jueves, 26 de agosto de 2010

Capítulo 14: Miedo


Capítulo catorce: Miedo

PVO Draco


Soy un auténtico cabrón.

No voy a negar lo evidente: mi culpabilidad ante la huida de Granger. Tampoco negaré que saberme autor de la hazaña me hinchaba de orgullo. Llegar al límite de su paciencia me divertía; una mera distracción que destacaba mi superioridad sobre ella. Pero no debía haberlo hecho, por el sencillo motivo de que ahora Pelo de Rata estaba perdida por Dublín, capital de Irlanda; lo que equivale a estar jodido hasta el cuello, ¿porqué? Bueno, no llevaba una correa al cuello para localizarla como a un perro, aunque me hubiese encantado, y patearme la ciudad no era precisamente una de mis actividades nocturnas favoritas. Tendría que haber salido en su busca nada más largarse, me dije, apagando el cigarro con premura. Claro que a ese pensamiento llegó demasiado tarde; exactamente treinta minutos. Ahora debía estar más allá de mi campo de búsqueda. No me importaba dejar a Granger abandonada allí, es decir, ¿qué era ella para mí sino el blanco de mi veneno? Sin embargo, tendría que contar con alguien que me cortaría en pedacitos si no aparecía con Doña Perfecta.

Mi madre iba matarme.

Sí, soy mayor de edad, un adulto hecho y derecho, pero una madre es una madre; la mía fue Slytherin, y da miedo. Mucho. En mi mundo el hecho equivale a haberme condenado inevitablemente a la guillotina.

Me quería demasiado para caer por una sabelotodo.

Hice gestos al camarero para que trajera la cuenta mientras sacaba mi cartera. Ya pagado y apurado mi café cogí la chaqueta para salir hacia mi búsqueda cuando una mano morena me detuvo. Era una mano de mujer, de uñas largas, bien cuidadas y lacadas en rojo escarlata. Sus finos dedos, adornados todos ellos con intrincados dibujos en la piel, me sujetaban firmemente por el hombro, como para detenerme si intentaba huir.

- Vaya, Thuban, los años no hacen estragos contigo - antes de escuchar su voz profunda, llena de sensualidad y con acento, sabía de quién se trataba.

Mi corazón bombeaba con rapidez, pero me negué, orgulloso como siempre, a que mi nerviosismo fuera captado por ella y me traicionara. Alcé el rostro con lentitud, intentando ganar tiempo para calmarme y dibujar mi sonrisa de siempre, socarrona y altanera. Sus ojos negros, maquillados en exceso y de pestañas espesas, se veían seductores, engañosamente inocentes cuando se encontraron con los míos.

- Un placer volver a verte, Álika.

Ella sonrió, haciendo que una hilera de dientes blancos, perfectos, resaltaran en su rostro ovalado. Sus facciones seguían siendo hermosas, pero tenían ese encanto de antaño, esa inocencia que me había cautivado cuando apenas éramos unos críos.

- Mientes, querido, pero agradezco el intento. - arrastrando una silla de la mesa, ordenó un vodka al camarero y se sentó, cruzando sus piernas enfundadas en un elegante traje negro - Me alegro que hayas tenido la sensatez de acudir a mi llamado.

- Sentía curiosidad - me sinceré, mientras tomaba asiento de nuevo y encendía un cigarrillo. Necesitaba calmarme, necesitaba salir de allí - Después de todos estos años, pensé, ¿qué hace una princesa del clan Dahara, bajando de su palacio en las estrellas y dignándose a dirigirme la palabra?

- ¿Es rencor lo que percibo en tus palabras?

- No, nena, es ironía, y tengo un doctorado en ella.

- Has cambiado, Thuban.

Alcé una ceja, fingiendo sorpresa.

- ¿Acaso tú no?

Álika permaneció un rato en silencio, tomando a sorbos su vodka. Sus ojos me recorrieron, examinando mi atuendo, mis rasgos, deteniéndose más de lo necesario en mi boca.

- Alim me ha enviado para advertirte - soltó a bocajarro, lo que hizo que todos mis sentidos se pusieran en alerta un segundo, para luego dar paso a la calma.

Alim era el profeta del pueblo, jefe de las tribus del Tassili y padre de Álika. Era, en resumidas cuentas, el vidente de la tribu. Así lo anunciaron las constelaciones cuando nació. Su nombre en árabe significa “Sabio”, y como todos en el clan Dahara el nombre era elegido en virtud de la lectura de los cielos, ya que la magia de las tribus del Tassili eran más arcaicas, ancestrales, y se regían por las estrellas. Tu destino, según decían, estaba escrito en ellas, y nada ni nadie podía cambiarlo. Thuban, el apodo que Álika me había puesto años atrás, era de hecho la estrella alfa de la constelación Draco.

- ¿Advertirme de qué? Ya sabes que no creo en esas cosas - me incorporé lentamente, haciéndole una leve reverencia con sorna - Y ahora, tengo que ir a solucionar…

- Los astros no mienten, Thuban, y lo sabes. Ellos le susurraron a mi padre que Lucius anda por el Desierto Rojo - aquella información hizo que mi cuerpo se tensara inmediatamente. Tuvo que leer el recelo en mi rostro, porque añadió - Ya le dije a Alim que no me creerías, incluso le sugerí que enviara a otra persona, pero insistió que fuera yo. -al ver que no hacía caso, habló con voz más angustiada - Thuban, escúchame, no te miento. Raika asegura que lo vio, y Karim también. Estaba allí, hace cinco días. A ellos no les has perdido la confianza, ¿verdad? Te confirmarán mis palabras si les envías una lechuza.

Apagué el cigarro con fuerza, quemándome la punta de los dedos. Sí una lechuza, como si fuera tan sencillo. El mensaje tardaría días en llegar, al igual que la respuesta, y mi reloj biológico sabía tan bien como yo que no había tiempo. Debía arriesgarme, confiar en su palabra.

Vale, esto no estaba previsto. Me esperaba de todo, menos este problema, que se sumaba de paso a los que ya tenía. Los aurores habían peinado toda la zona de Inglaterra, pero los muy estúpidos ni siquiera se habían planteado que Lucius estuviera oculto en otro país. Claro, con el inútil de Potter a la cabeza y pelo de zanahoria secundándole, cómo van a hacer algo de provecho los aurores. Lo peor es que yo tampoco tuve la idea de vigilar Tassili. Fruncí el ceño, devanándome los sesos por encontrar un hueco donde encajara la historia que Álika me contaba.

- ¿Y qué busca mi padre en el Desierto Rojo? - pregunté, pero como respuesta obtuve un encogimiento de hombros.

- Ni idea, pero Alim augura sombras. Y tinieblas. Con esa predicción, algo bueno no debe ser - se llevó su copa a los labios con coquetería, mirándome atentamente - Me han comentado que te has comprometido.

Arqueé las cejas.

- Drástico cambio de tema.

Sus ojos brillaron, la impaciencia se reflejaba en ellos.

- Contéstame.

- Mi vida no es de tu incumbencia, Álika. No desde que me dejaste para casarte con un líder de otro clan, diez años mayor que tú, por cierto.

-Felicidades - me susurró, haciendo dibujos en la mesa con la uña del dedo índice e ignorando mis palabras - No me sorprende que te cases, aunque debo admitir que me la esperaba más… no sé, ¿elegante? Correr por las calles de Dublín con esta lluvia y descalzada no es propio de una dama. Incluso yo que me he criado en el desierto lo sé.

Mierda.

No estaba hablando de Astoria, sino de Granger, lo que, en resumidas cuentas, me dejaba entrever dos cosas:

1º- Álika me estaba vigilando, y no de ahora, sino de antes.
2º- Me iba a ahorrar el trabajo de tener que patearme medio Dublín en busca de la empollona.

Una de cal y otra de arena.

Me levanté como un resorte, asiéndola del brazo y acercando su rostro al mío.

- ¿Dónde está ella?

Todos los presentes nos miraron, y al instante apareció a mi lado un hombre alto, fornido, vestido con ropa muggle oscura y cara de querer machacarme la cabeza. El recién llegado se interpuso entre nosotros, pero Álika alzó la mano para detenerle y volvió a internarse en las sombras del restaurante. Poco a poco volvimos a sentarnos, y los comensales volvieron a sus platos y charlas.

- Calma, Thuban. Mis hombres la retienen en un pub llamado Barrons, justo a dos manzanas de aquí. Sigue recto hacia la derecha y no tiene pérdida. Por si te interesa, estaba bien cuando la dejé a cargo de ellos… -me informó sonriente, inclinando la cabeza hacia el fortachón - bueno, mojada y borracha, pero intacta, que es lo importante. ¿Quién iba a decir que una bruja de sue statura podría beber tres copas de una sentada? - luego se deshizo de mi agarre y me acarició el rostro, apartándome el cabello de la frente con sus dedos. Aspiré el aroma que desprendía su muñeca con disimulo. Olía a clavo y jazmín - No te recordaba tan guapo. En mis sueños, siempre te veo como aquel joven de dieciséis años con el que me escapaba a ver las estrellas.

Puse mi mano sobre la suya, apartándola de mi piel con dureza. Dolía como el demonio. Ella, sus recuerdos, la fidelidad que le profesé en su momento, la lealtad que creía mía y traicionó.

- Ese niño murió, Álika, y con él todo lo que un día fuimos - ella desvió la mirada, incómoda de repente - Si ya no tienes más asuntos que tratar conmigo, debo irme.

Pasé por su lado hacia la salida, pero me retuvo por la muñeca. Sus ojos oscuros tenían una luz oscura, espectral, que los hacía tenebrosos y peligrosos.

- Ella no es rival para mí.

- Evidentemente - coincidí -. Tú hace años que perdiste.

Y salí de allí, dejando a mis espaldas a la única mujer que había amado en la vida, la única que me había dolido, y la última que me lo volvería a hacer.

Aunque para ello tuviera que hacerle creer que Granger era mi prometida.

Joder, qué bajo he caído.

******

When the night has come
And the land is dark
And the moon is the only light we see
No I won´t be afraid
No I won´t be afraid
Just as long as you stand, stand by me



Mientras tarareaba entre susurros Stand by Me interpretada por John Lennon, Theodore Nott supo que jamás había sentido esa tranquilidad. No quería comer, ni soñar despierto, mucho menos dormir -lo que era algo novedoso-. Simplemente deseaba disfrutar de esa extraña paz que había a su alrededor. La habitación de Luna permanecía en penumbra, y las velas creaban un aura de sombras que se perdían entre las esquinas de los escasos muebles, seres sin alma testigos de lo que ocurría. Los bocetos continuaban esparcidos por el suelo, y el olor de la pintura se mezclaba en su nariz con el que desprendía la mujer que yacía junto a él. Aspiró nuevamente, y una sonrisa fue dibujándosele lentamente en la comisura de la boca. Recreándose en la acción, acarició el largo y enredado cabello de Luna Lovegood, y ella afianzó más su agarre alrededor de la cintura de Theo, hundiendo la cabeza en su cuello. Cuando notó los labios de ella, se estremeció sin poder evitarlo.

Silencio, tranquilidad, paz. Palabras con lindos significados pero inexistentes en su vida. Mirando el techo decorado con estrellas brillantes, Theo se dio cuenta que no había tenido un momento sereno en su vida, ni siquiera cuando la Gran Guerra terminó y tanto él como sus amigos fueron absueltos de los cargos. Atrás quedaron los días oscuros, sí, pero por delante le esperaban años de rumores, cuchicheos y desconfianza. No había que ser muy listo para percibir el desconcierto que causaba su presencia cuando visitaba a Pansy en el Ministerio, o cuando era invitado a una de sus fiestas. La sombra de su padre, de los errores cometidos eran una fuerte carga que llevaba como podía. A veces la presión era tal que deseaba haber matado de verdad.

And Darling, Darling, stand by me
Oh now, now, stand by me
Stand by me
Stand by me



Y apareció Luna y su locura. Un vendaval de brisa fresca que le desarmó por completo, un terremoto que sacudió los cimientos de su cuadriculada vida. Luna era como un resfriado de los gordos: Un día empiezas moqueando y al otro acabas metido en cama y con fiebre sin poder hacer nada por evitarlo. Ella era así. Entraba sin llamar a la puerta, con su sonrisa anclada permanentemente en los labios, y sus ojos azules y saltones chispeando de alegría prometiéndote un mundo perfecto de fantasía, más allá de toda frontera conocida donde sólo estén ella y tú. Tú y ella.

Y nadie más, porque realmente no se necesita a nadie más.

- ¿Theo? - se sobresaltó al percibir lo bonito que parecía su nombre en los labios de ella.

- ¿Sí?

- ¿En qué piensas?

Nott acomodó su brazo bajo la nuca, y suspiró pesadamente. Mirando al techo, susurró la letra de memoria.

- Si el cielo que vemos encima se desmoronase y cayese y la montaña se derrumbase sobre el mar. No lloraré, no lloraré. No derramaré ni una lágrima… siempre que estés a mi lado.

Luna se apoyó en su codo, incorporándose de la cama. Sus ojos reflejaban diversión, pero también sorpresa.

- ¿Eres un poeta? - preguntó con inocencia. Nott soltó una carcajada, negando con la cabeza.

- El poeta fue Ben E. King, y el maestro que interpretó ésta canción fue John Lennon, aunque también lo hizo un grupo llamado Temptations.

Luna frunció el ceño.

- ¿Desde cuando eres tan ducho en la música muggle?

Theodore Nott se encogió de hombros, apartando incómodo el brazo del cuerpo de la bruja. Luna permaneció en su sitio, con la cabeza apoyada en su mano y contemplándole.

- Secreto de Slytherin.

Luego permanecieron en silencio, roto cuando Theo se movió para alcanzar el vaso de agua que había en la mesilla de noche. Mientras bebía, escuchó la voz de Luna a su espalda.

- Theo, quiero acostarme contigo y tener un orgasmo.

No le dio tiempo a preguntar “¿qué?” o “¿estoy soñando?”, porque todo sucedió muy rápido. Theo se atragantó con el agua, luego apoyó mal la mano, y eso sólo condujo a que su trasero acabara en el suelo, seguido de un micro-baño cortesía del agua que aún quedaba en el vaso. Mientras intentaba recobrar la compostura, Luna le daba pequeños golpecitos en la espalda desde la cama.

- Ey, ¿estás bien?

- ¡Joder! ¡No, no estoy bien! ¡De hecho, nada bien!

Nott se apartó como si quemara, dejando al menos medio metro de distancia. Sus ojos oscuros estaba abiertos, muy abiertos, y observaba la expresión inocente de Luna como si fuera la peor de las pesadillas.

- Tú… ¿cómo dijiste eso?

- ¿Decir qué? ¿Lo de tener un orgasmo? -preguntó ella sin comprender.

- ¡Exacto! - estalló Nott, y al parpadear algunas gotas se desprendieron de las pestañas - No puedes decir que quieres acostarte conmigo de esa forma.

- ¿De qué forma?

- ¡Pues tan inocentemente! - le aclaró él, su cara ahora roja como un tomate - Es como si hablaras del tiempo, cuando lo que me estás pidiendo es que mantengamos…

- Sexo - le cortó Luna.

Theo soltó un gemido y puso los ojos en blanco.

- ¡Pero es que suenas tan brusca!

- Aaaaahhhh - y Luna extendió mucho la vocal “A”, lo que dio a entender al Slytherin que había comprendido. Se aclaró la garganta, y luego sonrió con simpatía - Espera, te reformulo la pregunta: Theodore Nott, ¿quieres, por favor, si no te importa, mantener relaciones sexuales, echarme un polvo o, en su defecto, hacerme el amor esta noche?

- ¡Luna!

- ¡¿Qué?! - ella parpadeó, intentando comprender el verdadero motivo de su enfado y sonrojo. Quizá no se sentía lo suficientemente atraído por ella, o tal vez era virgen o… Lentamente se llevó una mano a la boca, sorprendida con su descubrimiento - ¡No me digas que sufres del “síndrome de la varita flácida“!

- ¿Del qué?

Y para demostrarle lo que significaba, Luna levantó su dedo índice, bajándolo de un golpe formando una parábola en el aire. Theo pasó al morado en cuestión de segundos, y su ego quedó hundido tres kilómetros bajo el subsuelo.

- ¡OH, joder, no! - exclamó, a la vez que se llevaba una de sus manos a sus partes más íntimas - ¡Mi varita funciona estupendamente!

Luna sonrió aliviada, y sin perder el tiempo o esperar más respuestas se desprendió de la camiseta que llevaba. Lucía un simple sujetador azul eléctrico, pero la prenda casi ocasiona un ataque asmático a Nott, que miraba embobado sin poder apartar sus ojos del cuerpo de la bruja mientras hiperventilaba. Mierda, ¿qué haría Draco en esta situación? Bueno, no había que ser muy listo para dar con la respuesta. Luna fue gateando hasta el borde de la cama, estiró un brazo y sujetó a Theo por la barbilla, atrayéndolo sin remedio hacia ella y la perdición.

- Theodore Nott - susurró sobre su boca, y él juraba haber escuchado el ahogo de una risa - Tú me gustas. Yo te gusto. Y me encantaría que mi primera vez fuese contigo.

Y seguidamente lo besó, y Theo rezó a las estrellas para que el corazón no escapara por su boca y las mariposas del estómago dejaran de arañarle. Sin poder remediarlo comenzó a temblar.

- ¿M-m-mmmme esssstásss d-d-dddddiciiiiiennnnndo qque eeeeressss virgen?

- Sí.

- Ah - y no supo qué decir, o qué hacer, porque esto era terreno resbaladizo para él.

Jamás había llegado a tener una virgen en su cama, ni conocido ninguna más allá de los dieciocho años. Y ahora había una ahí, una Luna Lovegood inmaculada, en sujetador y esperando a que él hiciera lo que debía hacer. Pero, ¿el qué?

- Luna, yo no puedo - le confesó huyéndole la mirada - ¿Y si te hago daño? ¿Y si no disfrutas? ¿Y si…?

- ¿… me caigo mañana y muero? - terminó ella, y cuando Nott volvió a mirarla, vio la determinación reflejada en sus iris azules a juego con el rictus de impaciencia en la boca - Todo puede pasar en esta vida. No es un camino de rosas, sino pedregoso y duro como el peor de los desiertos. Si encuentras una piedra, ¿la bordeas y te desvías de tu camino, o por el contrario la saltas? - él no le respondió - Yo quiero hacerlo, tú quieres hacerlo. Y he esperado mucho a alguien como tú para dejarte marchar ahora, ¿entiendes?

- Sí - musitó impresionado, y Luna lo acercó más, la mirada fija en sus ojos negros.

- Entonces bésame y no hagas a una dama esperar. Es de mala educación.

Y ante eso, Theo sólo pudo obedecer.


*******

VPO Hermione

Estar borracha es la sensación más increíble del mundo. Sentir el alcohol derramándose por tu garganta como lava líquida para luego dar paso a un mareo momentáneo que se convertía en desinhibición resultaba inquietante, pero no por ello menos agradable. Nunca en mi vida había bebido para olvidar, pero después de lo sucedido con Malfoy, lo único que me apetecía era borrar de un plumazo la escena del restaurante.

Podía mentirme a mí misma una y otra vez, pero en mi interior yo sabía que las palabras de Malfoy eran ciertas: Tenía miedo a vivir. Cuando tuve que pasar por el doloroso momento de poner fin a mi relación con Ron, quedé destrozada. Había luchado contra mortífagos en mi juventud, encarado a la muerte con valentía, y sin embargo no podía hacerle frente al vacío que se instaló en mí tras la ruptura. Respiraba, comía, iba al trabajo, dormía. Todo lo realizaba con calculada precisión, procurando salvaguardar lo poco que me quedaba de cordura. Era una muerta en vida. Intentaba que no se notara el nudo de la garganta cuando Ron aparecía con otra chica, o cuando Pansy venía contando sus muchas andanzas en camas ajenas. Evitaba no mirarles a los ojos para que no percibieran el anhelo en ellos. Ponía buena cara, sonreía y fingía que me daba igual, cuando realmente no era así. Resultaba más sencillo que admitir mi derrota, asimilar lo que realmente veía en el espejo todas las noches: Que esa ya no era yo.

Ya no tenía vida, ni sueños, porque todo lo que una vez había deseado -una familia, hijos, un trabajo decente- no existía. Fue así como dejé de salir, de interesarme por los chicos, por reestructurarme. Simplemente dejé que el resto de las personas que me rodeaban vivieran por mí. Ese es el motivo de desayunar con mis amigas. Cuando me cuentan sus secretos, sus idas y venidas en este mundo, yo me siento ellas. Vivo a través de sus ojos, siento los besos que les dieron como míos, sus triunfos y decepciones. Lloro, sonrío y siento, pero es sólo un espejismo. Y así sobrevivo mejor, observando como la montaña rusa que es la vida pasa a través de ellas sin mirarme siquiera, sin herirme o partirme en trocitos como cuando rompimos Ron y yo.

Me resulta más liviano convivir con los fantasmas ajenos que con los míos propios.

Malfoy lo había descubierto.

Le hice una seña al camarero para que rellenara nuevamente mi copa, escuchando con ello el gruñido del hombre trajeado y fornido que estaba a mi derecha, ¿o era mi izquierda? Habían aparecido tres de ellos de la nada, y casi en volandas y con escuetas explicaciones me habían arrastrado a este club en el que jamás hubiese entrado de no ser porque no tenía fuerza ni para negarme.

Lo miré unos instantes, parpadeando varias veces, porque ya me costaba enfocar la mirada en algo fijo, aunque ese algo tuviera dos metros de altura y fuera una mole indestructible. No sabía cual de ellos era, porque todos me parecían iguales, uniformados de negro, con gafas oscuras y gesto huraño. Como habían dejado claro que no me dirían sus nombres, acabé nombrándolos interiormente como Gorilas a todos.

- No hago nada malo, es sólo una copa - le dije al fortachón, y noté mi voz pastosa, trabándoseme la lengua a mitad de la frase. Tras sus gafas oscuras, sabía que escondía una mirada de desdén y reproche hacia mis actos.

- Acabará en coma si sigue a este ritmo.

- Mi sueño hecho realidad - repuse, con una sonrisa tonta en los labios. Luego de darle un sorbo a mi copa decidí ignorarle un rato y concentrarme en la pista de baile - ¿Crees que podría bailar? Nunca he bailado, es decir, no en un pub de este estilo. Mis amigas suelen ir de fiesta, pero yo siempre me quedo en casa estudiando, o leyendo, y nunca salgo. ¿Sabías que el noventa por ciento de los adolescentes prueba el alcohol a los quince años? Las estadísticas afirman…

- ¿Siempre es así de charlatana? - me cortó Gorila. Me sentí herida, y tuve ganas de llorar. Carraspeé para que no se me notara en la voz.

- Bueno, soy inteligente. Me gusta hablar de lo que sé.

- Y a mí me gusta cortar las lenguas de muchachitas borrachas y sabelotodos. Así que cállese y espere sentada. Con un poco de suerte pronto vendrán a por usted y nos librarán de la tortura.

Hice lo que me dijo, pero a los diez minutos estaba aburrida de permanecer sentada, sin hacer nada aparte de mirar como los cuerpos se balanceaban al son de la música. Recorrí sin entusiasmo las paredes negras del recinto, los cuadros fluorescentes de imágenes del demonio y bestias acompañados de muchachas voluptuosas y curvilíneas. Una bola ubicada en el techo lanzaba rayos verdes y azules a la pista, dejando entrever las sombras, todas ellas recubierta con poca tela, que retozaban con la música. Una pareja más o menos de mi edad bailaban a un par de metros. Vestidos con traje y pantalones estrechos de color negro, a juego con un maquillaje de sus ojos y sus labios, sudaban y se contoneaban con una sensualidad envidiable, rozándose con descaro para, de vez en cuando, acabar metiéndose mano o besándose apasionadamente. La mujer llevaba el cabello largo sujeto en una coleta, y le sonreía a su acompañarte, un chico de rasgos finos y mirada ardiente que no para de pasarle la mano por el vientre, jugueteando con el piercing que ella llevaba en el ombligo. La tensión sexual se palpaba en el ambiente.

- Algunas veces echo de menos tener compañía - el pensamiento salió de mi boca antes de darme cuenta. Gorila bufó, y por primera vez lo vi hacer el amago de sonreír.

- Puede comprarse un perro.

- No me refería a esa clase de compañía, sino a tener una pareja - tomé un sorbo de mi bebida, y agaché la mirada. No sé porqué, pero ahora estaba triste - Hace años que nadie me dice algo bonito, o me regala flores, o tengo una cita. Ni qué decir del sexo.

- Creo que eso es algo de lo que prefiero mantenerme ignorante.

- Oye - le espeté, dándole un codazo amistoso en sus costillas - que te estoy abriendo mi corazón.

- Pues vuélvalo a cerrar bajo llave. Joder, no estamos en el show de Willelmina.

- Oh, - no pude evitar soltar una carcajada - ¿Es ese donde las brujas mandan cartas para contar sus penas?

Otro fortachón se acercó a nosotros, acodándose al otro lado. Eran tan grandes que por un momento me sentí intimidada.

- Pues el otro día una bruja llamada Unicornio de Sussex le escribió una carta en la que relataba con pelos y señales cómo había convertido a la amante de su marido en un zorro.

- Tío, eso no es nada - un tercer Gorila apareció ante nosotros - Un tal Bujito Cachondo le preguntó si era una enfermedad el que le gustara pasar más tiempo con las cabras en el establo que en la cama con su pareja.

- ¿Y qué me dices de..?

Media hora más tarde y con tres copas más en mi estómago, me vi rodeada por cuatro hombretones envueltos en testosterona que discutían abiertamente sobre sus sentimientos, cartas de anónimos, y si esa Willelmina sería tan sexy como lo parecía por su voz en la radio.

- Pone un tono casi lascivo cada vez que pronuncia la palabra “sexo”, ¿no os habéis fijado? Me apuesto mil galeones a que le encanta recibir cartas sobre los asuntos de cama ajenos.

- Tal vez sea una pervertida - aduje, y cuando ellos me miraron como un bicho raro, me encogí de hombros - Bueno, no es que los que le escriban sean mejores que ella, ¿a quién se le ocurre hablar de sus asuntos privados con alguien que no conoce?

- Eres una mojigata, Jean - me dijo Gorila, el que estaba situado justo enfrente - Deberías vivir la vida.

- Ahmed tiene razón - intervino otro, el sentado a mi derecha - Seguro que eres de esas que piensan que tener sexo sin compromiso es lo peor del mundo. Como que me llamo Urian a que tengo razón.

- ¡Yo no soy así! -exclamé, frunciendo los labios mientras casi me atraganto con la aceituna que masticaba ¿y cuándo habían empezado a llamarme Jean? - Sólo opino que para meterte en la cama con alguien debes sentir algo por esa persona. Nada más. ¿Sabéis cuántos embarazos indeseados se dan por mantener relaciones con un extraño?

- Eso puede ocurrir tanto si lo conoces como si no - afirmó el situado a mi izquierda, ¿cómo dijo antes que se llamaba? ¿Hassan?.

Los otros dos asintieron, dándole la razón.

- ¿Y qué me dices de un beso? - preguntó Gorila Ahmed con tono burlón - ¿Has besado a alguien simplemente porque te apetecía? ¿Por instinto y atracción?

La imagen de Malfoy besándome en la discoteca gay me vino rápidamente a la cabeza, haciendo que mi estómago se retorciera y un sudor frío recorriera mi espina dorsal. Recordé sus labios exigiendo respuesta, aquel tacto tan suave y a la vez posesivo. Su mano en mi cintura, atrayéndome a él sin que yo hiciera nada por evitarlo. Sabía a whisky, y a especias. A menta y algo más ácido, como limón. No sé porqué, pero empezaba a hacer calor. Intenté que el pensamiento quedara envuelto en una nube, sin darle más crédito del que debía.

- Un beso no significa nada - murmuré - Un beso es sólo un beso.

- Ah, no - me contradijo Urian, haciendo gestos teatrales con sus manos - Un beso es más que eso. Puede ser el comienzo de algo, el final de un todo. Mover montañas por el simple hecho de conseguir el siguiente. Es la espera y la ilusión, la tristeza o el anhelo. Un beso puede hacer nacer los sentimientos adormilados de un helado corazón.

Todos nos quedamos en silencio, mirándole consternados.

- Eso ha sido muy bonito - dije, casi al borde de las lágrimas.

- Sí, tío - corroboró Ahmed, pasándole un brazo por los hombros a la vez que metía un dedo bajo las gafas para limpiar una lagrimilla furtiva - Eres todo un poeta.

- Y de los buenos - añadió Hassan, al que le temblaba la barbilla -. Haces que quiera besarte y todo.

Urian se envaró.

- Ni lo intentes.

- ¿Y un abrazo?

- ¿Sabes el significado de eunuco? - nada más escuchar la palabra, Ahmed se cruzó de brazos enfurruñado.

- Aguafiestas.

En ese momento la canción que sonaba se acabó, y otra comenzó al sonar dos segundos más tarde. La pista estaba llena aún, y la gente no paraba de moverse con la música. Todos manteníamos nuestras copas en la mano, cabeceando de vez en cuando para seguir el ritmo atronador mientras observábamos a las parejas y grupos mezclándose con el vaivén de las caderas.

- Oye, Jean, ¿aún quieres bailar?

- Claro, Ahmed.

Entonces me tendió la mano, y los cuatro nos movimos hacia la pista como si fuéramos una piña. No sé si fue a causa de la música, o el alcohol, o quizá que estábamos demasiado juntos, pero no me costó nada apartarme del mundo. Olvidé quién era, con quién estaba y qué había ocurrido antes de salir a bailar. Borré de mi mente el que mañana quizá ya no estaría en este mundo, que nunca más me besarían, y me lancé de lleno a disfrutar el momento como nunca antes había hecho y como siempre había deseado. Ya no era Hermione la tonta, la mojigata y sabelotodo. Ahora, rodeada de tanta testosterona me sentía sexy, atractiva. En una palabra, mujer.

Sólo me importaba moverme, sin reparar en mi traje demasiado corto que me subía por los muslos, o que Ahmed, o Hassan me había cogido de la cintura y pegado a él con descaro.

Simplemente quería olvidar y bailar.

Bailar y olvidar.

*****

PVO Draco

Nada más poner un pie en el club, supe que Barrons era el reino prohibido de la sensualidad. El local era amplio, de paredes oscuras y decorado con un estilo gótico que brillaba por la ausencia del buen gusto. Tanto los camareros como los clientes vestían de negro, encaje y vinilo a juego con todo el mobiliario. Tenía la sensación de estar en un agujero oscuro que olía a sexo, alcohol y tabaco.

- Qué lugar tan interesante. - Álika se posicionó a mi lado, sus ojos excesivamente maquillados brillaban de diversión. - Aquí uno podría perderse en el desenfreno, ¿no te parece?.

Ignorando su comentario, oteé el tumulto de cabezas intentando distinguir a Granger entre ellas, pero con tanta gente era como buscar una aguja en un pajar. Una chica de labios rojos y ojos azules me hizo gestos desde la barra para que me acercara, mientras que cruzaba y descruzaba las piernas enfundadas en medias de rejillas con descaro, creando en mi mente ciertas imágenes. Álika siguió mi mirada y gruñó, acercándose aún más a mí. Si no fuera porque necesitaba encontrar a pelo de rata, quizá hubiera mantenido una larga conversación con la chica acerca de lo que los labios rojos pueden llegar a hacer en ciertas partes del cuerpo. Pero debía encontrar a Granger, sino mi madre me convertiría en comida para dragones ipso facto. Cabeceé para que Álika me siguiera, y poco a poco nos fuimos abriendo paso entre la gente hasta llegar a uno de los laterales de la pista de baile.

- ¿Estás segura de que la trajeron aquí? - Álika asintió. - Tal vez la hayan llevado a otro club.

- No. Tiene que estar por alguna parte. Mis hombres nunca desobedecen una orden, y les dije claramente que esperaran aquí.

La música sonaba interrumpidamente, y los grupos pequeños se movían con gracia por la pista, haciendo que sus melenas ondearan con los movimientos. Un par de chicos pasaron por nuestro lado en dirección al baño, y uno de ellos volcó parte de su copa en el vestido de Álika, la cual les explicó en pocas palabras dónde metería esa copa si no desaparecían pronto de su vista. El calor era asfixiante, y el suelo, que imitaba un tablero de ajedrez estaba resbaladizo.

- Esto es una pérdida de tiempo - me gritó al oído para que la escuchara por encima de la música - Volvamos a la barra.

Pero cuando me di la vuelta para seguirla, me quedé congelado en el sitio. Granger estaba allí, bailando encima de la barra del bar.

- Vaya, Thuban, tu prometida sí que sabe montárselo bien.

Estaba descalza, y el recogido que llevaba se había deshecho, dejando su melena castaña libre de las horquillas. En una de sus manos llevaba una copa que casi estaba vacía de tantos tumbos que le daba, y en la otra, un cigarro a medio consumir. Un grupo numeroso observaba sus contoneos de cadera, vitoreando y animando cada vez que ella se agachaba y se levantaba de un modo hipnótico y sensual. El traje dorado se pegaba a sus escasas curvas como una segunda piel, y cuando flexionaba las rodillas la tela se deslizaba un par de centímetros hacia arriba, dejando al descubierto una gran porción de sus muslos. De vez en cuando daba una vuelta, y entonces se tambaleaba, pero pronto volvía a coger el ritmo.

Me dije una y otra vez que debía ir allí y ponerla en su sitio, gritarle y zarandearla o burlarme de ella. Pero no me movía, no hablaba, no hacía nada. Simplemente la contemplaba allí, quieto, mientras ella seguía con ese baile que, de ser otra persona, parecería increíblemente sexy.

Tal vez lo fuera.

Pelo de rata, para mi gran asombro, había evolucionado de mojigata a mujer en un solo latido. No parecía ella. Era como si su ser se hubiera fragmentado en dos partes, dejando a la Granger listilla sepultada bajo el trasero de la Granger casi atractiva. O sin el “casi”. Su cabello enmarañado ya no me parecía tan feo, y su cuerpo, que había tachado de insulso, parecía esconder más de un secreto. Una porción de alma que ella no dejaba ver nunca estaba allí en pie, expuesta al mundo sin titubeos, con seguridad y feminidad. Quería indagar más, mucho más de lo que mi pensamiento racional me dejaba admitir. Por primera vez en toda mi existencia, me sentí atraído por esa parte desconocida de Granger.

Y eso, daba miedo.

El pánico se apoderó de mí cuando tomé conciencia de mis pensamientos. Años atrás dibujé una línea divisoria entre ella y yo, un límite en el que estaba seguro, a salvo, que no debía ni deseaba traspasar. Pelo de rata era una sabelotodo, amante de los libros, amiga de Harry Potter, sangresucia y totalmente asexual. Pero ese límite autoimpuesto se estaba yendo a la mierda a pasos agigantados, y eso era algo que no me podía permitir. No podía sentirme atraído por Granger, no quería. El hecho equivaldría a perder mi alma en el infierno. Y ya había dado demasiado como para renunciar a lo poco que me quedaba.

Mi vida se estaba volviendo un caos y no sabía cómo manejarla, hacerla volver al camino que tenía trazado de antemano. En pocos meses estaría casado, atado a una mujer a la que no amaba, pero que consideraba lo suficientemente buena como para pasar el resto de mi vida a su lado. Astoria es guapa, inteligente, con unos antepasados envidiables y un estatus social que me abrirán las puertas a nuevos proyectos. Ella se merecía que la amasen, pero por mucho que me lo propuse, lo nuestro no pasaba de una mera atracción sexual. Y estaba bien, es decir, ambos sabíamos lo que había, y lo aceptábamos porque queríamos, no porque nos lo hubieran impuesto. Era mi decisión. Yo decidí condenarme a pasar el resto de mi vida a su lado, con todo lo que conllevaba el hacer esa promesa. No iba a huir de mis obligaciones, y no estaba dispuesto a dejarme embaucar ni por una niña de labios rojos, ni por una sabelotodo con aspiraciones a stripper. No tiraría por la borda mi futuro por un mero revolcón.

Conté hasta diez y respiré profundamente. Joder, necesitaba un cigarrillo y una copa. No, mejor una botella entera. Palpé en mis bolsillos en busca de la cajetilla de tabaco, saqué uno y me lo lleve a la boca, pero hasta ahí llegué, porque en ese momento en el que me disponía a encenderlo dos tíos trajeados subieron a la barra para hacerle compañía a Granger. El cigarro se me cayó al suelo.

- Oh, joder.

- Bueno, bueno, - Álika parecía estar pasándoselo en grande - ¿nadie le ha explicado a la niña el significado de la palabra fidelidad? Thuban, deberías atar a tu prometida con una correa. Si desaparece en tu noche de bodas, búscala en el club más cercano.

- ¡Cállate! - le grité - Esto no te incumbe.

Sentí un regusto amargo en la boca, y sin saber si Álika me seguía o no, me dirigí con paso ligero hacia la barra del bar, abriéndome paso a empujones entre el gentío. La sangre hervía en mis venas, y sin explicación alguna quería sangre. Preferiblemente la de una rata de biblioteca.

Cuando llegué a los pies de Granger, ella ya estaba apretujada entre los dos hombretones, ambos con sus manos puestas en la cintura y la cadera de ella. Parecía una reina haciendo realidad su fantasía sexual. Cien por cien hedonismo. Para mi gran asombro, Sabelotodo estaba disfrutando de aquello. Sus ojos oscuros brillaban bajo las luces del local, y su sonrisa era tan exagerada que le hacía parecer una tonta redomada. Uno de sus brazos rodeaba el cuello del chico que tenía enfrente, mientras el otro permanecía estirado con la mano enredada en los cabellos del que la asediaba por detrás.

Por mi mente pasó la idea de sacudirles un par de puñetazos a los acompañantes, pero luego deseché la idea porque, seamos sinceros, estaba en clara desventaja. Soy un cabrón, pero uno inteligente. La magia estaba descartada, más aún en un lugar como aquel en el que había más de veinte pares de ojos y cualquiera podría ver algo. No me quedaba más remedio que centrarme en ella. Pero, joder, era complicado. Encaramada allí arriba parecía más altiva y orgullosa que cuando soltaba una de sus retahílas de memoria, incluso aunque se notara que estaba hasta las cejas de alcohol y apenas lograba coordinar un movimiento con decencia.

Piensa, Draco.

Pero no tuve tiempo de pensar, porque el chico que la tenía cara a cara le estaba bajando la mano por el dobladillo del vestido. Sin reparar en lo que hacía, me acerqué a su pierna y le metí un mordisco en la pantorrilla.

- ¡Ah!¡¿pero qué…?! - al bajar el rostro para ver su pierna, nuestras miradas se encontraron. Frunció el ceño de inmediato-. ¡Me has mordido, pedazo de anormal! ¡Me has mordido!

Bien, no iba a negarlo, era más que evidente que lo había hecho. Le hice un gesto con la mano, señalándole el suelo.

- Baja de ahí. Inmediatamente - mi tono fue frío, pero por dentro bullía como un perro enjaulado.

- ¡No eres mi dueño! - dejó de bailar y se puso las manos en las caderas, plantándome cara desde arriba. El cabello le caía por el rostro, ocultándole parte de sus rasgos - Me dijiste que viviera la vida. Pues bien, eso hago, así que déjame en paz.

- Esto no es vivir la vida, sino humillarse.

- ¿Y tú que sabes? ¡Sólo eres un niño malcriado que disfruta haciendo daño a los demás!

A pesar de la música, todos los que nos rodeaban estaba atentos a nuestras palabras, y pronto los dos chicos que estaban bailando con ella se apartaron para dejarnos cierto espacio, el suficiente como para llamar la atención del resto de los clientes. Y pese a todo, Granger estaba obstinada en no obedecer. Maldije hasta al infierno.

- ¡He dicho que bajes!

- ¡Y yo te dije que no quiero!

Tensé la mandíbula, y apretando los puños intenté conservar la poca paciencia que tenía.

- Mira, esto no tiene sentido. Baja y así podremos hablar.

- Ya estamos hablando.

Uno de sus pies golpeteaba la barra con insistencia.
- Si no haces lo que digo te voy a…

- ¿Me vas a qué, eh? -tomó un sorbo de su copa, y le dio una calada al cigarrillo, lo que le provocó un ataque de tos, pero ella continuó hablando - ¡Tú… no… puedes… hacerme… nada! - tiró la colilla al suelo, y le dio un trago a lo poco que quedaba de su copa. Sus ojos despedía furia, y odio - Estoy harta de que me insultes, ¡harta de aguantarte! ¡No quiero volver a verte en mi vida! Por muy atractivo que seas yo…

Arqueé una ceja. Vaya, mira tú por dónde, la sabelotodo parecía haber adquirido buen gusto de repente.

- ¿Te parezco guapo?

- ¡No me cambies de tema! - exclamó, y su cara se puso roja al instante - Eres un ser despreciable, arrogante y maleducado que no sabe nada de… - antes de que continuara su discurso la cogí por las corvas en un movimiento rápido. Granger se tambaleó unos instantes, y luego cayó en mis brazos, pataleando y gritando - ¡Ey!¡Suéltame!

- Eso ni de coña. Tú y yo nos vamos a casa, y quiero que cierres ese pico de oro que tienes, o voy a echarte una maldición que lamentarás hasta que quedes sepultada bajo tierra.

El mohín que hizo casi me hace reír.

- ¡Eres un salvaje!

- Sí, pero un salvaje muy guapo.

Y mientras cruzaba el local en dirección a la salida, medio bar empezó a aplaudirme, entusiasmados al parecer por esa escena que acababan de presenciar. Sin embargo, no todo estaba bien. Sentía los ojos de Álika clavados en mi espalda, recorriendo mi nuca. Un escalofrío descendió por mi columna vertebral, y me negué hacerle caso. Granger, mientras tanto, seguía lanzando improperios hacia mi persona, moviéndose como una culebra entre mis brazos. Su aliento declaraba a los cuatro vientos que tenía al menos dos botellas de vodka metida en el cuerpo, y el rímel estaba corrido, pareciendo un mapache borracho. Me hubiese reído de ella si no llega a ser porque no para de lanzarme golpes sin ton ni son.

Tres minutos más tarde, estábamos en la mansión.

******

VPO Hermione

Nos materializamos en el vestíbulo de la mansión, y dos milésimas más tarde, Malfoy dejó caer sus brazos y di con mi trasero en el inmaculado suelo de mármol.

- ¡Hijo de…!

- Vigila tu lengua, Granger, si no quieres que acabe en uno de los orificios de tu cuerpo.

Me aparté el cabello del rostro, levantándome para quedarnos cara a cara, pero Malfoy ya subía los escalones. Lo seguí. Estaba enfadada, muy enfadada. Me lo estaba pasando bien, disfrutando y viviendo el momento que la vida me ofrecía. Hasta que llegó él, como siempre a estropearlo todo.

- Me has avergonzado - le espeté - Idiota.

Él continuaba andando, y juro que escuché cómo se reía.

- Me alegro. Te lo merecías.

- ¡Estaba bailando!

- No, estabas haciendo el ridículo, que es algo completamente diferente. -chasqueo la lengua y pude notar el tono burlón - Con lo lista que eres, y lo cabeza hueca que te comportas.

- Me comporto como me da la gana. Es mi vida. ¡Mi vida! Y no tienes derecho a inmiscuirte en ella.

- Ni quiero hacerlo, créeme. Soy el primero que disfruta cuando te pones en evidencia, pero debía traerte de regreso.

- Yo no te importo.

- Muy vierto.
Aquello fue la gota que colmó el vaso.

- Me dices que vivo mi vida a través de los demás, pero, ¿qué pasa contigo? Sólo te sientes dichoso cuando hieres, cuando ves que la persona que tienes enfrente se queda en nada. No tienes corazón, ni vida, porque no sabes apreciar lo que tienes. Tu egocentrismo y ambición, eso es lo único. Sin emociones, sin amar ni ser amado, ¡porque nadie te quiere!

Malfoy se paró en seco, girándose lentamente. Sus ojos grises me taladraron. A duras penas evité el impulso de retroceder.

- No sabes una mierda de mí.

Hice una mueca de desagrado, cruzando los brazos e instándome a mantenerme firme.

- Nadie es capaz de sentir afecto hacia ti porque eres frío. Estás solo, Malfoy. Tan solo que cuando mueras, nadie recordará tu nombre. Prefiero vivir a través de los demás que mantener mi existencia a tres metros bajo el hielo. Tú no eres humano, y nunca lo serás, porque no sientes nada.

- ¡Cállate! - su ataque de ira me cogió por sorpresa. Estuvo frente a mí en dos zancadas, y sujetándome por un brazo me cargó al hombro como un saco de patatas, quedando mi cabeza a la altura de su trasero.
´
- ¡No, otra vez no!

Pero él no me hizo caso. Avanzó por el pasillo hasta llegar a una puerta. Divisé una cama, un póster de Slytherin, las cortinas de terciopelo. Continuó su camino hasta llegar a otra puerta, y fue entonces cuando me soltó.

Sentí un mareo al enfocar la mirada, pero no tuve duda alguna de dónde nos encontrábamos: Era un baño. Los muebles eran oscuros, y en una repisa plateada había una cuchilla, espuma de afeitar, y varios botes que reconocí como perfumes masculinos. Supuse que era su baño privado. No me impresionó, es decir, no tanto como cuando me di cuenta de que ambos estábamos metidos en la bañera.

- ¿Qué te crees que haces?

Negó con la cabeza, un par de veces, chasqueando la lengua. Sin apartar sus ojos de los míos, se hizo con el poder de la ducha. Su voz esra neutra cuando habló:

- Eres una impertinente. Una niña mala e impertinente. Esa bocaza tuya suelta cosas muy feas, y ya sabes lo que se hace cuando un niño se porta así.

Oh, Dios.

- No te atreverás.

- Pelo de rata, soy un Slytherin- abrió el conducto del agua - Y, como tu bien has dicho, no tengo corazón.

El agua estaba fría, muy, muy fría. Sentí que la piel se me ponía de gallina, y que me asfixiaba por la fuerza del agua al tomar contacto con mi cara. No podía ver, así que a tientas busqué la ducha para apartarla, pero con lo único que topé fue con los hombros de Malfoy. Me aferré a él para no caerme, moviendo mi cabeza de un lado a otro para tomar aire. Escuché su risa, noté que la camisa se pegaba a su piel, al igual que mi vestido. Luego la fuerza del agua me descendió por los pechos, el vientre y las piernas. Cuando pude volver a mirar, ambos estábamos empapados. Tenía el pelo pegado a las mejillas, y los dientes me castañeaban de frío. Malfoy no estaba mejor que yo. Su camisa blanca dejaba marcado cada porción de piel pálida, cada músculo de sus brazos en tensión por mi agarre y el de la ducha. Parecía no tener frío, o no sentirlo, porque su labio no temblaba, todo lo contrario: Sonreía. A través de las hebras rubias, observé sus ojos grises, y supe que aquello lo estaba disfrutando, y mucho. El verme allí indefensa, muerta de frío y casi sin aliento le satisfacía. Pero no iba a rendirme a él, no sin antes luchar.

- Bastardo.

- Sabelotodo.

- Egocéntrico.

- Niñata.

- ¡Mortífago!

- ¡Frígida!

Abrí la boca con espanto, y antes de que pudiera pensar en lo que hacía, le pegué un bofetón. Me arrepentí nada más hacerlo, pero no iba a admitirlo.

Una de mis manos aún seguía aferrada al hombro de Malfoy, y la otra, la que había utilizado como arma, me escocía. Cuando miré su rostro, este estaba ladeado, dejando expuesta su mejilla enrojecida con cinco dedos perfectos dibujados en ella. Tragué saliva, aguantándome las ganas de llorar. Mi respiración estaba acelerada, y seguía con el cuerpo entumecido, pero no me moví. Cuando se giró y sus ojos encontraron los míos, estaban llenos de furia, de rabia e indignación. Lo había humillado. Noté mi pecho subir y bajar; bajar y subir. No tuve tiempo de más. Las manos de Malfoy me sujetaron la cintura, atrayéndome a él sin dilaciones.

Y justo en ese momento, Draco Malfoy me besó…

Por segunda vez.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

El contrato Capítulo 13 (Theo y Luna)



Hola chicos^^.

Yo sé que no es mucho, pero os voy a poner la parte que me queda del capítulo trece. Sé que me vais a echar la bronca por desaparecer, pero es que por cuestiones de salud me he debido mantener al margen. Voy a ser mamá, y he sufrido una amenaza de aborto, así que los médicos me han ordenado reposo. El viernes me dirá si sigo con el reposo o ya puedo continuar con mi vida normal, así que tened paciencia, por favor. Gracias a todas las chicas, como siempre, por preocuparse por mi, en especial a Carol, que continuamente pregunta por mi estado de salud y se hace cargo de todo. Os adelantaré que en eñ próximo capítulo hay dos muertes, el ya tan esperado acercamiento entre Draco y Hermione, y concoeremos al antiguo amor de Draco. Pero deberéis esperar hasta final de semana. Sé que os pido mucho, pero ¡haced un esfuerzo!

Y ahora sí, ¡a leer!


***********

Muéstrame lo que es
Ser el último esperando
Y enséñame la diferencia entre el bien y el mal
Y te mostraré lo que puedo ser

Dilo por mi
Dímelo
Y dejaré esta vida atrás
Dime que vale la pena salvarme

Savin Me By NickelBack


Cuando Theodore Nott consiguió llegar a casa de Luna Lovegood, era casi medianoche. Todo estaba oscuro, y salvo los ronquidos de Qué en su jaula, el aire era denso, silencioso y con ese olor peculiar del apartamento, mezcla de jardines y animales que a Theo siempre le hacía recordar una pradera. Las cosas seguían en su lugar, y el queso putrefacto descansaba en la encimera, dónde Luna lo había dejado después de hacerse un aperitivo antes de ir al cine. Determinó, entonces, que allí no había nadie.

Nott había visto salir a la muchacha del cine sin decirle nada, y esperó a que despareciese de la vista para seguirle los pasos, amparándose en la muchedumbre con la esperanza de no ser descubierto. La vio bromear con una familia que pasaba, detenerse en una tienda de animales y incluso comprar un batido de fresa por el camino. La perdió de vista al entrar en el edificio, y permaneció al menos dos horas oculto entre las sombras, esperando. En todo el trayecto no le habló, por miedo a que montara una escena en plena calle, aunque Theo sabía en el fondo de su mente que aquello era mentirse a sí mismo. Luna no era así. Ella no gritaba en medio de un mar de personas, ni era dramática. Loca sí, pero no dramática. Más bien se quedaba mirándote, con esos ojos enormes y azules que casi parecía salírsele de las órbitas. En realidad, y aunque le costara admitirlo, se sentía sin fuerzas para enfrentarse a ella, o mejor dicho, enfrentarse a la verdad.

Porque una cosa era que su cerebro descubriese que le gustaba, y otra muy distinta reconocerlo ante los cuatro vientos, o delante de ella. ¿Qué haría Luna? ¿Reír? ¿Llorar? ¿Pensar que un escreguto de cola explosiva le quemó las neuronas? Eso tenía sentido, porque Luna estaba loca, y era maniática, y tenía una risa histérica y hablaba de cosas que Theo no entendía -como los cambios hormonales de los doxys en primavera o de unos seres que te causaban diarrea al instante con una sola mirada-. En definitiva, aguantaba a Luna doce minutos seguidos, porque al que hacía trece ya estaba desesperado por encontrar a alguien relativamente normal.

Pero a pesar de todas sus manías y vicisitudes, Luna también era agradable, y le traía golosinas aunque no tuviera porqué hacerlo, y cuando sus labios se estiraban y aparecía su sonrisa, el mundo se detenía durante dos segundos. Ese pequeño mini-mundo en el que se paralizaba su corazón, le costaba respirar, y sólo tenía ojos para Luna y su sonrisa, su mirada azul de psicópata empedernida y esa piel casi albina. Para sus locuras y extravagancias, sus pendientes de rábanos y su pijama hortera. Pero era Luna Lovegood, Ravenclaw, bruja adicta al tai-chi y vegetariana para más señas, y a él le gustaba que fuera así. Porque de lo contrario no sería Luna Lovegood. Sería otra persona, como Miranda, o Roberta, pero no tendrían el encanto de ella, ni su sonrisa, ni su cabello recogido como un repollo. Por lo tanto, convino Theo, el amor no es que sea ciego, sino que te hace ciego. Ahí radicaba la diferencia.

Si alguien le hubiese dicho que le gustaría alguien como Luna hace un mes le habría golpeado. Ahora, no era el caso precisamente. Antes no conocía a Lovegood, y, bueno, no es que en esos instantes supiera mucho de ella, pero estaba claro que lo que había descubierto bien valía la pena de arriesgar su cordura por estar con ella.

Y eso, todo hay que decirlo, era un gran avance.

Avance hacia la locura, obviamente.

Theodore Nott anduvo unos pasos hacia el baño, pero tropezó con la jaula de Qué, el cual soltó un chillido que rasgó el aire. Masculló un par de obscenidades, antes de alcanzar la varita guardada en el bolsillo trasero de los vaqueros.

- Lumos – susurró al aire, y un halo de luz emergió de la punta de la varita al instante.

Avanzó hasta el baño, y luego, con inseguridad, llamó a la puerta de su dormitorio. Al ver que no respondía, se puso a hablar a través de la puerta:

- Ey, Lovegood, sal de ahí. Tenemos que hablar – esperó una respuesta pacientemente durante treinta segundos, pero estaba claro que ella no pretendía dar su brazo a torcer tan fácilmente. Típico de las mujeres, opinó Theo mentalmente, recordando a su hermana Diandra y las rabietas de las que hacía gala cuando algo no iba tal y como ella pretendía. Seguramente, todas las mujeres eran iguales en ese estilo.

La diferencia, sin embargo, recaía esta vez en que la culpa la tenía él. No pudo evitar enfadarse con Luna y Albert, a pesar de que sabía de antemano que no tenía sentido, pero en esos instantes de irracionalidad dejó que su rabia fluyera libremente por su cuerpo, y en especial por su boca.

- Mira, yo… - meditó un poco las palabras, escogiendo cada una con cuidado – No pretendía sonar grosero, ¿vale? Simplemente estaba… confuso, con Albert. No me gustó la forma en la que te trató. Así que… lo… lo siento. Siento lo que te dije y el modo en que te lo dije.

Hala, ya está, se había disculpado. Era la primera vez que pedía perdón en, ¿cuánto? ¿Cinco, seis, siete años? Tan lejano quedaba ya el recuerdo en su cabeza que apenas lo podía calificar en un esquema temporal. Esperó en otro intervalo de dos minutos, esperanzado en que Luna le perdonara, pero nada sucedió. La puerta seguía cerrada ante sus narices, y Theo empezaba a impacientarse. Se recostó en el marco de la puerta, haciendo dibujos invisibles con el dedo en ella.

- Oye, sé que cometí un error, pero estás sacando las cosas de quicio, ¿no crees? Sal de ahí, y aclaremos esto como adultos que somos. Hablarle a un trozo de madera me resulta bastante incómodo – al ver que ella no respondía y habían pasado diez minutos, tomó una decisión – Mira, si no sales de ahí cuando cuente tres voy, voy… a entrar. Sí, eso, a entrar. Y me da igual si te enfadas y me gritas.

Se cruzó de brazos con gesto triunfante, pero ni la amenaza tuvo efecto. Luna permanecía en un mutismo inusitado en ella, y para colmo de males Qué no paraba de emitir sonidos quejumbrosos. La cabeza de Nott estaba a punto de estallarle de la presión, notaba la sien palpitando peligrosamente, y la bilis subiéndole con un regustillo a palomitas de maíz.

- Muy bien, muy bien. – alzó un dedo – Uno. Uno… y medio. Dos. Dos y medio. Dos y tres cuartos. Dos y tres cuartos con cinco. ¡Luna, sal de una maldita vez!

Y abrió la puerta de golpe. Las luces se encendieron automáticamente – seguramente por un encantamiento- y Theo se encontró con unas paredes pintadas en un turquesa chillón, adornadas con guirnaldas de flores rojas y blancas alrededor; cojines, peluches, un póster de un chino y el estandarte de Ravenclaw… pero Luna no estaba allí.

- Oh, mierda.

Había una cama, pinturas y pinceles repartidos por el suelo, aunque por el resto todo estaba bien ordenado: La ropa en su sitio, el espejo sin una huella, y un león que rugía descansaba sobre la mesa de estudio. Fue entonces, al girarse, cuando Theo vio al otro Theodore Nott.

Descansaba sobre un caballete, rodeado de paletas y pinceles deshilachados y a medio colorear. No sabía cómo, ni cuándo fue que Luna lo vio en ese estado, pero podía verse reflejado con claridad en el cuadro dibujado a esbozos. El cabello negro revuelto, el ceño levemente fruncido, los labios entreabiertos. Incluso esas manos puestas como puños bajo su barbilla era un gesto característico en él, tanto, que Pansy le había apodado “el gran bebé” años atrás. Se acercó un poco más, lo justo para tocar su nariz en la tela con la punta de los dedos.

Ese era él, y Luna le había dibujado, pero ¿por qué?

No sabía si sentirse halagado o enfadado. Calibraba la respuesta cuando un vaso lleno de pinceles cayó de la tarima del caballete, yendo a parar al suelo. Theo se agachó a recogerlos, y al coger el de punta gorda escondido entre dos libros, vio que allí, oculto entre los lomos de uno, había una carpeta que ponía su nombre. Tardó diez segundos en procesar la información, tres en alzar la mano con dedos temblorosos, cinco abrirla y treinta el recuperarse. Sus ojos se dilataban con cada página que pasaba, con cada gesto, mirada, momento o pensamiento que Luna plasmaba en ellos.

Uno, dos, tres, quince, veinte, cuarenta y siete… había más de cincuenta retratos de su semana con Lovegood. En uno aparecía con Qué mordisqueándole el dedo. En otro, reía mientras comía caramelos. Uno que miraba por la ventana con mirada ausente, casi perdida en el infinito. Pero el que más le gustó a Theo fue el último. Estaba hecho a carboncillo, y en él se reflejaba un Theo sonriente, feliz, sus ojos achinados de la risa, con esas arruguitas típicas alrededor. Ese era él. Theodore Lucas Nott, visto a través de los ojos de una mujer. Y era tan bonito, tan hermoso, que le daba hasta miedo el ver cuán bien lo conocía.

- Lo siento – y Theo supo por su hilo de voz, sin mirarle a la cara, que Luna realmente lo sentía.

Se incorporó lentamente, volviéndose para enfrentarla.

- No tenía intención de…

- Lo sé.

Allí estaba ella, sus ojos azules sosteniéndole la mirada. Limpia, sincera, sin un atisbo de maldad o mentira, tan diferente a lo que Theo conocía, contrapuesta a sus principios e ideología impuesta, su educación, ética y moral. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró pronto, aturdido, sin saber qué iba a hacer o decir.

- Sé lo que estás pensando, ¿cómo es que esta loca me dibuja a escondidas? – estiró la mano y alcanzó uno de los bocetos – No lo sé, la verdad es que no tengo respuesta para ello. O tal vez sí. Siempre dibujo lo que tengo en mente, como unicornios, o mis amigos, o Johnny Depp. Pero desde que tú llegaste… ¡todo es un desastre! En mi cabeza no hay animales, ni revistas, ni excursiones. Sólo está Theo comiendo, Theo durmiendo, Nott riendo, Nott roncando o depilándose. ¡Y debo dibujarte! Porque no puedo hacer otra cosa para expresarme, para olvidarte o sacarte de mi cabeza. Es agobiante pensar en ti siempre, sobretodo cuando eres un capullo impresentable que aseguras me acuesto con cualquiera.

- Fui un idiota – se apresuró Nott a responder – No era mi intención dañarte o…

- Bueno, al menos admites que eres idiota – le concedió. Luego permaneció callada unos segundos, acariciando el dibujo entre sus manos – Crees que estoy loca, ¿verdad? Me refiero a esto de que me gustes.

Nott se rió con ganas, sintiendo el corazón latir en las sienes.

- ¿Te estás declarando, Luna Lovegood?

- Bueno, capaz de que me jubile antes de que te des cuenta de mis sentimientos. Tenía que hacerlo antes de quedarme con las ganas, ¿no?

- Estás loca – le aseguró, mientras se acercaba a ella y le rodeaba por la cintura, atrayéndola a él, dejando su frente descansar contra la de ella.

Piel con piel, sentimientos abiertos a un mundo incierto. Con cada latido de su corazón, Theo percibió que el aroma de la habitación cambiaba. Pum. Pintura y madera. Pum. Fresa y palomitas. Pum una sonrisa de Luna. Pum…

No pudo recordar más, porque cuando Luna lo besó, el mundo entero desapareció de su vista. Sólo podía sentir los labios de Luna, el cuerpo. El cabello de Luna entre sus dedos. Luna y su lengua, que jugaba con la suya, tan inexperta a pesar de los esfuerzos de ella. Lovegood y ese suspiro anhelante, casi obsceno, que resultaba intrigante. Las manos en su cuello, atrayéndolo más. Comiendo de su boca, beso a beso, palmo a palmo, suspiro a suspiro. Tan bonita como loca. Tan extraña como coherente. Día y noche, y sin embargo ahí estaban, el uno con el otro, sin importar nada más.

Mañana podía morir tranquilo.

Cuando se apartaron, mantenía los ojos cerrados y una sonrisa boba en el rostro. La abrazó con todas sus fuerzas, resguardándola entres sus brazos mientras se tumbaban en la cama en silencio. Se sentían perfectos uno junto al otro sin tener que ocultar nada, sin dar explicaciones a nadie, dando rienda suelta a sus sentimientos, dándose cuenta que no todo lo que se dice de Theo es cierto, ni que Luna fuera una loca era verdad..

- Nott…

- ¿Mhmm?

- La próxima vez que me beses, deberías tener más cuidado.

Theo se incorporó un poco, el ceño fruncido y un gesto se asombro en su cara.

- ¿Te hice daño? Digo, no suelo ser un bruto con las chicas pero…

- No, no, no – le cortó Luna - ¡Todo fue perfecto! Es sólo que mi padre me contó que cuando dos magos se besan, los Snowies de cola brillante aprovechan los momentos de lujuria para meter hebras de sus colas en las bocas de los magos y dejar a la bruja embarazada.

- A la bruja.

- Sí.

- Embarazada.

- Ajá.

Theo tardó dos segundos en reponerse, antes de encogerse de hombros, volver a tumbarse y seguir acariciando el cabello de Luna.

- Intentaremos hacerlo la próxima vez con la luz apagada, así no sabrán donde estamos.

- Es una buena idea. Gracias.

Después de todo, cuando te gusta una persona lo aceptas con lo bueno y lo malo. En el caso de Lovegood, era lo bueno y extravagante.

********

Ya sab´ñeis, de todo menos virus.

¡Nos vemos muy pronto!

viernes, 6 de noviembre de 2009

El Contrato Capítulo 13 (1º Parte)




Os merecéis un altar.

Yo tengo dos blogs. Uno es para colgar reseñas de libros -alegriazul.blogspot.com- y el otro de fics, que es éste. Uno es conocido -el anterior- y el otro casi inexistente -que vuelve a ser éste-. No por nada, es que como yo cuelgo las mismas historias en fanfiction, pues sólo tengo éste pequeño rincón para gente que no conozca la página. Además, no sé hacer botones ni nada -el otro blog fue diseñado por Glad y Reprisse-, aunque penséis lo contrario, por eso no le doy publicidad a éste blog.

Pero para mi sorpresa, últimamente Mi Friki Mundo 2.0 está siendo muy visitado -¡no me lo creo, pero es cierto!-, y me dejáis comentarios tan simpáticos y amables que, bueno, me da hasta vergüenza haceros esperar tanto. Sois geniales, todos, en especial Carol, Helena, Juliette y Nicole, que me insistís para que publique cada día prácticamente XDD. Siento tardar tanto, pero las correcciones del libro me traen de cabeza, y sólo puedo escribir éste fic entre los huecos que tengo libre. Aparte, tengo una hija a la que adoro, y ella tiene sólo dos añitos y necesita de mí, y yo de ella; por eso ahora me encantaría tener el poder de teletransportarme o alargar los días y tener tiempo para todo, ¡pero no puedo!.

Yo el capítulo trece lo tenía escrito. Lo juro, lo tenía, pero cuando lo releí para empezar el catorce... no me gustó. Lo veía muy soso, sin vida, y es por ello de que empecé a reescribirlo, añadiendo comentarios, diálogos y descripciones que me salté la primera vez por ir con prisas.

Y hoy, voy a colgar la primera parte. Son unas quince o diecisiete páginas, más o menos,y las voy a poner exclusivamente aquí. Con ello, quiero darles un premio a todos aquellos que seguís este blog, que me dejáis mensajes, pero en especial a Carol, Nicole, Helena y Juliette. Y con más cariño que a ninguna a Carol, porque me ha seguido desde que nació El Contrato, y ha estado al pie del cañón, con su tozudez para crear incluso mi club de fans XD.

Esta primera parte, es mi forma de daros las gracias a todas y cada una de vosotras. Espero que os guste tanto como a mi me encanta escribirlo -¡aunque sude horrores!- y que sigáis disfrutando cada segundo de ésta historia que, sin llegar a ser buena, os ha conquistado a todos.

Muchas gracias de nuevo.

Besos.

Shashira


Capítulo 13: Sálvame

Las puertas de esta prisión no abren para mí.
Me arrastro sobre estas manos y rodillas
Oh, intento tomarte de la mano.

Estoy aterrorizado entre estas cuatro paredes
Estas barras de hierro no pueden aprisionar mi alma
Todo lo que necesito es a ti

Ven, por favor, te estoy llamado
Y, oh, estoy gritando
Ven deprisa, que me caigo
Estoy cayendo, cayendo…

Savin Me By NickelBack


El salón del pequeño apartamento estaba a oscuras, iluminado intermitentemente a fogonazos cuando un relámpago surcaba el cielo. La lluvia en el exterior era una cortina plateada, una tela sedosa y en constante movimiento que apenas dejaba vislumbrar las formas de las farolas en la calle de en frente. Un paraguas de vivos colores apareció de la nada, amparando dos figuras que intentaban guarecerse de la tormenta en su interior sin conseguirlo. Lo siguió unos segundos, el tiempo que le tomó al paraguas desaparecer calle abajo, torciendo la esquina con rapidez mientras los zapatos de sus ocupantes chapoteaban en los charcos. Suspiró. Sus ojos enfocaron lentamente el cielo, de un morado intenso, y un relámpago tronó en la lejanía, augurando una guerra sin tregua allá en las alturas, la eterna lucha de los dioses. Entornó la mirada cuando exhaló el humo de su sexto cigarrillo, aspirando el aroma de la vainilla que impregnaba la estancia. Fumaba apoyada a medias en la ventana, observando la belleza de la tormenta, mientras la idea le rondaba una y otra vez como un cartel de neón en la cabeza.

Mañana voy a morir.

Pansy Parkinson se había imaginado muchas veces lo que pensaron sus padres en el momento de su asesinato. Cerraba los ojos mientras dibujaba el sentimiento de la ira, la confusión, la decepción, en el rostro de ellos. Ciertamente, ahora los envidiaba. Sus padres, al menos, habían disfrutado de la vida, de un amor mutuamente profesado tras un largo matrimonio y años de noviazgo. Ellos crearon una familia, la hicieron feliz durante diecisiete años, y nunca, jamás, se sintió sola hasta que ellos murieron. Fueron sumamente felices, y lo sabía, igual todos sus allegados. Pero ella, ¿qué había hecho ella en la vida?

Apagó el cigarro en un cenicero cercano y prendió otro de inmediato, sintiéndose más desvalida y angustiada que nunca. En estos años, no hizo absolutamente nada que fuera memorable. Su día a día se basaba en ir al trabajo, de compras, con sus amigas, llegar al límite de lo permitido, de lo prohibido.

Como Bill.

Se convirtió en su amante, aún sabiendo que tenía una hermosa mujer esperándole en casa, pese a que tenía tres hijas maravillosas que lo amaban con locura, incluso a expensas de destrozar una familia. No le importaba. Ahora que estaba a punto de morir, Pansy Parkinson quería ser sincera, no con los demás, sino consigo misma: Ella lo engatusó porque sabía que era un imposible, simple y llanamente. Quería acostumbrarse a ese querer furtivo, frío e inherente que no la ataba a nada, que la hacía ser libre por si algún día muriese, nadie la llorara como ella tuvo que llorar por sus padres. Renunciar a ser ella misma, una y otra y otra vez, por miedo a enamorarse de la persona equivocada, por caer rendida a los pies de alguien que le destrozara el corazón sin contemplaciones. Se encerró en la coraza de femme fatale, yéndose a la cama de cualquier tipo guapo como una depredadora para, al amanecer, despertar de nuevo siendo Pansy, esa chica Slytherin que nunca sería feliz porque le da miedo atarse a alguien que luego pueda traicionarla, volverla independiente para luego marcharse por dónde vino.

Era el momento de arrepentirse.

Con pasos lentos y aún en la oscuridad, Pansy se dirigió hacia la puerta del apartamento de Ron, giró el pomo, y empezó a descender los peldaños. Notaba el frío recorrerla desde la punta de sus pies descalzos hasta llegar a la nuca, donde los pelos se le erizaban. Llevaba un camisón largo de tirantes, en un tono azul eléctrico. Sus manos se deslizaron por el pasamanos de madera que había visto mejores tiempos, sus manos hicieron clic en la cerradura, abrió el portal desvencijado y salió a la fría noche.

Alzó el rostro al cielo para que la lluvia golpeara sus párpados cerrados, el pelo, la boca, y se metiera sin tregua por la nariz o quedara suspendida en la punta de las pestañas, como perlas mágicas. Sentía las hebras pegadas en el mentón, e hizo ademán de apartarlas para sentir con más nitidez las heladas gotas sobre su cuerpo. En pocos segundos el camisón se convirtió en su segunda piel, mientras la lluvia seguía con musicalidad su incesante tap tap tap al morir en el suelo, lleno de charcos embarrados. Tenía frío, y temblaba, pero todo en ella era ahora tranquilidad. El nudo de su garganta, ese que la había tenido muda y absorta durante el día, la dejó respirar por primera vez en horas, mientras que un calor sofocante le corría por la venas, hasta desembocar en una explosión fulminante en los párpados cerrados.

Tiró la colilla al suelo y con voz temblorosa le habló al cielo, a los relámpagos que eran testigos de su locura. Pero, sobretodo, Pansy le habló a la verdadera Pansy, a esa que había mantenido oculta:

- Yo, Alexandra Patricia Parkinson, me arrepiento de no haber sido feliz, de haber consentido que el egoísmo me ganara la batalla y dejarle hacer de mí algo que no soy. Me arrepiento de nunca haber amado, de desear lo que sabía que no me pertenecía, destrozando a mi paso una familia entera para obtener mi propio beneficio. Yo, Pansy Parkinson, me arrepiento de no haberme enamorado nunca de nadie excepto de mí, cuando muchos han sido los que me han demostrado su cariño. Pero de lo que más me arrepiento, es de no tener el suficiente tiempo para dar marcha atrás y poder redimir mis pecados, convirtiéndome así en la mujer que quiero ser y...

No pudo terminar.

No quería morir, no quería morir, ella era joven y necesitaba la vida, poder crearse a sí misma, y conocer a ese pelirrojo que ahora dormía tranquilamente dos plantas por encima suya; a ese Weasley que se reía con tebeos, dejaba la ropa tirada y se ponía los mismos calcetines tres días seguidos. Ron, que le regalaba sonrisas por las mañanas, y la llevaba de paseo por el pueblo y cocinaba de pena. Weasley provocando que cuando su brazo rozaba el suyo el corazón se parara, como el espacio-tiempo, y sólo existiera él, y su mirada, y sus pecas, y su risa. Él, que lo iba a perder antes de haberlo tenido.

Deseo… deseo…

Él. Él. Él. Él. Él.

Pero no podía, simplemente no podía.

Cayó al suelo de rodillas cuando sus piernas flaquearon, temblando, los dientes apretados, un grito ahogado en la punta de sus labios. Rabia, dolor, impotencia, decepción.

Amor.

Y por primera vez en muchos años, Alexandra Patricia Parkinson rompió a llorar.

*****************

Muéstrame lo que es
Ser el último esperando
Y enséñame la diferencia entre el bien y el mal
Y te mostraré lo que puedo ser

Dilo por mi
Dímelo
y dejaré esta vida atrás
Dime que vale la pena salvarme

Savin Me By NickelBack


Había alguien en la habitación.

Estaba tumbado de costado en la cama a oscuras y en silencio, pero a pesar de todo, supo con certeza que sus instintos no lo engañaban. Se removió un poco sobre el colchón, fingiendo tener un sueño inquieto para así poder alcanzar la varita, que estaba escondida bajo la almohada. Buscó a tientas hasta que dio con uno de los extremos, aferrándose a ella con fuerza. Meditaba sobre si saltar de la cama hacia el lado contrario de su visitante o cogerlo desprevenido yendo directamente hacia él. La primera opción le convencía, aunque tal vez la distancia jugara a favor de su atacante y saliera huyendo. Mal asunto.

En el curso de postulantes para aurores había recibido mucha teoría al respecto, y siempre se les recomendaba mantener la calma, pensar fríamente las opciones y sobretodo manejar hábilmente el factor sorpresa. Era crucial esto último, ya que no ofrecería la misma resistencia, ataque o defensa si no se esperaba el ataque. Evidentemente, conservar la calma era harina de otro costal. Nadie en su sano juicio, aunque fuera un auror consumado, podía el nerviosismo que precede cualquier emboscada.Pero a Ron le gustaba experimentarlo: La garganta seca, el corazón latiendo desenfrenado, las manos sudorosas, el frío en la espina dorsal... Todos los factores implicaban una repsuesta natural de su cuerpo, y por consiguiente, la certeza inmediata de que seguía con vida.

Y a Ron le encantaba su vida.

Volvió a removerse en la cama, ésta vez tomando la postura adecuada para abalanzarse sobre el visitante. Los músculos tensos, las piernas felxionadas. Con suerte, lo empotraría en la pared y Pansy no se habría enterado del ataque. De repente ese nombre le hizo abrir los ojos de inmediato. ¿Estaría bien? ¿La habrían agredido? Podía estar viva o muerta, y la duda sólo hizo aumentar su nerviosismo. Sintió entonces una urgente necesidad de salir escopetado de la cama e ir a ver cómo se encontraba, ignorando completamente al atacante. Claro que su sentido del deber era más fuerte, ¿verdad? No estaba del todo convencido. Inspiró aire, conservándolo en los pulmones durante tres segundos.

Vale, es ahora o nunca.

Y atacó.

No contaba con que las sábanas se le harían un revoltillo cuando se incorporó, haciéndolo caer al suelo de boca de forma estrepitosa. Mierda, mierda, mierda. Aguardó un golpe seco en la espalda, o una maldición, pero nada sucedió. Al girar la cabeza, lo único que encontró frente a él fueron unos pies descalzos llenos de barro; la mirada continuó su ascenso hasta un camisón azul eléctrico de escote profundo, y allí, iluminada por la luz de un relámpago, pudo ver los ojos azuules de Pansy Parkinson en la oscuridad.

- ¿Tú? - preguntó, levantándose del suelo. Un alivio le recorrió cuando se dio cuenta de que estaba perfectamente bien, pero pronto se vio reemplazado por el enfado. Con ayuda de su varita, encendió una vela que descansaba en la mesilla de noche y se preparó para regañarla - ¡Podías haber llamado antes de irrumpir en mi dormitorio! ¿Sabes el susto que me has dado? Pensé que eras un mortífago y... y... - se detuvo al ver que estaba mojada de pies a cabeza. El cabello negro goteaba agua en la moqueta, y el camisón estaba manchado de barro y se le pegaba peligrosamente, exhibiendo más de lo que Ron deseaba admirar para no perder la compostura, sobretodo porque él mismo estaba en calzoncillos y camiseta - ¿Qué te ha pasado?

Dio un paso hacia ella para comprobar su estado, pero Pansy retrocedió a la vez, guardando las distancias. Ron se sentó en la cama, dándole tiempo y espacio para ver si así reaccionaba. Los ojos azules de Parkinson estaban brillantes, algo enrojecidos, y aunque evitaba mirarle directamente Ron supo que había llorado. Se sujetaba los brazos ella misma, y le recordó a una niña desvalida, sola e insignificante en el mundo. Era desconcertante la forma en la que huía de él, como si le temiera.

- No voy a hacerte daño, Pansy, yo...

- Victoria y Orión.

Ron parpadeó, intentando comprender sus palabras.

- ¿Qué?

Ella alzó el mentón, mirándole de una forma extraña. No era la Pansy que conocía, esa chica fuerte, de carácter voluble y un tanto brusco. Allí solo había vulnerabilidad. Eso no encajaba para nada con ella y su personalidad.

- Una vez me preguntaste por las iniciales de mi tobillera, y aseguraste que eran de un amante - entonces abrió la mano, y dejó suspendida en el aire la fina cadena que Ron recordaba, dónde se podían ver las letras entrelazadas como serpiente - Victoria y Orión Parkinson. Son las iniciales de mis padres. - sonrió un poco, sólo un poco, como si hiciera un esfuerzo terrible por curvar la comisura de sus labios - Ya ves, estabas equivocado.

- ¿Por qué? - preguntó él, confuso - ¿Por qué no me lo dijiste? Si lo hubiese sabido, no me habría burlado de ti. Bueno, sé que soy un poco bocazas a veces, pero no era mi intención herirte ni nada - se pasó una mano por el cabello, revolviéndolo - Joder.

Pansy se encogió de hombros.

- Nunca se lo he contado a nadie. Lo considero demasiado privado.

- No quieres que te conozcan.

- No, no quiero.

- ¿Y ahora?

No le respondió. Ron observó su perfil recortado por la luz de la vela, lleno de sombras, de luz y tierra de nadie. Pansy se acercó a la cama. Ron percibió que olía a lluvia y humedad, a hierba cortada, y violetas; también a tabaco. A pesar de estar empapada, podía sentir el calor manando de ella. Sentándose junto a él, Pansy le cogió la mano y le puso en la palma la tobillera; luego, cerró sus dedos sobre ella.

- Quédatela - le dijo con un hilo de voz.

- ¡No! - exclamó Ron, un tanto abrumado - Es tuyo, tiene un significado importante para ti.

- Por eso quiero que lo tengas.

- Pero, ¿por qué?

- Porque mañana voy a morir.

No estaba llorando cuando dijo esas palabras, sino que permanecía allí, seria, con el cabello negro cayéndole sobre el rostro, evadiendo de nuevo su mirada, pero aún así decidida. Él cogió su mentón con el índice y el pulgar, obligándola a girarse.

- Mírame - le dijo, pero ella movió la cabeza, terca como siempre - Mírame, Pansy - esta vez su voz sonó autoritaria hasta para ella, así que le hizo caso - Mañana, en el partido, todo va a ir bien, ¿entiendes? Estaremos allí, Harry, Hermione, el departamento entero de aurores y cientos de personas para protegerte a ti y a los demás.

- Pero Lucius aseguró...

- Malfoy puede besarme el culo - le cortó, y ella soltó una débil carcajada - No vas a morir, Pansy, no mientras yo esté allí.

Ella apartó su mano del mentón, y suspiró un poco cansada, casi exhausta. De nuevo sus ojos eran esquivos, sin querer mirarle fijamente. ¿Asustada? se preguntó Ron, viendo cómo se retorcía las manos en el regazo.

- He hecho cosas malas, Ron, cosas muy malas. Quizá merezco lo que me está pasando.

En los días anteriores, Ron la había observado, hasta el punto de admirarla profundamente. Mientras que otra mujer en su situación hubiera tenido un ataque de histeria día sí, y día también, Pansy Parkinson se había comportando con naturalidad. Pasearon la mayoría de las tardes por el pueblo, fueron a tomar algo a la taberna de Tristan, e incluso jugaron al billar con los obreros de la fábrica de salazones. Había descubierto, así, que a Pansy no le importaba la gente y el lugar, siempre y cuando estuviera cómoda.

Y mientras meditaba sobre lo admirablemente diferente que era de otras chicas que conocía, también se dio cuenta de que era guapa, con una bonita sonrisa, y un hermosos tatuaje de una flor de lis en la cadera izquierda, que simbolizaba, según ella, uno de sus personajes literarios favoritos, una tal Madame de nosequé, protagonista de una novela llamada "Los tres Mosqueteros". También se descubrió, un día, imaginando besar ese tatuaje, y esa cadera, y esa piel blanca que se le antojaba sensual y apetecible, muy, muy apetecible. Por todo ello, no podía hacerse a la idea de que ella hubiese hecho algo en ésta vida lo suficientemente cruel como para morir de aquella forma o siquiera merecer la muerte.

- Te subestimas demasiado, Parkinson - aseguró - ¿Acaso eres un mortífago encubierto? - cuando ella lo miró alarmada, añadió - Bien, entonces, no veo nada que...

Pansy le puso los dedos en los labios para acallarlo, y ese simple roce hizo que Ron se estremeciera. Sus manos estaban frías, heladas, y las yemas palpitaban contra su piel, por el contrario caliente.

- Tú no me conoces - su voz sonó abrupta, y se fue elevando poco a poco - He estado con miles de hombres, Ron, ¡millones de hombres! Uno de ellos, incluso, es casado.

- La gente cambia – refutó – Tal vez sólo necesites un tiempo para dejar esos… hábitos.

- ¡Yo no puedo cambiar! - le gritó, poniéndose en pie. Estaba furiosa, realmente furiosa - ¡Nunca he mirado por los demás, Weasley, nunca! Siempre he sido yo, y mi mundo soy yo. No pensé, ni un instante, en esa familia que pude destrozar, en ese hombre con hijos, y esposa. Vivo el día a día sin mirar atrás, sin darme cuenta de quién o qué piso. ¿Es que no lo ves? Mi egoísmo me ha convertido en algo que no quise ser, en un monstruo, ¡un monstruo! Y ahora, es tarde para mí.

- Todos se merecen una segunda oportunidad. Si tú quieres puedes...

- ¡Es que no se trata de querer, es que no tengo tiempo! - apartó los mechones negros de sus ojos, y vio que ahora sí estaba llorando - No hay nada que desee más en esta vida que cambiar, que ser yo misma por una vez, sólo una vez, sin tener que aparentar delante del mundo. Experimentar el deseo, el amor verdadero. Tener una familia - se acercó a la cama, tomando asiento a su lado de nuevo - Tú has hecho que desee cambiar, Ron, y por eso quiero que te quedes con la tobillera.

Ron abrió la mano y miró la cadena plateada con las iniciales, luego volvió a fijarse en el rostro de Pansy, que, implorante, esperaba su respuesta.

- Quiero que me respondas una pregunta, y que seas sincera.

Pansy se secó las lágrimas, asintiendo.

- De acuerdo.

- ¿Has fingido conmigo? Estando aquí, en mi casa, ¿has interpretado un papel?

No se lo había esperado, y se removió inquieta, evadiendo su mirada nuevamente.

- Ron...

- Contéstame.

- No - y entonces pasó algo maravilloso: Pansy colocó una mano en su mejilla pecosa, regalándole una sonrisa hermosa, de esas que a él le encandilaban - Contigo he podido ser, en parte, más yo que con cualquier otra persona. Y eso que eres un completo desastre. – le dio un toque en la punta de la nariz con el dedo índice, como si fuese un niño pequeño y añadió - Si fuera posible… me gustaría que fueras mi desastre.

Ron tragó saliva, intentando comprender las palabras. Tal vez se estaba equivocando, o quizá escuchó perfectamente. Porque él pensaba que había interpretado la frase correctamente, es decir, todo lo bien que podía sin ser Hermione. Si ella estuviera allí, le hubiese pedido consejo, pero como no estaba, sólo quedaba preguntar, claro, por si las dudas.

- "Mi" es un pronombre posesivo, ¿verdad?

- Sí.

- Ah - se quedó en silencio, notando que su estómago le dio un latigazo de impaciencia, también que sus orejas ardían, mucho. – Vale. Guay. Genial.

Haciendo acopio de valor, Ron hincó una rodilla en el suelo, mientras que sobre la otra puso el pie derecho de Pansy, que guardaba silencio a la vez que seguía cada uno de sus movimientos con la sorpresa reflejada en el rostro

- Sabes, me gusta mucho ese "mi" - le decía Ron en voz muy bajita, mientras envolvía su tobillo con la cadena plateada de las iniciales. Cuando terminó, apoyó la frente en el regazo de ella, y añadió - Me gustaría que tú también fueras un "mi" para... mí.

Pansy le acarició con dulzura el cabello, y Ron notó que sus manos se sentían temblorosas.

- ¿De verdad lo quieres? - preguntó - ¿A pesar de saber que he estado con muchos hombres? ¿De mi maldad y egoísmo?

Ron irguió la cabeza, sonriente.

- Tú no eres así - le confesó, y Pansy vio cómo se multiplicaban sus pecas cuando amplió la sonrisa - No si me dejas estar contigo. El resto… puede mejorarse con el tiempo. Te ayudaré. Porque ya no habrá más hombres, excepto yo.

- Excepto tú. – le dijo Pansy, y la voz le salió rota: De nuevo lloraba - Eso me gusta.

- Bien.

Entonces, Ron se acercó a ella y con el dedo índice, recogió una lágrima de su mentón, llevándosela seguidamente a la boca. Luego, con lentitud, se incorporó y besó una de sus mejillas, junto donde resbalaba otra lágrima.

- Voy a beberme tus lágrimas – le susurró al oído, haciéndola estremecer – Voy a emborracharme con ellas, deteniéndome en todas y cada una, hasta que dejes de llorar. Y entonces será la última vez que derrames una sola gota en esta vida, Alexandra Parkinson, mientras yo esté contigo.

Pansy, sin responderle, se dejó hacer, cerrando los ojos y permitiéndose caer en esas nuevas experiencias que afloraban en su cuerpo. Notó los labios de Ron en la punta de su nariz respingona, en los párpados y de nuevo en la barbilla. Sólo abrió los ojos cuando él dejó de besarle el rostro. Cuando sus ojos azules se encontraron, él estaba muy serio, mirándola de un modo indescifrable, diferente completamente al de su hermano Bill. Era un nuevo cambio, y a ella le gustó.

Qué curioso, pensó Ron, que el destino cruce a dos personas como nosotros, cuando siempre nos hemos odiado. Primero en Hogwarts, luego en el mundo exterior. Ahora recuerdo la fiesta en ese restaurante moda como algo tan lejano, tan irrelevante… y sin embargo, fue el punto de partida de nuestra historia. Hilos transparentes que entretejieron mi vida, atándola a ella, con una hermosa trenza. Un helado, la camisa manchada, esa merienda extraña… y es que la vida, realmente, se alimenta de esos pequeños puntos de inflexión que, sin darte cuenta, casi inconscientemente, cambian el rumbo de los acontecimientos.

- ¿Qué piensas? – le preguntó Pansy, apartándole el flequillo del rostro.

- Cosas.

Y entonces, de un solo movimiento, la besó.

Ron había besado a muchas mujeres en la vida, pero apostaría su escoba a que ninguno era comparable a ese. No hubo colores, ni mareos, ni falta de respiración. Estaban tan compenetrados, que simplemente era… perfecto. Pansy sabía a tabaco, y a noches en vela. También, raramente, a moras. Sus labios, en un principio, permanecieron cerrados en respuesta, pero cuando Ron apoyó una de sus manos en el hombro, ella se envalentonó y le sujetó por la nuca, dándole la bienvenida entreabriendo la boca. La mano de la nuca le acarició el cabello, aferrándolo cuando le mordisqueó el labio inferior varias veces, mientras descendía por la barbilla hasta el cuello. Una vena latía visiblemente a un lado, y Ron le besó justo en ese punto, dejando un reguero de besos para deslizar su lengua a continuación. Se apartó unos instantes para admirar los ojos azules de Pansy, llenos de un brillo nuevo, incitante y excitante, que le invitaba a más, mucho más de lo que él hubiese esperado o imaginado.

Tragó saliva, abrumado.

- Creo que me das miedo – le confesó.

- Pues no muerdo – le advirtió ella, ladeando la cabeza – Al menos, no de momento.

Ron descendió la mirada hacia el hombro de Pansy, dónde sus dedos jugueteaban con el tirante grueso del camisón.

- Hazlo.

Después de un minuto de indecisión, lo deslizó suavemente por el brazo.

No era una súplica, sino una orden autoritaria de los labios de una mujer que se sentía deseable y deseada. Una mujer atractiva, fuerte y de incuestionable sabiduría. Una vez leyó un libro muggle, en el que decía que no había nada tan placentero como desnudar con tus propias manos el cuerpo de una chica. Nada era comparable a ello. Ni entradas para la final del mundial de quidditch, ni la mejor tarta de queso del mundo, o un juego de ajedrez milenario. Porque una mujer te pierde, se dijo Ron, te pierde y te vuelve loco, loco de atar hasta el punto de que no sabes dónde estás ni lo que haces, si esto está bien o te vas a arrepentir. Que te deja ciego de deseo, sólo anhelando verte reflejado en sus ojos, ojos azules, cristalinos, que suspiran por ti mientras te peleas con la cremallera de un estúpido camisón, mientras ella ríe y te alborota todo por dentro, muy adentro, allí dónde nadie ha podido llegar. Frío, calor, besos, sudor, lágrimas, diversión, deseo y secretos. ¿Cómo hemos acabado en la cama? ¿Dónde está mi camiseta? Y cuando por fin la tienes desnuda ante ti, sabes que has llegado al cielo, o al infierno, y que no puedes subir ni bajar más de lo que ya lo has hecho. Y es que ya no eres tú, no te controlas.

Porque tu mundo es ella.

Porque ella, mi mundo, se llama Pansy.

************
Las puertas del cielo no se abren para mí
Con estas alas rotas estoy cayendo
Y todo lo que puedo ver es a ti
Las paredes de esta ciudad no tienen amor para mi
Estoy en la cornisa de la decimoctava historia

Y, oh, grito por ti
Ven, por favor, te estoy llamado
Ven deprisa, que me caigo,
Estoy cayendo, cayendo…

Savin Me By NickelBack


PVO Hermione

Cuando era pequeña, mi madre siempre me decía que era muy lógica. Mientras los niños de mi edad se distraían jugando en la calle, yo leía a Platón; si las niñas cuchicheaban sobre un chico, yo les hacía ver que era un hecho constatado biológicamente el que desde los siete años encontráramos atractivo al sexo opuesto; si mi mejor amiga, Madda, decía que estaba enamorada, yo le aseguraba que eran simplemente sus hormonas. Siempre he sido racional e inteligente, y todo en mi vida ha estado calculado hasta el mínimo detalle, salvo mis aventuras con Harry y Ron, por supuesto. Pero guardando las distancias, hasta para eso estuve preparada, ¿o no fue que al atacar en la boda de Bill y Fleur pudimos huir y vivir clandestinamente en los bosques de media Inglaterra gracias a mi astucia?

No hay nada que me fastidie más que algo que no esté pensado de antemano. No entiendo a esas personas que viven el presente sin fijarse en el mañana, ¿cómo pueden estar tranquilos? Por eso siempre estudiaba duro en Hogwarts: Me asustaba tener que enfrentarme a un examen sin tener ni idea del tema, o sólo habiéndome aprendido los tres primeros pergaminos de apuntes. Harry asegura que soy una maniática, Ron que lo míos es locura obsesiva. Yo pienso que es precaución.

Estar preparada es algo importante, necesario, si deseo estar contenta conmigo misma. Por eso tengo una túnica asignada a cada día de la semana para ir al Ministerio, u horarios en los que evalúo mediante anotaciones mis avances o las tareas programadas. Racional, racional, racional. Yo soy racional. Una pregunta, una respuesta. Una causa, un efecto. Daños colaterales, cero.

Entonces, ¿por qué, maldita sea, no puedo dejar de pensar en Malfoy? ¿Y porqué no tengo una respuesta lógica, coherente e inteligente para ello? ¿Y porqué me siento tan horriblemente mal?

- ¿Granger?

- ¿Ah?

- Te han preguntado qué vas a pedir.

- Oh.

Miré el menú rápidamente, escondiéndome tras él para evitar que alguien notara mi sonrojo. Ya era vergonzoso el estar ahí con Malfoy, -ya sabéis, porque es simplemente Malfoy-, así que no me quería ni imaginar las consecuencias desastrosas que acarrearía el que descubriese en qué estaba pensando… o que apenas había leído el menú.

- Sopa de langosta de primero y pescado marinado de segundo –miré al camarero, que apuntaba todo servicialmente. Cuando acabó, asintió con la cabeza y me sonrió – Gracias.

Cuando se retiró hacia la barra, dejé a un lado mi servilleta y recliné mi cuerpo hacia delante, mirando a ambos lados antes de abrir la boca.

- ¿Se puede saber qué hacemos aquí?

Malfoy me miró por encima de su copa, que contenía un vino alemán rojo oscuro que yo en mi vida había escuchado, pero que debía ser bueno, ya que hasta el chico que nos atendió quedó complacido con su elección. Después de limpiarse la boca y relamerse los labios, se echó hacia atrás y cruzó los brazos sobre el pecho.

- Hemos venido a cenar, Granger, por si no lo recuerdas.

- No te andes por las ramas – le recriminé entre susurros, porque vi que la vieja de la mesa de al lado tenía un ojo y los dos oídos puestos en la conversación - ¿Qué pretendes trayéndome a un restaurante muggle?

Acto seguido me alzó una ceja. Odio que hagan eso en mi presencia, más que nada porque yo jamás he aprendido a hacerlo debidamente y me siento inferior. Además, en Malfoy quedaba perfecto. Demasiado perfecto.

- Imaginé que te sentirías mejor con los de tu especie.

- Eres un cerdo.

- Repítelo – me dijo, sonriendo de medio lado – Me excito cuando me insultas.

- ¡Vete al infierno!

Alzó el índice de su mano, dando vueltas con él sin dejar de observarme con desprecio.

- Por si no te has dado cuenta, Granger, ya estoy en él.

Iba a responderle, pero en ese instante el camarero llegó con mi sopa y la ensalada de espinacas de Malfoy. Le sonreí falsamente hasta que se retiró de nuevo, luego miré ceñuda a mi acompañante.

- Estamos en Dublín.

- ¿Y?

- ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¡Por favor, no sabías ni lo que eras un McDonalds hace unas semanas, en Londres! – abarqué con mis manos el salón, atestado de gente - ¿Cómo, entonces, pretendes que me crea que un restaurante de la capital irlandesa es diferente?

Malfoy tragó y posicionó los cubiertos a ambos lados, cruzando las manos sobre la mesa. Parecía un director importante presidiendo una reunión y yo una simple becada.

- Debo recordarte, Pelo de Rata, que te encuentras aquí por una invitación de mi madre. No estás en posición de juzgar el lugar, el modo, ni el trato que recibes. Yo no estoy aquí por gusto y tú tampoco, así que termina de comer en silencio y pronto nos iremos a casa.

- Has usado un traslador ilegal – Malfoy se encogió de hombros, sin darle importancia al tema – Sabes que el Ministerio tiene prohibido el uso indebido de objetos mágicos que no obtengas por medio de una solicitud en el departamento adecuado.

- Denúnciame.

Se inclinó hacia mí, desafiante y altanero como siempre. Olía muy bien, a menta y regaliz. Tragué saliva y me aparté bruscamente, molesta por su actitud indiferente. Malfoy sufre el síndrome adolescente del “me-da-igual”, pero al parecer con todo lo referente al mundo, salvo con su madre. Terminé mi sopa en silencio, y para cuando trajeron el pescado no me apetecía estar allí, ni con Malfoy ni con cualquier persona. Me sentía extraña sabiendo que no estaba en Londres, y aún más sin considerábamos con quién iba. Miré de soslayo a Malfoy, con su camisa blanca pulcramente planchada, el chaleco gris claro y los pantalones chinos del mismo color. Estaba condenadamente guapo, pero sin duda era irremediablemente peligroso. Si me ponía a pensarlo detenidamente, estar con Malfoy se comparaba con andar continuamente en el filo del cuchillo más letal jamás habido. Si me dejaba cegar por mi atracción, pensaba en cosas extrañas, y tenía sueños extraños dónde yo me denudaba ante un espejo. En el otro bando permanecía mi cordura, tirando fuertemente de mí, gritando a los cuatro viento un ¡aléjate, pero ya! intermitentemente. ¿A qué bando me unía? ¿A qué sería fiel? ¿A mis principios, o a mí misma?

Los minutos fueron sucediéndose, y Malfoy y yo permanecíamos mudos. El camarero apareció para llevarse el pescado marinado –que apenas toqué- y traer dos tazas de café: Expreso para Malfoy, capuchino para mí.

- Estás muy callada.

- ¿Acaso quieres que te hable? – pregunté, echando un terrón de azúcar en el café.

- Por supuesto que no – dejé de remover con la cuchara. Su sonrisa burlona, como siempre, dibujada en su boca –. Simplemente me es raro que no te pongas pesada, ni hagas preguntas. Es un hecho constatado que tienes que saberlo todo en esta vida, ¿cierto?

- Me gusta planear las cosas – me defendí -. Como dice ese dicho famoso: Más vale prevenir que curar.

Malfoy apoyó los codos en la mesa, haciendo una V invertida entre el café y sus brazos, luego cruzó las manos y puso su barbilla en ella. Esta vez no sonreía, sin embargo, pero se me antojaba bastante peligroso, como un animal acechando su presa antes de matarla. De matarme.

- En la vida, Granger, es mejor arrepentirse de lo que has hecho, que estar pensando en qué hubiera pasado si te hubieses arriesgado.

- Eso es políticamente incorrecto.

- Es que yo soy políticamente incorrecto.

Nos quedamos en silencio, evaluándonos cada uno en nuestras posiciones. Yo, recta en mi silla, sin atreverme todavía a probar un sorbo de café. Él, allí, todo desenfado elegancia y rebeldía a partes iguales. Frío en sus ojos y hielo en su corazón. Draco Malfoy en estado puro, of course.

- Siempre te arriesgas, ¿verdad? – no era una pregunta, y él lo sabía, lo percibí en el brillo de sus ojos – Nunca mides las consecuencias, ni cómo afectará a otras personas tus decisiones. Eres tú, tú y luego tú.

El comentario crispó la comisura de sus labios. Uy, si el ego del maldito podía ser herido y todo.

- Al menos yo vivo mi vida, Granger, no la observo pasar a través de los demás.

- Eso es cruel.

Malfoy se rió amargamente.

- Las mentiras duelen, pero aún más las verdades.

Ya está, hasta aquí llegué. Me levanté de mi asiento como un resorte, haciéndome en el mismo movimiento con mi bolso y mi chaqueta. Cogí mi cartera, llamé al camarero y pagué la cuenta, todo ello sin apartar ni por un solo instante la mirada de Malfoy, que no decía ni hacía nada. Tienes que ser fuerte, me dije a mí misma, aguantando las ganas de llorar mientras me dirigía a la salida, tienes que darte a valer, porque tú eres alguien en éste mundo y nadie puede negarte eso, ni siquiera un estúpido rubio oxigenado, por muy rico que sea.

Salí como un vendaval del restaurante, ignorando aposta al maître que se me acercó ofreciéndose amablemente a llamar un taxi. El frío me abofeteó el rostro, y sentí que mi cuerpo se helaba al minuto ¿era verano y hacía frío en Dublín? Me arrepentí un millón de veces, sorteando transeúntes calle abajo, de no haber aceptado el ofrecimiento de Narcisa a llevar pantys. Iba a paso ligero con rumbo incierto, y más de una vez tuve que hacer grandes esfuerzos para no caer de bruces sobre el asfalto gracias a esas plataformas de infarto que sonaban como mi acelerado corazón. Harta de tropezar, opté por quitarme los zapatos y echar a correr. Pronto mi pulso se aceleró, el sudor cubrió mi frente con pequeñas perlas, y sentí un entumecimiento en mis piernas, mis pies doloridos, y una punzada en el costado. Pero no paré, no podía parar. No ahora.

¿Qué se creía Malfoy, que podía tratarme como a una cualquiera? Yo no vivía a través de nadie, yo era… simplemente Hermione, una chica correcta, inteligente y algo inocente que trabajaba en el Ministerio. Hermione Granger, que no tenía vida más allá del Ministerio y sus breves escapadas a una cafetería muggle con sus amigas para hablar de sus vidas, sus amores y desencuentros, que parloteaban como cotorras mientras ella callaba. Granger, sabelotodo donde las haya que estaba más atenta a entregar un informe para el lunes que en aceptar una cita o siquiera buscarse novio. Esa insoportable de cabello indomable a la que su novio y mejor amigo había abandonado años atrás por… ¿aburrimiento?¿Monotonía? Porque Hermione Granger era una simplona, insípida, y vivía una vida de cristal, una vida tan frágil que el aliento mentolado lleno de verdades de un narcisista como Malfoy podía quebrar.

Noté que sudaba aún más, ¿o es que llovía? Sí, estaba lloviendo, y fuerte, muy fuerte. Noté mis pies empapados pisar firmemente el asfalto, a una pareja que me gritó que estaba loca, y un hombre que me ofreció un paraguas. Pero no me importaba, tenía que escapar. Escapar de mí, de lo que era, o de la verdad. Huir de Malfoy y de los últimos días. A la mierda él si moría, si tenía que cargar con la culpa, que así fuera. Yo… yo…

Me paré en seco, recostándome contra una pared de ladrillos y con la punzada del costado latiendo a ritmo frenético. Me puse de rodillas, deslizándome lentamente por el hosco ladrillo, sin detenerme a pensar que estaba lloviendo, que hacía frío y estaba parada en un charco. Y lo vi claro, tan claro que me ahogaba y me asfixiaba, que me agobiaba y quebraba por dentro, mi alma, mi cuerpo y mi todo.

Yo, Hermione Granger, estaba huyendo de la verdad.

Y dando rienda suelta a mis sentimientos, al fin pude llorar.

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Pronto colgaré la segunda parte, también en exclusiva para el blog primero. Una chica me ha preguntado por el foro en un Pm en quién me baso para crear el carácter de Draco Malfoy: Esa es la causa de que Ed Westwick salga ahí. Él es mi Draco Malfoy particular, y toda la maldad que tiene es lo que le hace ser un "encanto de persona" XDD. Cuando escribo sobre Draco, la persona que viene a mi mente es Chuck Bass.

Y ya sabés, se acepta de todo menos virus.

¡Nos leemos!