hostil. La tal Diandra se apartó de Luna como si tuviese la lepra. Buah, otra sangre pura sin escrúpulos.

Anoté mentalmente preguntarle a mi amiga más tarde por aquella extraña relación, e intenté centrarme de nuevo en el tema que teníamos entre manos, pero hoy las Parcas se confabulaban contra mí, porque nada más abrir la boca Kingsley Shacklebolt tomó posiciones en la mesa de caoba que presidía la estancia y todos los rostros se volvieron hacia su figura, mudados en extrañas muecas de sorpresa y terror.

- Me alegra de que hayáis podido venir – comenzó a decir, deslizando su mirada por el atestado despacho –. No creo que, dada la situación, sea conveniente andarnos por las ramas, así que iré directo al grano: Lucius Malfoy ha escapado de Azkaban y el Ministerio, así como el resto de la Comunidad Mágica, necesita vuestra colaboración. Para ello, debéis estar atentos y seguid las instrucciones del Jefe de aurores.

Genial. Ahora sabía lo que sentía Batman cada vez que el símbolo del Murciélago se reflejaba en el cielo oscuro de Gotthan. Me alcé de puntillas para intentar ver entre las cabezas -¿más de una decena de personas encerradas en una oficina del Ministerio? ¿quién tuvo la brillante idea?-, pero era imposible vislumbrar algo más que formas inexactas presidiendo la mesa. Junto al Ministro de Magia, una figura pequeña y otra larguirucha miraban a los oyentes, lanzando gestos de reproche hacia el ala izquierda, donde estaban situados la mayoría de los Slytherin. Tardé dos segundos en reconocerlos: Eran Harry y Ron.

La voz de Harry sonó clara y decidida nada más salieron sus palabras:

- Sé que estáis consternados, pero hay que actuar antes de que El Profeta se haga eco de la terrible noticia y empiecen a rodar cabezas –a un toque de varita las luces se atenuaron hasta quedarnos en penumbra, y la foto de Lucius tomó forma frente a nuestras narices. Espié por el rabillo del ojo la reacción de Malfoy, pero no parecía impresionado. Genio y figura hasta la sepultura. Se notaba a leguas que se trataba de un retrato reciente más que nada por las profundas ojeras, los pómulos prominentes y el cabello largo y enredado, signos inequívocos de su estadía en la cárcel – Lucius Malfoy escapó de Azkaban hace exactamente cinco horas. Hemos hablado con los testigos oculares y lo único que sacamos en claro es que no lo hizo solo: Alguien del exterior le ayudó.

Todas las miradas –incluidas las de Nott, Diandra, Pansy y Blaise – se posaron el Draco Malfoy en espera de alguna respuesta. Descruzó los brazos y devolvió una mirada grisácea llena de odio y rencor a los congregados.

- Yo no fui. Estuve en casa de Theodore Nott toda la noche. Podéis usar legeremancia y comprobaréis que no miento.

- Vamos, Malfoy – se mofó George Weasley desde la otra punta – como si no supiéramos que Snape y tu padre te adiestraron en oclumancia.

- Draco tiene razón – lo secundó Zabinni a mi lado – Yo también estaba allí.

El despacho se llenó de murmullos, hasta que una voz que reconocí como la de Bill Weasley tomó el mando.

- Bien. Tenéis la coartada perfecta, pero eso no implica que no estéis metidos en el asunto: Malfoy, Zabinni, Nott e incluso el matrimonio Kóstov. Todos erais mortífagos, ¿crees que nos olvidamos fácilmente del pasado? ¡Mi hermano murió por vuestra culpa!

Voces aprobando el comentario se alzaron de repente, con algún que otro “asesinos” e “infames” gritado a pleno pulmón. Draco, pese a las dudas suscitadas no parecía estar dispuesto a echar más leña al fuego –algo nuevo, todo hay que decirlo- y permaneció estoicamente en su sitio, fijo como una estaca clavada en el pecho de un vampiro. Ron llamó al orden.

- Me desagrada tener que admitirlo, pero ésta vez, Malfoy – escupió el apellido con tanto veneno que temí que mudara en un Basilisco- no tiene nada que ver. Ya hemos comprobado las coartadas de los… sospechosos, y están limpios. Sino no estarían aquí, por supuesto – se aclaró la garganta y continuó - Además, nos ha llegado una nota, escrita por el propio Lucius –hurgó en su bolsillo hasta sacar un pergamino enrollado con descuido. Lo aplanó un poco con las manos y lo mostró – Es una lista con varios nombres… los nombres de sus futuras víctimas.

- ¡Qué desfachatez! – exclamó la señora Weasley, una mano en el pecho y la otra apretada alrededor de su varita.

- ¡Hay que detenerlo! – gritó Neville Longbottom desde el fondo del despacho - ¡Debemos evitar que vuelvan los tiempos oscuros, aunque para ello tengamos que matarlo! ¡Esto es la guerra!

Hubo aislados aplausos, y noté que Blaise pasaba de una palidez extrema al verde en un santiamén.

- Bueno, pero hay una lista, ¿no? – inquirió un chico moreno que reconocí como compañero de Harry y Ron en el departamento de aurores. Si nombre era Brian Waldorf – Eso significa que no tiene intención de llevar a cabo un levantamiento, sino un acto de venganza.

- Creemos que es así, sí – confirmó Harry, alzando la voz por encima de los murmullos – Pero no estamos del todo seguros, quizá sea mera distracción.

- ¿Cuál es el plan, entonces? – intervino Luna – Porque supongo que hay un plan.

- Lo hay, sin duda – anunció Kingsley con voz monocorde – La Orden del Fénix trabajará codo con codo con el departamento de Aurores del Ministerio. Los primeros se encargarán de los magos que estén en la lista, a los segundos se les dará instrucciones en cuanto lleguen a las oficinas del departamento, Wilkinson tiene los detalles.

Riley Wilkinson era un treinteañero americano trasladado desde la sede del FBI Mágico en Washington hacía ya un par de años, cuando se casó con una muchacha inglesa. Lo conocía del Ministerio y también de un par de fiestas en casa de Harry. Era el segundo al mando del Departamento de Aurores por detrás de Harry y Ron. Ancho, fuerte y con una poblada barba rubia, saludó a los oyentes de forma autómata alzando su mentón prominente.

La gente empezaba dispersarse hacia la puerta cuando una pregunta los paró en seco.

- ¿Cuáles son sus objetivos? – era Mundungus Fletcher, ese ladrón cobarde de poca monta que era de sobra conocido en el mundo mágico por vender hasta su propia madre.

- Eso solamente le incumbe al Ministerio y los afectados, Dung, nada más.

- ¡Es injusto! – tronó una voz femenina, y cuando los rostros se giraron, pude ver a Cho Chang roja como un tomate, aunque no sé si por la furia contenida o la vergüenza de ser el centro de atención - ¡Tenemos derecho a estar prevenidos por si nuestro nombre…!

- Tranquila, Chang – cortó Ginny, lanzándole llamaradas con los ojos - ¿Quién va a querer acabar con tu vida, una diseñadora a la que le has estropeado su conjunto más chic?

Todos prorrumpimos en risas ahogadas. Cho Chang era una afamada modelo internacional que se pasaba el día viajando y visitando las mejores pasarelas, así como una larga lista de amantes famosos, incluido Harry, lo que desencadenó su ruptura con Ginny y una paliza de Ron a la vieja usanza (sin varitas ni artificios), como machos de pelo en pecho. Ahí es nada. El rostro de Chang adquirió un púrpura que no auguraba nada bueno.

- Uh, pelea de gatas – me susurró Zabinni al oído – Esto me gusta.

- Sólo digo que si no están seguros, es mejor hacer pública esa lista – se echó el largo cabello azabache hacia atrás con gesto arrogante, luego hizo una mueca con la nariz – Además, ¿qué hacen ellos aquí? ¡Son traidores, no deberían formar parte de ésta reunión!

Por ellos se refería al grupo Slytherin, nadie tenía dudas. Pansy dio un paso adelante con los puños apretados y lágrimas en los ojos, pero Malfoy la sujetó a tiempo por la manga de la túnica. Sin embargo, no pudo evitar que soltara algunas lindezas referidas a Chang por la boca.

- ¡Nosotros actuamos en la clandestinidad a fin de crear una paz duradera donde vivir! - descargó Pansy contra Cho entre sollozos -¡Mi familia murió antes de poder paladear siquiera una pizca de esa tranquilidad, mientras tú contoneas el trasero y media tonelada de botox caducado en tu cara por medio mundo! No tienes derecho a decir lo que es justo o injusto, Chang… porque si fuera así, mis padres aún estarían vivos.

- Pansy… – la llamó Malfoy, pero ella no le hizo caso.

Se volvió hacia Kingsley, Ron y Harry, sus ojos brillantes y enrojecidos.

- Si nos habéis traído aquí para humillarnos o detenernos, mejor que lo hagáis ya, porque no respondo de lo que pueda hacerle a esa anoréxica antes de que cuente tres.

Empecé a abrirme paso entre el tumulto con la esperanza de llegar a tiempo antes de la catástrofe, sin embargo, lo que escuché a continuación me dejó estática en el piso.

- Su inocencia, señorita Parkinson, - interrumpió Kingley, con voz apresurada - así como la de la familia Nott, Zabinni, y Malfoy, está fuera de toda duda –suspiró unos segundos, retomando el hilo después –. El señor Weasley lo dijo antes y yo lo ratifico ahora. Mis más sinceras disculpas. Yo… nosotros – rectificó, mirando significativamente a Harry y Ron – lo único que pretendemos es protegerles.

- No necesitamos la protección de nadie – replicó Malfoy – Nos hemos valido por nosotros mismos desde la caída del Señor Tenebroso, y nos ha ido bien. ¿Por qué precisamente ahora os interesáis por nuestro bienestar? ¿Qué es esto, una obra de caridad? Si es así, mejor que se esmere con la familia Weasley.

- ¡Será…! – se quejó Ron, empuñando la varita para dirigirle un hechizo a Malfoy, pero Harry se la quitó de las manos y negó con la cabeza.

Kingsley parecía tenso, pero no dijo nada. Harry les hizo señas a los asistentes con las manos para que se dirigieran a la salida.

- Por favor, retírense todos salvo la antigua Orden del Fénix. No, Neville, tú no te vayas. Tampoco tú, Luna – poco a poco la multitud fue obedeciendo, envuelta en murmullos indignados. La sala fue haciéndose más espaciosa conforme iban desapareciendo, hasta que en su interior quedamos aproximadamente unas quince o veinte personas, entre ellas Malfoy y el resto de Slyhterin.

- ¿Y ahora? – preguntó la señora Weasley, pasando la mirada de Kingsley a Harry varias veces.

- Ahora vais a tener que escuchar – anunció el Ministro de magia. Con un ágil movimiento, le quitó a Ron el pergamino de las manos y empezó a leer en voz alta:

Mi muy estimado Ministro:

A estas alturas os habrán comunicado que yo, Lucius Malfoy, he conseguido escapar de Azkaban. Me enorgullece admitir que he tardado siete años -¡nada más! el récord lo ostentaba Sirius Black con trece- en urdir un plan y dar con alguien adecuado para mi huida - ya de por sí complicada-, pero supongo que es un tema espinoso para usted y, en fin, preferiría obviar el tema. De todos modos, no esperaba sus felicitaciones.

Sabe, siete años en Azkaban da para mucho, Shacklebolt, sobretodo cuando eres un ser sin escrúpulos como yo. Pensará que imaginaba mi vida si el Señor Tenebroso se hubiese alzado con la victoria, o si no tuviera tantos pecados a mis espaldas, ¿tal vez soñaba con que me arrepintiera de todo? Pues ha errado. Le informaré, sin embargo, de mis objetivos ahora que soy libre: Venganza, venganza y venganza. Como puede deducir, soy un hombre de ideas fijas y muy simples pese a todo lo que se rumorea sobre mí.

Oh, ¡pero olvidaba lo más importante! Para que no se haga una idea equivocada sobre mis propósitos, le advertiré que ésta vez –y sin que sirva de precedente- no iré en contra de los sangre sucias, ni del mundo mágico en general; al menos, por el momento. Sólo tengo en mente varios nombres. Llegados a este punto se preguntará: “Si eso es cierto ¿por qué se expone redactando una nota haciéndome partícipe de sus futuros movimientos?”. Ah, estimado amigo, la respuesta es sencilla: Diversión.

He permanecido confinado en Azkaban siete largos años sin poder hacer absolutamente nada, salvo mirar a través de las rejas el mar embravecido chocando contra las escarpadas rocas alrededor. Mis huesos andan entumecidos, así que quiero un poco de entrenamiento antes de hacerles caer (no a mis huesos, sino a mis objetivos).

Le explico, entonces, en qué consiste el juego: Se llama escondite. Sí, no soy tonto, la mayoría lo conocéis, ¡lo practican incluso los estúpidos muggles! Pensé que era lo apropiado, ya que al parecer os entusiasman los muggles y sangresucias. Pero mis reglas son diferentes a las convencionales: En vez de contar hasta cien, os daré seis días, ciento cuarenta y cuatro horas justas para que me encontréis. El plazo terminará a las doce de la mañana del próximo Sábado. Para que veáis que tengo buenas intenciones, dejaré que el Ministerio de Magia ayude en la búsqueda, así como la Orden del Fénix.

Si no logran encontrarme – que es, y no es arrogancia, bastante probable- las personas de la lista que adjunto deben asistir al partido de quidditch, y mataré a una. Eliminado uno, quedarán el resto. Les volveré a dar otra semana, y si continúan sin dar con mi paradero, volveré a matar. El patrón se repetirá una y otra vez hasta que no quede nadie del listado en pie. ¿Sencillo? Creo que sí. ¿Sádico? No voy a negar lo evidente, pero la cárcel –y por ende, usted y toda la comunidad mágica- es la culpable.

Oh, pero qué estúpido soy, se me olvidaba lo más importante, ¡el listado! Bien, y los elegidos para el juego son:

- Draco Malfoy.
- Narcisa Malfoy.
- Theodore Nott.
- Blaise Zabinni.
- Diandra y Rufus Kóstov.
- Alexandra Parkinson.

Antes de comenzar el juego, hay que dejar bien claro un asunto: Quiero hacerles sufrir. Por ello, me agrada informar que si en un plazo de veinticuatro horas Draco y el señor Zabinni no rompen sus respectivas relaciones con Astoria Greengrass y la sangresucia de Granger, ambas entrarán automáticamente dentro del listado. Dejaré que el matrimonio Kóstov permanezca unido siempre y cuando no vivan juntos. Lo sé, soy un blando redomado. También permitiré que mi esposa, Narcisa Malfoy, no acuda a ninguna de las citas previamente señaladas, pues me será de todos modos sencillo acabar con su vida estando tan enferma. No intentéis darle sentido a mis palabras, son mis deseos y los acataréis o cargaréis con muertes ajenas en la espalda el resto de vuestra vida.

Si por algún casual los apuntados en la lista evitan ir al partido de Quidditch, organizaré una masacre. Si no se atienen a las normas establecidas, ordenaré una masacre. Si ésta lista –o pergamino- ve la luz en algún periódico, organizaré una masacre. Si tienen la osadía de huir mientras puedan, lo siento, organizaré una masacre. ¡Estoy tan sediento de sangre!


¡Que comience el juego!

********

PVO Draco

Desde mi más tierna infancia madre me instruyó en el arte de hacer listas de propósitos. Cada seis meses aproximadamente, Narcisa Malfoy tomaba asiento a mi lado para ayudarme a enumerar, una por una, una serie de metas que tenía que llevar a cabo en los próximos tiempos. Generalmente la realización de las famosas listas coincidía con las vacaciones de verano y Navidad, justo antes de mi regreso a Hogwarts. No me entusiasmaba demasiado, es más, si madre se hubiera tomado la molestia de pedirme mi sincera opinión, le hubiera recomendado algo un poco más acorde con mi edad, como jugar al quidditch o visitar Zonko. Claro que a Narcisa Malfoy nadie le contradecía, ni siquiera su propio hijo.

Quizá fuera por rutina, o tal vez por recordar los viejos tiempos, el caso es que en la actualidad seguía conservando la manía de realizar listas dos veces al año. Madre continuaba sentándose conmigo en el despacho de Lucius, charlando, conversando y dándome su experta opinión sobre cada palabra que escribía en el listado.

Hace escasamente un mes que hice el último, y resaltaré que madre se sintió sumamente orgullosa al contemplarlo. Llegar a ser directivo de la corporación Greengrass, ser admitido en el Winzegamot o incluso asistir a los Europeos de quidditch formaban parte de aquel listado interminable.

Sin embargo, después de que Shacklebolt leyera por segunda vez el pergamino que Lucius Malfoy había enviado, estaba claro que tendría que añadir un “Salvar mi pellejo a toda costa junto al de Narcisa” como un propósito primordial, indiscutiblemente.

Pura diversión.

- No podéis negar que a macabro no le gana nadie. ¡Maldito cabrón!, ni el Señor Tenebroso era tan retorcido.

Las palabras procedían de la boca de Theo, pero comentó en voz alta lo que a la mayoría de mis amigos se les pasaba por la cabeza, así que tanto Blaise, como Diandra, e incluso Rufus Kóstov asintieron con gravedad.

- Vamos a morir – sentenció Pansy, cobijada entre los enormes brazos de Nott, como si fueran el mejor refugio del mundo. A su lado se había posicionado Lunática Lovegood, que le daba suaves palmaditas en la espalda mientras le susurraba palabras de consuelo.

- Tenemos que huir, ahora, no hay tiempo que perder – Diandra sujetó la manga de su esposo, los ojos oscuros llenos de terror.

- No pienso irrme de éste mundo sin lucharr – exclamó Rufus Kóstov sacando pecho y dando un paso hacia delante – Nunca he sido un cobarrde.

- No es el mejor momento para sacar a relucir tu valentía, Rufus – masculló la mujer, frunciendo el ceño con enfado – Si Lucius busca venganza, nada le detendrá – me observó unos instantes, y pude leer lástima en ellos. – Incluso Draco y Narcissa forman parte de la lista.

- Os ayudaremos – todos giramos a una cuando Granger, Miss Pelo de Rata, habló. Mantenía su brazo alrededor de Zabinni, acongojada, pero su voz sonaba determinada – La Orden del Fénix os protegerá mientras el departamento de aurores se encarga de buscar a Lucius. – sus ojos se clavaron en Shacklebolt, provocadores y fieros – Porque vamos a ayudarlos, ¿verdad?

- Por supuesto – convino el hombre, suspirando con tristeza – Pero aún no tenemos un plan factible – vaya, al menos era sincero – De momento vamos a poneros guardias a cada uno. Lucius dice que no va a dar señales de vida en una semana, pero teniendo en cuenta los antecedentes…

- Está mintiendo – declaré, tomando voz y voto por primera vez seriamente desde que llegaron a mi casa los esbirros del Ministerio y a madre casi le da un ataque cardíaco – Si no tuviera preparada una trampa para nosotros, no dejaría sus intenciones al descubierto. Lucius nunca va de frente, le encanta eso de atacar por la retaguardia.

- Draco – intervino Blaise –. Dice bien claro que busca venganza, nada en contra del Ministerio…

- ¡Vamos, Zabinni! – le grité, contrayendo el rostro en una mueca indignada – Lo conoces desde que naciste, sabes que no estaría haciendo esto si no tuviera un fin poderoso, ¿una vendetta? Puede, pero, ¿qué hará luego si, en el peor de los casos, nos mata a todos? – silencio, sólo silencio – Exacto, irá a por el resto de la comunidad mágica, sediento de poder y gloria, como siempre.

- ¿Y qué propones? – preguntó Potter, sus ojos verdes centelleando tras los cristales de las gafas – Tú lo conoces mejor que nosotros, después de todo es tu padre.

- No lo llames así – apunté. Cuánto hubiese deseado tener la libertad de lanzarle un Cruciatus allí mismo, frente a las narices de todos aquellos hipócritas defensores de la paz – Y además, ¿qué te importa? –barrí de un vistazo la sala - ¿Qué os importa? Todos sabemos que estáis en esto únicamente para quedar bien ante El Profeta y la Comunidad Mágica, porque si Lucius Malfoy está libre, es culpa vuestra. Nos os importa que caigamos uno a uno como moscas, simplemente queréis…

- Será mejor que calles si sabes lo que te conviene – Weasley padre se había materializado frente a mí, una masa de carne, calvicie y largura en todo su esplendor. Señor Comadreja al rescate. Alcé el mentón, con orgullo y desafiándolo en silencio – Te has librado una vez de Azkaban, Malfoy, pero si tienes algo que ver con la fuga de tu padre nadie intercederá por ti esta vez.

- Yo no sé nada – repetí, apretando los puños con indignación.

Me estaba controlando, a decir verdad demasiado, y no era exactamente por respeto a ellos, sino porque ahora mismo necesitaba utilizarlos en mi favor, al menos para que protegieran a mi madre el tiempo suficiente como para deshacerme de Lucius.

Morir era toda una aventura que estaba dispuesto a experimentar siempre y cuando ella saliera ilesa. Había sufrido demasiado por mí una vez, no iba a permitir que hubiese una segunda.

- Lo que no entiendo es el final de la nota, ¿en qué le aventaja que su hijo y Zabinni rompan sus relaciones?

Era Neville Longbottom, el gordinflón Griffyndor que ahora ocupaba el puesto de profesor de Herbología en Hogwarts. Joder, la educación mágica caía en picado a pasos agigantados. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Un Elfo Doméstico impartiendo Pociones?

- Para desprestigiarnos – aclaré -. Por mucho que intentéis esconder la noticia, El Profeta dará con la verdad, y si esto coincide con la ruptura de mi compromiso y las calabazas de Blaise, la Comunidad Mágica creerá que lo hicimos para unirnos a Lucius en su objetivo de alzar de nuevo el poder oscuro. Ya sabéis… - dejé el resto en el aire, como si fuera de lo más lógico. Luego observé en derredor, pero nadie me estaba siguiendo – Intenta aislarnos del resto, que nos veáis como una amenaza.

- Tendría bastante sentido – ahí estaba Granger, con su voz de sabihonda suprema. Y pensar que ayer mismo estaba llorando a moco tendido en su casa mientras yo la consolaba… bueno, realmente no la consolaba, simplemente quería que se callara. Caput. - Pero aún no hemos resuelto la principal cuestión, ¿qué vamos a hacer? Creo que deberíamos poner dos magos en vez de uno para vigilar. A más seguridad, menos sangre.

- Magos custodiando noche y día a una sola persona es llamar demasiado la atención, Hermione, incluso un tonto sabe que no se vigila a alguien por gusto – replicó Mundungus Fletcher, un tipejo resbaladizo que se me antojaba fuera de lugar en esa reunión.

- No hay otro modo – exclamó Comadreja, balanceando la carta de un lado a otro – Lucius está seguro que no le encontraremos antes del sábado, tanto así que nos ha dado margen para hacer lo que nos plazca con ellos – el “ellos” éramos nosotros, no cabía duda cuando estrechó sus ojos azules, convirtiéndolo en dos pequeñas rendijas. Ah, sí, esa mirada iba dirigida exclusivamente para mí – Porque tú no sabrás, por casualidad, dónde se esconde tu padre, ¿me equivoco, Malfoy?

- Deja ya tus insinuaciones, Weasley y dilo de una vez: No te fías de mí.

- De acuerdo – convino – No me fío de ti, ni lo hice nunca, ni siquiera cuando escapaste de estar entre rejas una temporada. Aunque las investigaciones aseguran que no has tenido nada que ver, yo sigo pensando que lo sabías y no hiciste nada por evitarlo. Eso te convierte en cómplice de un asesino.

Iba a defenderme, lo juro, pero un torbellino de cabello negro pasó junto a mí, levantando una suave brisa con aroma a fresa. Lo siguiente que vi fue a Pansy frente por frente de Weasley, su mano alzándose con furia, y un sonoro ¡Plaf! que resonó en el despacho. No me caí al suelo porque guardé la compostura a tiempo.

- ¡Cómo puedes…! – le gritó, y vi que de nuevo estaba llorando - ¡Cómo puedes pensar eso después de todo lo que te conté ayer, de lo que sabes de mí, de mi vida y mis amigos! ¿Quién te crees que eres para juzgarnos como lo has hecho hasta ahora?

Los presentes contuvimos el aliento, algunos desconcertados y otros con la diversión dibujada en sus rostros, me incluyo entre ellos. Oh, ¡daría mi vida por repetir la escena y la cara de atontado de Weasley! El muy imbécil se había quedado sin habla –bueno, no le culpo. Lo increíble es que se mantuviera en pie después del zarpazo propinado por mi “gata” favorita-.

Comadreja tenía los ojos azules bien abiertos, asemejándose a un pez boqueando fuera del agua; la boca temblaba por el shock, y la mejilla izquierda roja y palpitante, con las marcas visibles de los cinco dedos de Pansy como un tatuaje.

La escena de mi vida.

- Si no lo veo, no lo creo – dijo Nott, pasándose una mano nerviosa por el cabello - ¿Desde cuando Pansy se toma tantas confianzas con ese?

- ¿Y a ti qué te importa? – le espetó la loca de Lovegood a su lado, frunciendo el ceño.

- ¿Y a ti qué te importa que me importe? – replicó Theo, cruzándose de brazos.

- No es el momento para una riña de enamorados – les increpó Diandra, su cabello castaño estaba sujeto en un rodete, pero se le habían escapado algunos mechones. Bufó de indignación cuando se fijó en Lovegood de nuevo – Por favor, Theo, creía que tenías mejor gusto.

Para qué negarlo: Yo también.

- No es mi novia.

Anda, una preocupación menos que añadir al saco.

- Más quisieras – resolló Lunática, desviando la mirada hacia el otro lado – Ni un Burbertúculo de los Andes me haría caer a tus pies.

- ¿Un qué? – preguntó Rufus, uniéndose a la discusión.

- No le hagas caso – le dijo Theo, espiando la reacción de Lunática de reojo – Se inventa animales por el simple gusto de llamar la atención.

- ¡Retira eso! – exclamó Lovegood, desenfundando su varita y puntando a la cabeza de Nott.

- ¡Oh, por favor! – se metió Blaise, poniendo los ojos en blanco – Iros a un Motel y practicar sexo como conejos. Cuando bajéis dos niveles vuestra tensión sexual, volvéis y empezaremos a trazar un plan.

- ¡Cállate! – gritaron Theo y Lunática a la vez, dándose rápidamente la espalda.

- Debemos centrarnos – llamó Shacklebolt, aún pasmado por el bofetón de Pansy y la discusión de Theo. Carraspeó sonoramente, y creí vislumbrar un atisbo de incomodidad en sus torpes movimientos – Bien, la cosa está así: Pondremos a un mago, uno solo –recalcó- perteneciente a la Orden para vigilar a cada objetivo, mientras el resto intentamos averiguar dónde diablos se metió Lucius. Siento tener que decir esto, pero es mejor que, tanto el señor Malfoy como Zabinni, hagan públicas sus rupturas. Sobra decir que no podrán mantener contacto, ni por carta y mucho menos físico, con la señorita Granger y la señorita Greengrass – Uff, Astoria iba a matarme. Literalmente. El ex auror recorrió los rostros de la sala uno a uno, solemne y más serio que nunca –. Como veo que muchos de vosotros os conocéis, no será difícil emparejaros. Zabinni será vigilado por Harry, Ron se ocupará de la señorita Parkinson.

- ¡Está de guasa! - le interrumpió Pansy, mutando su piel de un pálido enfermizo al púrpura en dos segundos - ¡No pienso convivir una semana con éste degenerado!

- ¿A quién llamas degenerado, banshee? – se burló Weasley. Bien, si yo estuviera en su pellejo, temería por mis órganos masculinos y la integridad de éstos.

- Mirad, sé que os resulta complicado aguantaros – les dijo Shacklebolt – Pero todos saben la animadversión que os profesáis, razón de más para que Lucius no imagine que es Weasley quién se ocupa de su bienestar. Si le atacan, Parkinson, se esperaría a la señorita Granger, o a Lovegood, o a Ginny, pues son sus amigas. Nadie en su sano juicio imaginará que se trata de Ron, eso nos da cierto margen de ventaja.

- Podría ponerme con otro – refunfuñó Pansy, cabezota como ella sola. Señaló a Neville - ¿Qué me dice de Logbottom?

El implicado palideció al instante, temblando como gelatina.

- Hannah me mata si aparezco con ella, y luego le mata a usted, Señor Ministro, por obligarme.

No lo puse en duda ni por un segundo. Con lo gorda que estaba Abbot y sus hormonas revolucionadas, capaz de mutar en loba en menos que tardas en decir quidditch. Shacklebolt tuvo que imaginárselo también, porque negó con la cabeza.

- Ron cuidará de de ti – y lo dijo tan tajantemente que no dio a más para discutir, por lo que Pansy simplemente bufó, lo que daba a entender entre líneas que se lo haría pasar lo peor que pudiera a la Comadreja. Bien por ella. – Los Kóstov estarán a cargo de Molly y Arthur. El señor Nott será custodiado por la señorita Lovegood.

- Esa decisión puede clasificarse como homicidio con grado de tentativa – señaló Theo, disgustado.

- Pues así se ahorra Lucius el trabajo – rezongó Lunática, y tuve que admitir que los tenía bien puestos la muy chalada.

- Narcisa Malfoy estará a cargo de Hermione Granger – añadió Shacklebolt, y casi me caigo al suelo del síncope que me dio.

- Granger no está capacitada para este trabajo – argumenté – Además, trabaja en el Ministerio, no puede vigilar a mi madre estando en el trabajo.

- Le daremos vacaciones - contraatacó. Maldito bastardo.

- Es mi madre, y yo digo que no.

- Vale – concedió, y me dedicó una sonrisa de suficiencia, como si hubiera ganado una batalla – Entonces, se ocupará de usted.

- ¿Qué?

- ¡No pienso ocuparme de él! – exclamó la aludida, temblando de cólera.

- Entonces te ocuparás de los dos, junto con Ginny.

- ¡Tengo entrenamiento! – la pelirroja se adelantó unos pasos, posicionándose al lado de su fiel Rata de Biblioteca. Tal para cual.

- Pues practicarás menos. Y ahora, podemos retirarnos todos. Buenos y días y que tengan un feliz domingo – y así zanjó Shacklebolt la cuestión.

Definitivamente ese hombre era peor que Lucius, lo mires por dónde lo mires.

Nuevo objetivo añadido a mi lista: Sobrevivir a Granger.

¿Quién dijo miedo?

**********************************************************************

El siguiente capítulo lo colgaré la siguiente semana. Está empezado, pero aún así todavía le falta.

Se acepta de todo menos virus, ya sabéis ^^.

¡Besos!