miércoles, 9 de septiembre de 2009

El Contrato Capítulo 9


Lágrimas de Colacuerno: Capítulo 9

Dos cafés, un helado de chocolate más tarde, y toda una explicación sobre porqué los Chudley Cannons no levantaban cabeza fueron suficientes para que Pansy Parkinson comprobara que Ronald Weasley no tenía nada en común con su hermano Bill. Ron parecía permanecer estancado en un lago de recuerdos sobre sus años en Hogwarts, aquellos en los que se había visto en problemas pero de los cuales guardaba una grata sensación. Hablaba sin parar de los extraños seres a los que se enfrentó, incluso Pansy lo vio estremecerse cuando le relató su aventura en el Bosque Prohibido y la familia de arañas gigantes de Aragog.

- Odias las arañas - era una afirmación en toda regla, pero lejos de acobardarse o sentirse avergonzado de que alguien conociera sus miedos más profundos -como cualquier chico Slytherin-, Ron Weasley afrontaba el tema como comenta el día soleado que hace. Es decir, sin inmutarse.

- No me causan demasiado interés, por decirlo de una manera suave - se llevó un trozo de tarta de melaza a la boca y tragó con dificultad - Es a causa de los gemelos.

- ¿Tus hermanos? - Pansy lo escuchaba fascinada hablando de su niñez, de una infancia tan condenadamente feliz y tranquila que era opuesta a la suya, a la de Draco, o cualquiera de sus amigos. Era algo nuevo para ella.

- Yo tenía un oso y cuando contaba con cinco años me lo hechizaron y se convirtió en araña - Ron tomó un poco más de zumo de calabaza, repantigándose en el asiento de mimbre - Mamá les regañaba, pero siempre volvían a las andadas aunque prometieran una y otra vez que pararían. Eran un equipo perfecto, George las llevaba a cabo y Fred…

Al mencionar el nombre de su hermano fallecido tomó otro sorbo de zumo y desvió la mirada, como si hablar de ese tema no fuera algo que le apeteciera en esos momentos. Pansy observó su perfil, con esa nariz kilométrica, sus pecas alrededor de la comisura de la boca torcida y el cabello rojo fuego, brillando radiante bajo el calor bochornoso del sol.

Bill le había hablado de Fred Weasley, el único de su familia que había perdido la vida en la batalla final. Ginny de vez en cuando comentaba algo, pero los ojos se le aguaban en seguida y se mordía el labio -como su hermano en esos instantes - y cambiaba de tema o se iba corriendo, eludiendo cualquier pregunta al respecto. Pansy se acodó en la mesa, apoyando su cara en una de sus manos.

- La muerte de tu hermano es un tema tabú en tu familia, ¿verdad? - Ron dio un respingo, sus ojos delatando cierta desconfianza - Yo perdí a mis padres en la Gran Guerra. Pasaban información clandestina y gracias a sus chivatazos muchos mortífagos fueron apresados. Alguien lo descubrió y los mató a ambos. Fueron encontrados desangrándose en la puerta del Ministerio con la palabra “Traidores” tatuada en la frente.

- ¿Sabes quién lo hizo? - Pansy sonrió melancólica, asintiendo con la cabeza en silencio.

- Por supuesto. Se llama Lucius Malfoy - aquella confesión hizo que el rostro de Ron se contorsionara en una mueca de profundo desprecio mezclada con el desconcierto. Se pasó una mano por el cabello, apartándose el flequillo de los ojos.

- ¿Y sigues siendo amiga de Malfoy? No lo entiendo, ¡mató a tus padres!.

- Draco no tuvo nada que ver. Fue idea de Lucius, aunque siempre he creído que no actuó sólo, sino con otro esbirro - ladeó la cabeza, frunciendo el ceño al comprobar que Ron todavía no entendía su actitud ante el tema. Sacó un cigarro de su pitillera y lo encendió con la varita - No pueden pagar justos por pecadores Weasley, lo dicen los muggles.

- ¿Fue por eso que no te casaste con él? - la mirada azul de Pansy estaba escudriñándolo entre brumas con aroma a vainilla. A Ron le pareció que le leía la mente.

- Lo que hubo entre Draco y yo no te concierne - le espetó, dando otra calada a su cigarrillo - Pero como veo cierto encanto en tu impertinencia te la responderé. No me casé con Draco porque jamás lo amé como hombre, sino que lo quise como un hermano.

- Eso ya lo he oído antes - replicó con escepticismo palpable en cada palabra.

- ¿En serio, Zanahoria? - la curiosidad de Pansy era fingida, y ese tono burlón empleado no se le pasó por alto al pelirrojo, que se tragó de golpe el resto de la tarta de melaza para evitar responder - Draco y yo somos hijos únicos, y nos hemos apoyado el uno a otro desde la niñez. Ambos sabemos de qué pie cojeamos, nuestros errores y virtudes. Podría haberme pasado una vida junto a él como su esposa y jamás, te lo aseguro, me habría enamorado de él. No me gusta el incesto - ladeó la cabeza, y añadió - Aunque quizá en el sexo...

- Pero eso no explica porqué todavía sigues confiando en Malfoy, a pesar de que su padre es el que…

- Weasley. - lo cortó Pansy, apagando la colilla con el zapato bruscamente. Se echó hacia delante, embriagando a Ron con su perfume caro de flores - Fue Draco el que delató a Lucius frente al tribunal del Wizengamot. Él, y nada más que él, provocó que todos viéramos al verdadero mortífago que vivía en Lucius Malfoy y lo encerraran de por vida en Azkaban. Entregó a su padre para que se hiciera justicia con los míos. Creo que después de eso se merece no mi eterna gratitud, sino la lealtad que le tengo y profeso como amiga y hermana. Tú en mi lugar también habrías actuado así.

Ron permaneció en silencio, analizando aquella confesión por parte de la muchacha. El sol le daba a su cabello negro reflejos azulados, y no sabía si quizás era que aquella suculenta merienda le estaba cayendo relativamente mal o no, pero su estómago se contrajo cuando sus ojos se posaron en el nacimiento de su cuello, y sobretodo en aquellas piernas envueltas de piel pálida que se le antojaban bellas pese a las manchas de chocolate y los arañazos de la caída. Quitaban la respiración.

- No eres tan zorra como creía.

- Ni tú tan imbécil como imaginaba. - declaró Pansy, indiferente ante la acusación - Después de todo, Granger tenía razón: Ese cerebro parece costar, al menos, dos sickles.

- ¿En serio? - sonrió de lado, divertido, cruzando los brazos pecosos sobre el pecho y haciendo un mohín de niño malo y bueno a la vez.

No se parecía a Bill, volvió a recordar Pansy con tristeza. ¿Dónde estaban esas marcas que le deformaban el rostro? ¿Y la sequedad en los movimientos? ¿Y su inteligencia, la suspicacia que siempre afloraba en su amante?

No se parecen en nada.

- Y si sigues siendo tan simpático, Weasley, creo que voy a subir tu nivel a un galeón.

- ¡Oh, qué afortunado! - exclamó el aludido, fingiendo entusiasmo.

- Por supuesto - le corroboró Pansy, descruzando las piernas un par de veces - Eso en mi jerarquía masculina te eleva de marsupial a subnormal, y es todo un avance. Pocos superan las expectativas Parkinson - dejó un par de monedas en la mesa, se incorporó recogiendo sus bolsas y miró por última vez a Ron. - Hasta otro día, Weasley.

Echó a andar con lentitud, torpemente debido a que sus zapatos ya no se elevaban diez centímetro como siempre. Sonrió. Se lo había pasado bien, pero no lo admitiría aunque su vida dependiera de ello.

******

PVO Hermione.

Había que admitir que Draco Malfoy besaba con maestría, como un dios omnipresente enturbiando el más profundo de mis deseos. Su lengua, semejante a serpiente viperina, exploraba rescoldos de mi boca que jamás en vida -o quién sabe si en muerte- había supuesto cierta sensual curiosidad en mí que ahora se despertaba. Las experimentadas manos pálidas de Malfoy recorrían mi columna vertebral, descargando a su paso señales inequívocas de intenso placer.

El aliento a menta me envolvía, formando a nuestro alrededor un halo de misterio por el que me dejé llevar sin pensar. Sentí el tacto frío de su carne cuando alcanzó la mía, gemí inconscientemente y dejé caer mi cuello hacia atrás; Malfoy aprovechó mi vulnerabilidad y lamió la piel expuesta, latiendo suavemente a cada paso de su húmedo contacto.

Era tan fácil dejarse transportar por el deseo.

Tan, tan fácil…

- Hermione - escuché la voz grave de mi peor enemigo, susurrando mi nombre como si temiese despertar; en esos momentos ya desabrochaba mi camisa y deslizaba sus manos por mi vientre, suspirando acompasadamente.

- Draco…

Arrancó el sujetador haciéndome daño, pero no me dejé amedrentar. Me deshice de su túnica, la camisa, y dejé vagar mis dedos temblorosos por su pecho, concentrada en cada una de sus peculiaridades, su respiración agitada, los ojos inusualmente brillantes, su risa… la cual sonaba en aquellos instantes como una serpiente de cascabel.

- Vas a desgastarme de tanto mirarme, Granger.

Es imposible no hacerlo, pensé, creyendo a pies jutillas cada detalle que Pansy me había relatado sobre su etapa juvenil en el lecho de Malfoy. Cerré los ojos, intentando grabar a fuego aquella imagen, aquel instante como si fuera el más importante de mi vida.

- Hermione… - la voz tranquila y espesa que me hablaba no era la de Draco, lo deduje casi en el momento, y viré en derredor, buscando a su dueño. Mis ojos se agrandaron, espantada, al observar recortado en una esquina del salón el perfil inconfundible de Albus Dumbledore.

- ¿Profesor? - pregunté, presa del pánico.

De repente el paisaje cambió, y todo era oscuro. Malfoy ya no estaba a mi lado, y yo permanecía ahí, medio desnuda, en una roca donde las olas rompían mojándome los cabellos. Una oleada fría me sobrevino, haciendo que temblara de pies a cabeza. Albus Dumbledore me contemplaba suspendido en el aire, con sus gafas de media luna resbalando por su torcida nariz ganchuda y aquella mirada azul, intimidatoria, fija en la mía.

- Los tiempos difíciles volverán, señorita Granger, y tendrá qué elegir entre su vida y la de aquellos a los que ama. Se alzarán más poderosos y temibles que nunca, amparados de nuevo en el poder de las almas malditas esparcidas para burlar al más temido de sus enemigos. La clave está en la Cazadora.

- Profesor, yo… - intenté hablar, decir algo coherente, pero no podía, no debía, algo en mí me instaba a permanecer callada, atenta a sus palabras.

- … Podrás huir, quizás incluso permanecer feliz durante un tiempo. Pero jamás, jamás, te sentirás en paz contigo misma si no acabas con ellos, con Él. En tus manos se encuentra el poder de la magia líquida. - sonrió a medias, un simple esbozo de lo que pudo ser un gesto de ternura - Y ahora será mejor que despierte, señorita Granger, porque si no me equivoco, la señorita Weasley va en busca de un tercer vaso de agua y no está dispuesta a abandonar su empeño por despertarla de su… uhm… grato sueño.

Todo a mi alrededor fue humo de nuevo, un sentimiento extraño se apoderó de mí. Cerré los ojos con fuerza, sintiendo que el mundo daba vueltas, mareándome. Al abrirlos lentamente, lo primero que esbocé fueron unos cabellos rojos, y la mirada recelosa y alarmada de Ginny Weasley clavada en mí.

Aquello asusta a cualquiera.

- ¡AH! - grité con todas mis fuerzas. Di un salto hacia atrás y caí de bruces sobre el suelo, saliendo de mi estupor inicial y volviendo cruelmente a la realidad.

Estaba en mi salón, era de día y parecía que nada en mi ausencia había cambiado. Ginny permanecía en pie, con un vaso de agua en la mano y en su rostro dibujado una pregunta que tardó poco en formular.

- ¿Qué diablos estabas soñando? - me enjugué la frente, y comprobé que estaba empapada de pies a cabeza. Ginny se acuclilló frente a mí, apartando mechones rebeldes de mi cabello encrespado - ¿Se puede saber a quién tenías en mente? Es el tercer vaso que te echo encima. - señaló su camiseta, desconcertada - ¡Y casi me arrancas la ropa!

- Me siento confusa - vale, no era una explicación en toda regla, pero es que mi cerebrito se negaba a formular algo coherente que me llevara a relatar con detalles el extraño sueño que había tenido. - ¿Qué ha pasado? ¿Y por qué estoy mojada?

- Te quedaste dormida hace una hora. Todo iba bien, pero de repente comenzaste a gemir y a lanzar gritos bastantes… uhm… ¿delatores?. He tenido que echarte agua para que despertaras.

- ¿Delatores? - repetí, extrañada - ¿A qué te refieres con delatores?

Ginny dejó el vaso sobre la mesita de café y cerró los ojos, aspirando aire.

- Fue algo como, ¡Oh, por las runas… no, la camisa, pero qué pector…!

- Vale - la corté, ruborizándome hasta las raíces cuando acentuó cada palabra con gesticulaciones obscenas - Creo que ya lo he captado.

- ¡Era de lo más divertido! - confesó Ginny, sin un ápice de vergüenza en su voz - Tenía la sensación de que estabas experimentando un orgasmo cósmico o algo así, y yo fui la única espectadora. - frunció el ceño, pensativa - Aunque la cosa se torció cuando intentaste desnudarme.

- ¿Que yo qué?

Ginny me puso una mano en el hombro, intentando infundirme ánimos sin conseguirlo, la cabeza me daba vueltas y no conseguía vislumbrar nada de lo que había soñado.

- Hermione, si tú estás tan decepcionada con los hombres como para intentar desnudar a tu mejor amiga… - dejó la frase en el aire, evaluándome de un solo vistazo; al parecer el resultado fue negativo porque añadió - En fin, que tienes mi apoyo para explorar en la bisexualidad, pero creo que no te puedo ayudar en ello, lo siento. Me atrae demasiado el sexo opuesto como para meterme en tu cama.

- ¡No quiero meterme en tu cama! - le grité airada, incorporándome de un salto - ¡Y no soy bisexual!

Ginny iba a responderme, pero una voz autómata y sin énfasis comenzó a tronar en medio de la sala, enmudeciéndonos a ambas. Lo reconocí al instante, era la alarma mágica que había instalado meses atrás para prohibir las visitas inesperadas por la chimenea.

- El señor Draco Mafoy hará aparición por red flú en dos minutos ¿desea aceptar su visita?

Era lo que me faltaba, la guinda del pastel.

- No.

- Sí.

- ¡Ginny!

- Oye - me reclamó, presa de un entusiasmo inimaginable - No pienso perderme la oportunidad de ver la cara de Malfoy en cuánto te vea ¿estás de coña? ¡Será la primera vez que no tenga que ver uno de vuestros cotilleos vía pensadero! ¡Lo viviré en carne propia! Bueno, no exactamente, pero al menos estaré presente.

- Es mi casa y no lo quiero aquí - repliqué, molesta ante la indiferencia que mostraba en lo referente a mis sentimientos.

- Y yo te quiero mucho, Hermione - me puso ambas manos en los hombros, sonriéndome angelicalmente - Pero no lo suficiente como para perderme ésta escena. ¡Hazlo entrar!.

En ese instante en que parecía tener un ataque de lucidez, la chimenea emitió un ruido sordo, escupiendo la figura altiva y narcisista de Draco Malfoy en todo su esplendor. Se irguió al instante, y me recordé mentalmente preguntarle cómo mierda hacía para salir por la red flú y no tener una mísera mota de ceniza en su atuendo de snob aristocrático. Sus ojos grises se fijaron en Ginny unos instantes, pero la ignoró completamente cuando me ubicó a su lado. Le dediqué una mueca de asco, pero él parecía inmune a todo lo que podía impedirle fijar el objetivo, que sin serias dificultades deduje era servidora.

- Granger. - arrastraba las palabras tal y como yo lo recordaba en Hogwarts - Creo que tú y yo tenemos que hablar.

Esas palabras parecían ser el principio de una condena.

*****

PVO Draco.

Si ya era lamentable encontrarse en casa de una sangresucia, ahora añadirle la asistencia como estúpida testigo a una traidora a la sangre como la pecosa Weasley era la gota que colmaba el vaso de mi casi inexistente bondad. Me había interpuesto la ley de no insultar a la pelo de rata a menos que fuera necesario -generalmente siempre lo era, más que nada para encontrarme en equilibrio conmigo mismo-, pero la presencia de la pelirroja me llenaba de nuevas expectativas y maldades.

Aquella naranja andante parecía fascinada con mi presencia, surcando una sonrisa carente de simpatía pero con una maldad que me dejaba un incierto sabor de boca ¿crueldad? ¿diversión?. Quién coño sabía lo que pasaba por la cabeza de esa zanahoria con patas, pero desde luego había que cortarle las alas, inmediatamente. Y sin lugar a dudas, sacar de quicio era algo que se me daba increíblemente bien.

- Largo, Comadreja - aparte, por supuesto, de ordenar.

- Malfoy, - Granger se había cruzado de brazos, y observé que estaba completamente mojada. La camiseta transparentaba un sujetador anodino carente de sensualidad. Patético. - Te recuerdo que ésta es mi casa, y ella es una invitada.

Arqueé las cejas, dispuesto a repartir mi guerra entre ambas mujeres sin dilación. Tomé asiento en un sofá de pésimo gusto, sin dejar de sonreír en todo momento. Había descubierto, años atrás, que enseñar dientes y más dientes en una situación que no manejabas era algo desestabilizaba al enemigo, desarmándolo mejor que un Expelliarmus del imbécil cara rajada.

- Bien. - asentí, clavando mis ojos en la mosquita muerta de Granger - Entonces trataremos el tema de nuestro altercado en presencia de Weasley, le encantará oír mi opinión al respecto y los detalles más escabrosos.

La respuesta no se hizo esperar.

- Ginny, será mejor que te vayas.

Genial. Malfoy uno. Sabelotodo cero. Adoro ser maquiavélico… y ahora que lo pienso, también un poquito cabrón. No entiendo porqué el mundo no le encuentra la gracia al asunto.

- ¡No es justo, siempre me pierdo lo más jugoso!

La pelirroja frunció el ceño, mostrando su mirada más incrédula. Si mis cálculos no fallaban, en aquel cuchitril se estaba formando una guerra que Weasley tenía perdida de antemano, porque la Sabelotodo no parecía dispuesta a dar su brazo a torcer. Parecían madre e hija teniendo una de sus conversaciones incoherentes sobre la hora de llegada.

- No tengo todo el día, Granger - le señalé mi reloj con arrogancia - A diferencia de ti, tengo una vida social que mantener, y tu media hora se está esfumando a pasos agigantados.

- ¡Cállate! - bramó, apartándose unos pegajosos mechones de su rostro contorsionado por la exasperación. Se volvió a su amiga, haciendo alarde de su porte de McGonagall, es decir, de frígida solterona . - Ginny, cuando hable con ese engendro prometo llevar el recuerdo al pensadero de Pansy para que le eches un vistazo, pero ahora será mejor que desaparezcas.

- ¿Me lo prometes?

Por Salazar, esa voz melosa de la mini Comadreja era más fingida que los pechos de Daphne -se los agranda con un hechizo cuando cree que nadie la observa. Ni me preguntéis cómo cojones lo descubrí-. Granger suspiró y me observó por el rabillo del ojo, ¿se estaba poniendo nerviosa? Mejor así, tardaría menos en escupir lo que fuera. Asintió solemne, volviendo su mirada de nuevo a su pecosa y traidora amiga.

- Es un hecho - Weasley entonces le dio un beso furtivo, le comentó algo de unas entradas y se fue vía flú sin despedirse siquiera de mí. Voy a ponerme a llorar. La señorita Cara de Libro Mohoso se giró hacia mí, sin esconder su enojo por mi presencia - Escupe lo que tengas que decir y vete de aquí.

- ¿Qué modales son esos? - me mofé, pasando un dedo con indiferencia por encima de la mesa de café - Mira que Doña Perfecta no se puede permitir ningún hecho que empañe su pulcra perfección. Sería una mancha en el expediente.

- Al grano - me instó, ruborizándose hasta las cejas. Realmente la situación se me hacía bastante simpática, podría decirse que casi podría considerarse cómica.

- Está bien. - acepté, preparando todo mi arsenal y soltar el veneno reservado para la mosquita muerta de una buena vez - Blaise me lo ha contado todo.

Malfoy dos. Rata de Biblioteca cero.

Seis palabras que formaban una frase tan simple como jodidamente hiriente. Y juro sobre el panteón de los Malfoy que jamás en mi vida estuve listo para lo que tras ello aconteció.

Su boca se abrió ligeramente, el rubor de sus mejillas dio paso a una palidez extrema -y mira que soy casi translúcido, pero debo admitir que Sabelotodo se llevaba la palma-; sus manos fueron directamente hacia los mechones que se pegaban a los lados de la cara, tirándose de ellos -sinceramente, si yo tuviera esos pelos ya me los habría arrancado-. Finalmente gritó. Lo hizo con todas sus ganas, esforzándose en quedarse sin aire, y sonar como millones de rayos surcando el cielo oscuro en plena tormenta.

Cuando terminó su numerito de alma-en-pena-arranca-mechones-de-rata se quedó estática, mirándome con unos ojos marrones que destilaban tanta tristeza que, si tuviera un mísero corazón, o se tratara de alguien que realmente valiese la pena me hubiera ablandado -cabe aclarar que no fue el caso, evidentemente-. Pero acto seguido hizo algo que desestabilizó mis defensas: Sacó el famosísimo factor L.C.

Oh, joder, eso sí que me dejaba desarmado.

Sabelotodo uno. Malfoy dos.

Zorra.

Bien, el L.C es uno de los factores de debilidad -generalmente femeninos, algo así como armas potenciales de mujer- más usados por Astoria o Daphne cuando algo se les escapa de las manos y no tienen salida salvo rezar a los dioses para que ese factor surta efecto, y consigan así lo que se proponen. Esa táctica, sin ir más lejos, es el llanto. O lo que es lo mismo: Lágrimas de Colacuerno. - En el mundo muggle le dicen de cocodrilo, pero no sé exactamente qué animal es. Una vez a unas chicas de estudios muggles les escuché comentar algo de botas y bolsos, aunque no estoy muy seguro de que los muggles lleven mujeres llorando en sus bolsos-. Como lo leen queridísimos lectores, Hermione Granger, señorita fea, listilla y testaruda donde las haya estaba hecha un mar de lágrimas.

Y yo no estaba entrenado para eso.

Desde pequeño, mi madre me enseñó a ser todo un caballero con las niñas y damas de sociedad. También me instruyó en el arte de burlarme, como es lógico, de Miss Pelo de Rata y toda la extirpe de sangresucias y traidores a la raza. Por ello lisonjear, adular y halagar se convirtieron, a tan temprana edad en mi segundo, tercer y cuarto apellido respectivamente.

Cada vez que mis padres me llevaban a tomar el té a casa de los Nott, mamá me ponía a prueba comprobando a cuántas chicas les sacaba una sonrisa resplandeciente y a qué otro tanto sonrojaba hasta el tuétano. Evidentemente, para mí sólo era una tarea más a cumplir, pero era de mis favoritas porque, debido a ella, me granjeé una popularidad entre el sexo opuesto -aumentada considerablemente en el lecho años más tarde- en la cual no entro en detalles por no aburrir y parecer excesivamente ego centrista -Oh, un segundo, ¿acaso no lo soy?- y petulante.

Como contrario, cada vez que un sangre sucia se cruzaba en mi camino, yo tenía que escupir tanto rencor y lenguaje obsceno por la boca como sonrisas angelicales en lo anterior. Vamos, una tonelada mínimo.

Un día, me crucé con una sangresucia en Flourish & Blotts. Yo tenía diez años exactamente y estaba comprando mis libros para mi primer año en Hogwarts. Le grité en público, la humillé, y para mi sorpresa, rompió a llorar a moco tendido. Vamos, os podéis imaginar mi estupor, ¡y eso que sólo le recriminé su sangre estaba contaminada y que ésa nariz larguirucha se parecía bastante a la varita de mi padre!. Ni siquiera saqué mi peor repertorio. El caso es que yo no estaba acostumbrado a ver a las mujeres llorar -por muy sangresucias que fuesen- y aquello me sobrecogió. A mí sólo me habían preparado para hacer reír, parecer encantador, y un cerdo arrogante cuando la ocasión lo requería, pero ¿hacerle eso a una niña? ¿a alguien que no fuera un elfo doméstico?.

Sin saber cómo reaccionar, salí corriendo despavorido. Nunca le mencioné a nadie lo ocurrido -ni siquiera a mi madre- y se quedó a buen recaudo en letargo dentro de mi cabeza. En lo sucesivo seguí el mismo planteamiento, salvo que cuando veía unas lágrimas asomar por cualquier ojo peligrosamente -las reconocía porque parpadeaban más de lo normal y el labio inferior temblaba exageradamente- salía como si hubiera vislumbrado al peor de los fantasmas, y si te he visto no me acuerdo. La estrategia me había funcionado años.

Hasta hoy.

Granger parecía un grifo abierto. Lágrimas saladas se mezclaban en su rostro ligeramente pecoso con el agua que la cubría, dando todavía más si cabe el aspecto de mojigata desamparada. A Astoria le tenía prohibido lagrimear en mi presencia -ella sólo llevaba a cabo el factor L.C con papaíto- pero, como es lógico, a Granger no se lo podía prohibir. Un momento, ¿y por qué no?.

- No llores - mierda, me temblaba la voz, y no había demostrado ni una mísera nota de seguridad. Eso significaba que mi rendimiento estaba bajando a niveles alarmantes. Me removí en el sofá, incómodo por la escena - Para. Ya. Ahora.

Fue como accionar una palanca y descubrir el horror más nauseabundo del mundo. Yo no sé qué mierda fue lo que dije, pero Granger empezó a llorar con más fuerza si cabía -y coño, cabía bastante por lo visto- asintiendo con la cabeza como si fuera a remitir, aunque no lo hacía ni por asomo. A ese ritmo iba a inundar el cuchitril en menos de quince minutos, y no podía permitirme estropear mi túnica nueva.

- Granger…

- Yo q-quería ha-hacerlo… p-porque pretendí-día ayudar… - sorbió por la nariz, pasándose el brazo por los ojos para espantar las lágrima. Respiró hondo un par de veces, y luego su mirada perdida se posó en mí, desafiante - Has venido para chantajearme, ¿verdad?

- ¿Yo? - Vale, no es que no lo hubiera pensado (tan sólo un vistazo a esa imagen de la señorita listilla siendo coaccionada me provocaba carcajadas), pero no entraba en mis planes en esos instantes, así que mi sorpresa no era del todo fingida - ¿Y qué crees que puedo obtener de ti, sexo? - puse mi peor cara - No gracias, no suelo tener relaciones con animales.

Se puso roja hasta el cogote, frunciendo el ceño. Menuda mojigata tendría que estar hecha.

- ¡Aunque fueras el último hombre sobre la tierra, Malfoy, me negaría a meterme en tu cama!

- Es un alivio. - solté aire teatralmente, enjugándome un sudor de mi frente inexistente. Sus ojos estaban llenos de ira, y la debilidad que antes había mostrado se había esfumado completamente.

- ¿Entonces qué pretendes? ¿Vas a ir con el cuento a mis amigos? ¿Les dirás que me he vendido por un puesto en el ministerio?

De nuevo lágrimas silenciosas corrían por su cara sin explicación alguna -ésta vez ni le hablé, así que me registren-, se tapó el rostro con las manos, cayendo de rodillas sobre la moqueta y soltando palabras ininteligibles entre sus sollozos. Joder, aquello era una tortura, tenía que hacer algo.

Vale, la primera opción que se me pasó por la mente fue salir por patas inmediatamente, aparecerme de allí o deshacerme como fuera de Granger… pero, claro, si escapaba quedaba como un perfecto ejemplo de cobarde; una cosa era correr con nueve años y otra con veinticuatro-y encima delante de una bocazas que aprovecharía cualquier oportunidad para desprestigiarme-, así que nada. El echar a correr: Descartado.

La segunda opción era intentar decirle cuatro estupideces para que se calmara y así detuviera la llantina. Por Salazar, ¿no se supone que este tipo de problemas es lo que Blaise debería de comerse como novio mariquita? Además, visto de otro modo era mejor que yo para consolarle, él ya tenía su parte femenina mucho más desarrollada. Pero no, ¡claro que no!, ninguno de mis amigos estaba ahí para escurrirles el bulto, así que tendría que tragarme parte de mi orgullo y lidiar con el temita de los cojones lo mejor que pudiese. Segunda opción: Obligatoriamente aceptada.

Por mi bien social espero que esto nunca se sepa.

Me incorporé del sofá, deslizándome como una serpiente -irónico, ¿eh?- hasta quedar sentado junto a Granger a una distancia prudencial. La moqueta era barata, tenía pelusas sueltas por todos lados y jugueteé un rato con ellas, buscando las palabras exactas y neutrales con las que pretendía acallar sus interminables lágrimas y sollozos.

- Granger, yo… yo… - me di fuerzas, inspirando aire varias veces. Doña Perfecta seguía en la misma posición, con el rostro oculto entre sus manos y lloriqueando a moco tendido.

- Soy una vendida -susurró con tristeza. Aquello -lágrimas, gritos, soledad- me estaba desesperando.

Tenía que callarla, decirle algo que la mantuviera el tiempo justo y necesario sin llorar para largarme.

- Mira, Granger, la verdad es que todo el mundo es corrompido alguna vez en su corta existencia. El Señor Tenebroso, Snape, Dumbledore - al pronunciar el nombre, noté un escalofrío recorriendo mi cuerpo - Todos alguna vez tuvieron que corromperse para llegar a lo que fueron. - apartó un poco las manos, mirándome como si no me reconociera - La verdad es que yo mismo he sido corrompido -ladeé la cabeza, reflexivo, y añadí - varias veces. He lamido las botas de quién hizo falta para estar dónde estoy, para obtener lo deseado. Tal vez no hice bien, tal vez no hice mal. Pero lo que cuenta al fin y al cabo es que tomé el rumbo de mi vida y llegué a donde pretendía. Yo pisé a mucha gente, jugué, vencí y me vencieron. Tú, sin embargo, sólo tienes que aparentar seis meses ser la novia de mi mejor amigo, en serio ¿es tanto pedir?. Creo que, desde ese punto de vista, no es tan grave.

- Me estas comparando contigo -observó, impertérrita. Por fin había dejado de llorar.

- No, es imposible que seas tan perfecta como yo. Sólo hago un análisis exhaustivo de los detalles.

Granger parpadeó varias veces, evaluando la calidad de mi discurso. Finalmente se echó a reír.

- Vaya, así que Draco Malfoy tiene cerebro.

- Lo sé, es difícil de creer que alguien tan sexy sea también un lumbreras. - respondí, serio y sin apartar mis ojos grises, autosuficientes, de ella - Soy un tesoro oculto por descubrir. Toda mi belleza es lo que capta más atención al principio, y claro, es lógico, quedan tan sorprendidos que el cerebro es secundario.

Esperaba un bofetón, un grito, una reprimenda… pero nada de eso sucedió. Permanecimos en silencio un buen rato, con el ruido de una canción muggle en francés que se escuchaba en la lejanía de los abiertos ventanales.

- Así que Blaise te ha contado la verdad, ¿eh? - tardé exactamente dos segundos en enfocarla, el tiempo necesario para volver a la realidad. Sus brazos estaban alrededor de sus piernas, y apoyaba la barbilla entre ambas rodillas - ¿No te importa que sea gay?

Las palabras de Zabinni me vinieron a la mente. Gay es gay. Homosexual, mariquita. Me gustan los chicos. Activo. Pasivo. Dar y que me den. Esas cositas ¿entiendes ahora?. La verdad es que tenía aún muchas preguntas en la cabeza -como quiénes fueron sus ligues en Hogwarts, si alguna vez se había excitado bañándose con nosotros o si era cierto que me quería violar (algo totalmente comprensible, por supuesto, no hay chico tan atractivo como yo)- pero su condición sexual era algo diferente. Me encogí de hombros, y sin darme siquiera cuenta, comencé a hablar desde mis pensamientos más profundos.

- Blaise ha estado conmigo siempre, desde la infancia, en los bueno y peores momentos. Le gusten los chicos o las chicas, sigue siendo Zabinni, atolondrado dónde los haya y mejor amigo de Draco Malfoy… salvo que ahora es marica. El orden de los factores no altera el producto.

- ¿Te das cuentas de que estamos manteniendo una conversación civilizada? ¿De que estamos en mi casa, sentados, y hablando de temas profundos? - Granger estaba desconcertada. Bueno, incluso yo mismo lo estaba. - Es decir, no me estás insultando, ni gritando, ni… en fin, nada que te haga parecer… tú. Sinceramente, nunca hubiese esperado una reacción semejante de ti sobre la homosexualidad de Zabinni.

- ¿Acaso pretendes que lo cambie? - inquirí molesto - ¿Quieres que le ponga a tres brujas en bikini y que le haga una…?

- No es eso - me interrumpió, seria de repente - Es sólo que estás demostrando que Blaise te importa como persona, no como algo de usar y tirar. Eso, en todos los diccionarios, lo llamarían “tener corazón”.

- Tengo que irme.

No es que necesariamente tuviera compromisos -salvo La Sesión con Blaise y Nott- pero el tono que estaba adoptado la conversación no era el conveniente. Me estaba mostrando débil, vulnerable ante una sangre sucia, algo que no me podía permitir. Además, yo había ido allí para vengarme de ella, para… no sé, hacérselo pasar mal, pero no podía, y el motivo estaba claro: Blaise estaba metido hasta el cuello. Él era el que había promovido todo aquello, el artífice de tal contrato; si se descubriera, si saliera a la luz ¿qué pensarían de él? Nada bueno, estaba claro, y volverían los tiempos oscuros, en los que se pasaba todo el día encerrado con su madre en San Mungo cubierto de soledad. Detestaba a Granger, pero no quería dañar a Blaise.

Me levanté del suelo y Sabelotodo hizo lo mismo. Dirigí mis pasos hasta la chimenea, saqué polvos flú y murmuré la dirección de Nott. Las llamas verdes de sobra conocidas lamieron la madera ficticia sin quemar. Di un paso, luego otro, pero de repente recordé algo. Giré un poco mi cabeza, fijando mis ojos grises en la figura detrás de mi espalda.

- Por cierto, Granger.

- ¿Si?

- Besas de pena. Deberías de practicar con la mano.

Y sin esperar una respuesta me marché, con la imagen de una Rata de biblioteca enfurecida grabada en mis retinas.

Granger uno. Malfoy tres.

*******

Blaise, Theo y Draco mantenían un secreto. No es que se avergonzaran -los Slytherins ni siquiera entendían el concepto de dicha palabra- pero preferían mantener ese pequeño tesoro entre ellos para evitar tener que dar explicaciones. Todo comenzó un par de años atrás, cuando a Theo se le ocurrió ir al Londres muggle de excursión. Draco se negó en rotundo desde el principio -¿y qué haría yo allí?- pero a Zabinni la idea le encantó y decidió acompañarle.

Se prepararon a conciencia, estudiando el modo de vestir de los muggles -Blaise robó una tonelada de revistas de casa de Pansy-, y cambiaron los galeones por unas cientos de libras en Gringotts -¡el dinero muggle se hace con pergamino, Blaise!-. Una vez terminaron con la primera parte del plan, ambos se dirigieron al Caldero Chorreante un viernes por la mañana, y cruzaron el umbral de la puerta de la taberna con el corazón latiendo a toda velocidad.

La primera vez que vieron el Londres muggle, los chicos pensaron que estaban en un sueño. La gente marchaba rápido de un sitio a otro, sin detenerse a murmurar cuando pasaban a su lado o rozaban sus abrigos-además de comprobar que sus padres estaban equivocados: Ser muggle no era una enfermedad y mucho menos se contagiaba por aire-. Aquello era un cambio radical. Blaise y Theo estaban acostumbrados a que los magos y brujas murmuraran por lo bajo en cuanto los veían aparecer, y poco les costaba escuchar aquí y allá la palabra “mortífagos” escapando a hurtadillas. Allí no eran conocidos, ni tachados por su pasado. Era la libertad absoluta, la ansiada y anhelada libertad.

Recorrieron sus calles cubiertas de nieve bajo los abrigos de paño negro abotonados hasta el cuello, los ojos abiertos, expectantes ante tanto mundo desconocido y aún por revelar. Ropa, teatros, pastelerías, cafeterías. Se dieron cuenta de que unos y otros -magos y muggles- no eran tan diferentes. Cada uno vivía como le habían enseñado, con sus cosas buenas y malas, pero ambos mundos ansiaban lo mismo al fin y al cabo.

Fue así, yendo sin rumbo fijo, que encontraron una tienda de música e instrumentos; ¡Entremos! exclamó Zabinni, y Theo le siguió de buena gana. Era un establecimiento pequeño, con guitarras colgando del techo y teclados de varios tamaños esparcidos aquí y allá entre baterías, bajos y trompetas. Al fondo, unas estanterías llenas de cajas pequeñas eran observadas por varios muggles distraídamente. Nott se acercó y cogió una de las cajas. Llevaba una foto sin movimiento de un bebé nadando en una piscina; arriba se podía leer “Nirvana” en letras negras.

Un chico con melena castaña y gafas cuadradas se acercó a él y le preguntó si le interesaba el grupo, ¿Qué grupo? inquirió Theo, mirando por todos lados, entonces el muggle le quitó la cajita de las manos y se la llevó hasta el mostrador. Al abrirlo, una circunferencia plateada y plana descansaba en su interior, lanzando destellos de colores. Es un cd, Blaise -que los había seguido con curiosidad- y Theo vieron que metía el círculo brillante en una caja negra, y una voz rasgada salió al instante, acompañada por un sonido realmente singular. Son buenos, declaró Zabinni, moviendo la cabeza de un lado a otro.

El chico de melena se marchó, y regresó con un disco más grande, de un negro mate, que puso en una caja con una aguja encima. Las voces que salieron eran espectaculares, el ritmo pegadizo, y sin saber cómo, ambos se vieron dando pequeños saltitos siguiendo el sonido de aquellas voces desconocidas. Son los Beatles, y los amos del universo. De aquella excursión clandestina sacaron un gramófono, una guitarra, un bajo, una batería y toda la colección de vinilo que pudieron encontrar de ese grupo pintoresco llamado The Beatles. Dos días más tarde, Zabinni trajo cuatro chaquetas similares a las que usaba el grupo antes de desaparecer y que llevaban retratados en una de las portadas.

Cuando Draco fue a casa de Nott, lo obligaron a escuchar al grupo. Fue así como decidieron, casi por unanimidad -Draco aún estaba consternado por el aparato que cantaba- llevar a cabo La Sesión.

Blaise Zabinni recordaba mientras llegaba por aparición a casa de Theodore Nott justo a la hora acordada. Fue hacia la puerta, y entró en el interior usando la contraseña que Theo les daba cada lunes, día señalado para cambiarla. El hall estaba en penumbra, y había un tenue olor a cera y flores, cortesía de Mapy, la elfo doméstico que heredó de la antigua mansión Nott. En un jarrón moderno descansaban una violetas que parecían recién cortadas, y justo enfrente un cuadro enorme retrataba a una mujer robusta y de cabello negro que le saludaba afectuosamente.

- Buenas tarde, señora Nott - saludó Zabinni, haciendo una reverencia - ¿Ha llegado Theo?

La mujer tenía unos ojos pequeños, oscuros y amigables. En ellos pudo reconocer algún vago parecido con los de su amigo.

- Mi hijo está en la sala de música.

Blaise recorrió el pasillo, sin detenerse a observar las múltiples fotografías en las paredes color crema. Theodore Nott salía acompañado en todas ellas de diferentes personalidades: El ministro de Magia inglés, francés, alemán, húngaro, el equipo de los Tornados, las Brujas de Macbeth… y al final, unas cuantas en las que un Theo tímido sonreía a la cámara acompañado de Blaise, Pansy y Draco en sus años de Hogwarts.

Pasó de largo las dos primeras puertas, y la tercera la abrió de golpe sin llamar. Theodore Nott, alias Gran Oso, estaba de pie sobre un sofá de piel de damasco que tenía serias heridas. Vestía unos vaqueros holgados, no llevaba camiseta, y sobre su torso desnudo descansaba una casaca roja de estilo ruso desabotonada, llena de tachuelas doradas y flecos en los hombros. Una guitarra le cubría parte de la cintura, y daba saltos enfebrecidos mientras cantaba a toda voz una canción de su grupo favorito y por los que se hacía La Sesión: Los Beatles.

SHES THE KIND OF GIRL WHO PUTS YOU DOWNWHEN FRIENDS ARE THERE, YOU FEEL A FOOLWHEN YOU SAY SHES LOOKING GOODSHE ACTS AS IF ITS UNDERSTOODSHES COOL, COOL, COOL, COOL

El cabello oscuro y revuelto estaba húmedo, oscilando sobre su cuello en cada movimiento. Mantenía sus ojos cerrados, el ceño fruncido, y cantando a pleno pulmón. Los pies descalzos de hundían en la sufrida tela de damasco.

WAS SHE TOLD WHEN SHE WAS YOUNG THE PAIN WOULD LEAD

TO PLEASUREDID SHE UNDERSTAND IT WHEN THEY SAIDTHAT A MAN

MUST BREAK HIS BACK TO EARN HIS DAY OF LEISUREWILL SHE STILL BELIEVE IT WHEN HES DEAD?

La canción llegaba a su fin, y terminó con un dramático ¡Girl! y Theodore Nott de rodillas sobre la tela, que se rajó al instante. Al abrir los ojos se encontró con el rostro burlón de Blaise, y una sonrisa se dibujó al instante en su enorme cara.

- ¡Son los dioses del universo, yeah! - le gritó, todavía extasiado con la canción. Saltó del sofá, fue hasta un perchero y descolgó una chaqueta exactamente igual que la suya pero de color azul eléctrico - Vamos, Zabinni. ¡Dale caña!.

Blaise se descalzó en dos segundos, cogió un bajo que reposaba sobre a pared -no es que supieran tocar demasiado bien, pero los instrumentos le daban realismo a la escena- y se subió al sofá de damasco. La siguiente canción estaba ya sonando. Un conocido y rotundo éxito del grupo inglés. Ambos se miraron, y comenzaron a cantar al unísono.

I read the news today oh boyabout a lucky man who made

the gradeand though the news was rather sadwell

i just had to laughi saw the photographhe blew his mind out in a carhe

didn't notice that the lights had changeda

crowd of people stood and staredthev'd seen his face

beforenobody was really sureif he was from the house of lords.

Terminando la estrofa llegaba Draco, que los observó desde el umbral de la puerta con semblante adusto. Blaise le saludó con la mano, y Nott le tiró la otra casaca que aún permanecía colgada, -negra con tachuelas doradas-. Draco se quitó lo que llevaba -zapatos, camisa, túnica- salvo los pantalones, y se puso la chaqueta, dejándola abierta igual que Theo y Blaise. Tomó asiento en un sillón de cuero, hundiéndose hasta dejar oculto la mitad del rostro bajo el cuello de la casaca, quedando a la vista sus ojos grisáceos.

Zabinni se bajó del sofá y fue hasta él para arrastrarle, pero Draco se negó. Finalmente con ayuda de Nott lo llevaron casi en volandas hasta el sofá de damasco, lo pusieron en pie y siguieron cantando en dirección a Draco, que observaba la escena con hastío.

- ¡Canta! - le gritó Nott, dándole un pequeño empujón que hizo que Malfoy se balanceara y chocara con Zabinni, el cual acabó cayendo del sofá irremediablemente - ¡Ups! ¡Eso es por querer desnudar a mi Ninja Scroll!

- ¡Tu muñeco no hubiera salido malparado si no fuera porque dejaste a mi Barbie Fantasy calva! - inquirió Zabinni desde el suelo, con los ojos azules fijos en su amigo.

Quizás fuera la estúpida situación, o la absurda pelea de ambos amigos o -no quería pensar demasiado en ello- que Granger le había dejado con las defensas bajas; el caso es que Draco Lucius Malfoy, rico empresario y ex mortífago, se rió por primera vez en mucho, mucho tiempo. Aquello se merecía una fiesta. Sacó su varita del bolsillo del pantalón, hizo una floritura apuntándose a la garganta y ante las miradas sorprendidas de sus mejores amigos, comenzó a cantar aquella canción de los Beatles que se sabía de memoria.

I heard the news today oh boyfour thousand holes in blackburn

Lancashireand though the holes were rather smallthey had to count them allnow

they know how many holes it takesto fill the Albert Halli'd love to turn you onn.

Tal vez se vieran ridículos con esas chaquetas pasadas de moda, llevando unos instrumentos que ni siquiera tocaban o desafinando en cada estrofa, pero a ellos no les importaba. Cada sábado por la tarde podían ser ellos mismos en aquella sala de música creada para escapar del mundo y la vida que les esperaba tras las puertas de madera, un futuro incierto que les atormentaba con errores del pasado. Esas cuatro paredes albergaban las esperanzas de unas serpientes, deseos ocultos que inevitablemente, deberían salir a la luz tarde o temprano.

Al terminar la canción, los tres se dejaron caer en el sofá, con el sudor corriendo por las sienes y la mirada perdida.

- Bueno, tíos, ¿qué habéis hecho hoy? - inquirió Zabinni, dejando a un lado su bajo.

- Yo conseguí una no-cita - anunció Nott - Con una chica no-normal.

- Yo hice llorar a Granger.

- Me parece. - repuso Zabinni, sonriendo como un niño - Que vamos a tener una tarde llena de confesiones, ¿quién empieza?

***********

En la celda ciento diez del sector A en Azkaban, Lucius Malfoy descansaba en su camastro, sobre una manta raída, escuchando el sonido de las olas al chocar. La brisa traía el aroma a salitre, y el cielo permanecía eternamente encapotado, cubierto por unas espesas nubes grises que anunciaban constantemente tormenta.

El batir de las olas se escuchó amortiguado cuando un grito de agonía salió de una de las celdas contiguas a la suya. Se dio la vuelta, e hizo como si no oyera nada. Era rutinario que de vez en cuando alguien se volviera loco, o muriera de culpa o pena en aquella estúpida cárcel perdida en el océano. Pero Lucius Malfoy no sería uno de ellos. Él tenía que sobrevivir, albergando la esperanza de salir de allí para vengarse de los que le traicionaron, de los que le confinaron a vivir esa vida mugrienta y miserable que no le pertenecía.

Harry Potter, la Orden del Fénix, el ministerio, Narcisa… y por supuesto su hijo, Draco.

Los mataré, pensó, apretando los puños, acabaré con ellos lentamente hasta conseguir que supliquen por sus vidas.

Un rayo plateado cruzó el cielo, y el atronador sonido amortiguó la explosión que hizo temblar los cimientos de la fortaleza de Azkaban. Los presos gritaron desesperados, haces de colores volaron durante eternos minutos aquí y allá para luego dar paso a un silencio sepulcral. Otro que ha intentado escapar, imaginó Lucius, sentándose en el camastro para observar la lluvia desde su ventana.

Unos pasos delataron la presencia de alguien en el pasillo. Los dementores estaban descartados, pues ellos prácticamente flotaban, así que imaginó que era otro de sus compañeros sentenciado al beso que iba rumbo a su propia muerte.

Se acercó a inspeccionar qué ocurría, pero de repente una figura alta oculta tras una capa negra apareció frente a sus ojos. Llevaba una varita en cada mano, protegidas por guantes negros. Sin mediar palabra le lanzó una de ellas a Lucius, que la cogió al vuelo. Por fin. Con una floritura de muñeca abrió la celda y salió rápidamente. La figura alta sacó un bulto de entre sus ropajes, y lo lanzó hacia la que había sido la celda de Lucius Malfoy durante siete años.

Tenía el mismo pelo rubio platino que él, y llevaba una túnica parecida a la suya, raída y andrajosa. Se removió un poco, la figura le lanzó un hechizo aturdidor y volvió a quedarse quieto, inmóvil. Dos segundos más tarde había echado a andar, con Malfoy pisándole los talones.

- Ya estabas tardando - se quejó Lucius, mirando el destrozado pasillo, los cuerpos inertes de varios presos tendidos en la piedra y un par de dementores que esperaban al final, vigilando - Dijiste dos días, y ha pasado una semana.

- No exijas cuando no estás en posición de elegir. Además, la poción multijugos no estaba lista, y me costó bastante conseguir ciertos ingredientes. - la voz era cavernosa, y a Lucius le recorrió un escalofrío en cuanto las palabras salieron de aquella boca oculta por la capa. - Vamos, hay que darse prisa.

Los presos gritaban a su paso, pero ninguno de ellos hizo el intento de liberarlos. Lucius iba tras la figura, que parecía flotar en el aire.

- ¿Para cuándo está programado el ataque? - Malfoy miraba a todos lados, sin creerse que por fin estuviera libre.

- Tenemos exactamente siete días a partir de hoy. Todo está listo, te lo explicaré cuando nos hallemos en lugar seguro.

- ¿Y el objetivo? - repuso, sintiendo cómo la magia fluía de nuevo por sus venas, creciendo su poder con cada paso que daba hacia la salida.

- Está decidido - le pasó un trozo de pergamino doblado por la mitad - Míralo tú mismo.

Lucius Malfoy leyó detenidamente, y al finalizar soltó una carcajada. Escuchó unos gemidos procedentes de una celda próxima, se acercó y lanzó un Avada sin compasión. Los alaridos cesaron al instante, y sonrió con orgullo y malicia.

- No tenemos tiempos para tonterías - lo reprendió la figura alta, cogiéndole por el codo para que siguiera andando - Cuando el ministerio se entere de que has escapado, no habrá vuelta atrás.

- No te preocupes, esta huida les cogerá por sorpresa.

- No lo dudo - replicó su acompañante - Bueno, ¿crees que estás preparado?

- Sin duda alguna, sí - afirmó, ampliando su sonrisa - Me encantará ver la cara del ministro de magia cuando ataquemos el partido de quidditch de la próxima semana. Todos esos cadáveres, esas vidas…

- Pero hasta entonces - le cortó la figura, severo - Tendrás que esperar.

- No hay problema - repuso, abriendo las puertas de la cárcel. Las gotas de lluvia le bañaron el rostro, y se sintió más vivo que nunca - Ah, llevo siete años aguardando, una semana no será un problema.

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Bueno, como veis parece que Malfoy no es tan cerdo como aparenta, y he intentado que ya haya un acercamiento entre los personajes principales, así que no me asesinéis. Ya dije que es un capítulo de transición, así que no me lancéis muchos tomatazos.

Se acepta de todo menos virus.

Besos.

Shashira.

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